La pierna ortopédica de Rimbaud | Crítica

Queridos fantasmas

  • José Luis Gracia Mosteo compone en este libro un sencillo homenaje a la literatura, la particular constelación que iluminó su educación sentimental

José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, Zaragoza, 1957). José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, Zaragoza, 1957).

José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, Zaragoza, 1957).

La poesía de José Luis Gracia Mosteo huye de la solemnidad y no por eso es poco seria, sino más bien todo lo contrario. Es capaz de encontrar el tono preciso para contar lo que le preocupa y le interesa sin apabullar, escapando de solemnidades vacuas, sin creerse en posesión de una sensibilidad única o una voz particular, aunque las tiene. En apariencia, La pierna ortopédica de Rimbaud es puro juego, y lo es, pero no es solo eso.

Gracia Mosteo resucita al maestro Dante Alighieri y lo remeda en su particular bajada a los infiernos, en su paso por el purgatorio y en su subida al cielo. En esta ocasión, el poeta no va en busca de Beatriz alguna, aunque parece sentirse acompañado en su periplo por Pilar Mosteo Laborda -su madre, a quien dedica el libro in memoriam-, que lo "sigue mirando en silencio, doce libros después, y cuyo retrato atisbo en el espejo" mientras escribe.

Con La pierna ortopédica de Rimbaud, el autor nos propone un interesante viaje en el que, con total seguridad, nos cruzaremos con viejos conocidos, queridos fantasmas cotidianos que conviven entre las páginas de este poemario. Gracia Mosteo demuestra ser un lector empedernido que lee bien y atina con el tono preciso para recrear, a través de breves pinceladas, la esencia de cada uno de ellos. Es este libro un sencillo homenaje a la literatura, un encuentro pausado con los escritores que forman la particular constelación literaria del autor y a la que se suman otros personajes esenciales de su particular educación sentimental.

La pierna ortopédica de Rimbaud imita estructuralmente a la Divina Comedia -Infierno, Purgatorio y Cielo- y sigue la ruta de sus treinta y tres cantos a través de treinta y tres poemas (más un epílogo y un glosario de Fantasmas), cada uno de ellos dedicado a un personaje querido por el autor. Muchos son escritores, pero también hay críticos, músicos y directores de cine conocidos. La gran mayoría están muertos, pero los hay también que habitan su particular purgatorio en vida, como es caso de Bob Dylan, que se pregunta qué le queda sino "...dar vueltas / como Ulises, pero también como una cucaracha / que sabe que no es Penélope, sino la Nada, / quien, al final de su viaje, le espera".

Gracia Mosteo atina con el tono preciso para recrear la esencia de los autores a los que homenajea

Los habitantes del averno de Gracia Mosteo ya lo vivieron en vida. Con él visitamos los infiernos particulares de Lope de Vega (El infierno a medida de Lope), Góngora (Góngora se hace añicos) y Quevedo (El juicio final de Quevedo). Entre los habitantes de "la ciudad doliente", nos topamos, entre otros, con Clarín "ante el fuego eterno" de "España, con lo que esconde"; con Gil de Biedma al que el autor interpela y ruega: "si el tiempo es una rueda y somos polvo, / no gastemos, Jaime, ni un gemido". Y, cómo no, con Rimbaud y su pierna ortopédica porque "Dios niega a los poetas derrotados".

Gasta humor e ironía Gracia Mosteo en su tour por el Purgatorio. Allí coloca a Luis Buñuel, que "domesticaba ratas y leía / con devoción literatura rusa", a Harold Bloom al que le dedica el poema Bloom le roba la ropa a las musas, que se convierte en un certero alegato sobre qué entiende el autor por buena y mala literatura. También están en esta estancia intermedia Borges y Octavio Paz, Bowie, Dylan o el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge -"que ha muerto y brilla en la niebla / de los siglos, pero anulado por la luz / de una estrella llamada Kubla Khan"- a quien dedica el poema Por qué Coleridge ignora que ha muerto.

A las puertas del cielo nos espera Robert Louis Stevenson -"¿Cómo admirar al ligero Aquiles, / si el infierno no te doblegó?-. En este paraíso reina John Ford, quien "...al ir al cielo / ocupó del buen Dios la vieja silla / mientras el Hacedor se hacía hombre / y bajaba, cual Ford, a hacer películas"; y en él encontramos a Pessoa, Nieztsche o Ricardo Molina. Y también al músico Enrique Urquijo, a quien el autor dedica el conmovedor poema Enrique Urquijo ve salir el sol de medianoche: "No podía creer que fuera él. No, ya no amaneció / más para su tristeza: un flash insano / iluminó su rostro en la lluvia; sentado en un portal, / un poeta buscó a Dios en el caballo".

El escritor no es un hombre sino una sombra que escribe por su mano, apunta Gracia Mosteo en Desintegración del autor, el poema 33 de su particular Comedia: "No soy yo quien escribe esto: / todos los escritores tienen un fantasma [...] No soy yo, sino el que mi mano guía, / azar, olvido, tiempo". Para él, el poeta es todos los hombres, cada uno de sus lectores, y abrir un libro supone el momento supremo de la resurrección, el instante preciso en el que el papel se hace carne.

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