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Memoria histórica

  • Tras publicar otras obras del Max Aub más lúdico y heterodoxo, Cuadernos del Vigía emprende la reedición del formidable ciclo narrativo que el exiliado dedicó a la Guerra Civil

Max Aub (París, 1903-México, 1972), en su despacho de Radio UNAM (1962). Max Aub (París, 1903-México, 1972), en su despacho de Radio UNAM (1962).

Max Aub (París, 1903-México, 1972), en su despacho de Radio UNAM (1962). / Ricardo Salazar / Fundación Max Aub

Es habitual aludir al olvido en el que permanece la figura de Max Aub cada vez que se habla de sus libros, pero lo cierto es que no han sido pocas las ediciones posteriores a la muerte de un autor que se quejó con razón de ser ignorado en la península y ha sido reivindicado después, con absoluta justicia, como uno de los grandes escritores de la España peregrina. La experiencia del exilio fue especialmente dolorosa para Aub, que no por haber nacido fuera del país -en París, hijo de alemán y francesa, ambos judíos asimilados- y haber escrito la mayor parte de su obra en México, su otra patria de adopción, sintió en menor medida el desarraigo y la nostalgia por la tierra en la que se había formado. Como tantos otros exiliados, Aub nunca se adaptó completamente a la realidad de la nación de acogida, vivía obsesionado con el recuerdo de la Guerra Civil y sobrellevaba como podía una existencia casi póstuma, agravada por el desconocimiento o la indiferencia con los que su trabajo, pese a todo incansable, era recibido por sus destinatarios naturales. Pudo comprobarlo en sus dos puntuales regresos a España y ello le produjo, como sabemos por las dolientes páginas de La gallina ciega, una honda amargura. Queda mucho por hacer para restituir el lugar que merecen otros autores transterrados -Arturo Barea, Manuel Andújar, Corpus Barga, Paulino Masip- en la truncada historia de la literatura española del siglo XX, pero ya nadie puede negar que Aub, a quien el tiempo ha puesto en su sitio, formó parte de lo mejor de la generación de la República.

No ha sido un rescate espectacular, sino paulatino, debido a la contribución de estudiosos como Tuñón de Lara, Soldevila, Aznar Soler o Caudet y de sus continuadores, a la labor de la Fundación Max Aub o de la Institució Alfons el Magnànim, editora de sus obras completas, y a un puñado de editoriales entre las que debe destacarse el papel desempeñado en los últimos años por la granadina Cuadernos del Vigía. Después de acoger en su catálogo varios títulos singulares que reflejan el lado más lúdico y heterodoxo de un autor que empezó en las vanguardias y nunca dejó de lado la experimentación con el lenguaje -Juego de cartas (2010), Mucha muerte (2011, nuevo título para la edición íntegra de Crímenes ejemplares), Manuscrito Cuervo (2011), Luis Buñuel, novela (2013), Versiones y Subversiones (2015), La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco (2015), Yo vivo (2016)-, su editor, Miguel Ángel Arcas, ha iniciado la publicación de la hexalogía en la que Aub recreó la dramática experiencia de la Guerra Civil, El laberinto mágico, un formidable ciclo narrativo que incluye también varios libros de cuentos y que bastaría por sí solo -si no tuviéramos los poemas, las obras teatrales, los guiones, los ensayos, los diarios o los aforismos- para catalogar su obra de ineludible.

Su ciclo de 'El laberinto mágico' bastaría por sí solo para catalogar su obra de ineludibleA la faceta lúdica del autor corresponde un libro de otro registro, 'Trampas'

Primera de las seis novelas que forman la serie, Campo cerrado (1943) fue redactada en París, donde Aub se había instalado después de la caída de Barcelona y vivió un año largo antes de que empezara, tras ser denunciado como "súbdito alemán israelita" por el embajador franquista, su itinerario por los centros de internamiento de Roland Garros, Vernet y el campo de concentración de Djelfa, en Argelia, de donde lograría huir a México. Introducida por unas palabras de Antonio Muñoz Molina -viejo valedor de Aub, a quien el ubetense dedicó su discurso de ingreso en la RAE- que hacen las funciones de prólogo, la nueva edición incluye las Tres notas que el autor antepuso a la original mexicana, donde anuncia un proyecto en varias entregas -cinco entonces previstas- que lo ocuparía durante décadas y no sería rematado hasta la publicación de Campo de los almendros (1968). Tiene esta primera, fechada en agosto del 39, el valor testimonial añadido de haber sido escrita bajo el impacto casi inmediato de la derrota republicana, aunque de hecho se centra en los turbulentos años previos a la contienda desde la perspectiva de un joven de Castellón que llega a la capital catalana en vísperas del final de la monarquía y acaba, con una relación de los personajes muertos en el transcurso de la guerra, un día después de la insurrección de los facciosos.

A la mencionada faceta lúdica de Aub corresponde un libro de muy otro registro, Trampas, que fue parcialmente publicado en 1968 y 1970 y ha sido recompuesto por Pedro Tejada Tello en una edición de Reino de Cordelia donde incorpora numerosos inéditos. Gran aficionado a las cartas, Aub manifiesta en estas páginas su doble pasión por el juego y por el género aforístico, muy adecuado, como señala el editor, a su gusto por el conceptismo. Suele decirse que como muchos de sus contemporáneos Aub evolucionó de la vanguardia al realismo, pero el deseo de dejar constancia de lo vivido -que impregna toda su obra, aunque no sea memorialística- no se opuso a la persistencia de una veta jocosa, bienhumorada y puramente imaginativa, visible en los ejercicios mixtificadores con los que acaso descansaba de sí mismo. Bajo su aspecto de probo funcionario, latía el corazón de acero de un hombre arrasado que no dejó de bromear ni de escribir muy seriamente, siempre leal, aunque ya apenas fuera una fantasmagoría, al país cuya nacionalidad había elegido: "Mi patria, España; mi pueblo, el mundo".

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