Memorias de ultratumba | crítica

Noticias de un mundo antiguo

  • En las 'Memorias de ultratumba' se recoge el paso abrupto y vertiginoso desde el Antiguo Régimen -"he cruzado un mar de sangre" escribirá Chateaubriand- a la Francia del Terror y a la democracia contemporánea

El Juramento del Juego de la Pelota. Jacques-Louis David. 1791 El Juramento del Juego de la Pelota. Jacques-Louis David. 1791

El Juramento del Juego de la Pelota. Jacques-Louis David. 1791

"Después de la desgracia de nacer -escribe el vizconde de Chateaubriand en su solar de Bretaña-, no conozco otra mayor que la de dar vida a un hijo". Detrás de esta magnífica melancolía se oculta, sin embargo, un corazón optimista. Monsieur de Chateaubriand, que ha visto la cabeza de su hermano trinchada en una pica, no se resiste, no ignora, no combate el ideal democrático que ha nacido en el estrépito de las calles, sino que pretende vincularlo, con relativo éxito, a la monarquía Capeta. Cabe poner esta soberbia obra memorística al lado de otros testimonios de aquella hora como El Antiguo Régimen y la Revolución de Tocqueville, las Reflexiones sobre la Revolución de Francia de Burke, e incluso una obra trepidante y menor, de fuerte aroma periodístico, como las Noches revolucionarias de Restif de la Bretonne. De ese modo, el lector puede asomarse a la vertiginosa cesura histórica que se abrió ante sus protagonistas y que quizá deba definirse, para su total comprensión, con un término geológico: cataclismo.

Hasta hace unos años, el lector curioso de las melancolías del vizconde sólo contaba con la selección de Folio de García Tolsá y con ésta de Alianza, obra de Arturo Ramoneda. Ya en el siglo XXI, primero Acantilado y luego Cátedra, ofrecieron ediciones íntegras de las Memorias, a cargo de José Ramón Monreal y José Antonio Millán Alba. Sin embargo, para hacerse una idea precisa del abrupto nacimiento del mundo contemporáneo, será suficiente con esta amplia antología de Ramoneda, donde a la profusión de hechos se une -gracias sean dadas al vizconde- el aire nebuloso y solemne del Romanticismo. Como es lógico, este nacimiento implicaba, necesariamente, la completa muerte de un mundo, más distinguido y recoleto. Para Talleyrand, quienes no hubiesen conocido el Antiguo Régimen nunca sabrían en qué consiste la dulzura de vivir. Y es esa evocación opalina del ayer lo que aquí se recoge y encapsula de algún modo. En Chateaubriand, tal vez como en ningún otro hombre del XIX, la palabra crepúsculo adquiere su más completo, su más vivo y punzante significado.

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