Clásicos olvidados del siglo XX La belleza descolorida que tiene la vida

  • Iniciamos hoy una serie que en esta primera entrega rescata y propone una lectura a fondo del relato 'Las hijas del difunto coronel' de Katherine Mansfield

Katherine Mansfield (Nueva Zelanda, 1889-París 1923)

Katherine Mansfield (Nueva Zelanda, 1889-París 1923)

No es fácil escribir un relato magistral protagonizado por dos hermanas solteronas que viven con un padre despótico que las ignora y las desprecia. Y más aún si ese relato está empapado de humor y de piedad. Pero Katherine Mansfield lo hizo en Las hijas del difunto coronel. Después de haber publicado el relato, Mansfield contó en una de sus cartas que le dolía mucho que algunos lectores creyeran que era una burla cruel contra las hermanas solteronas. Y confesaba que era cierto que, al principio, había sentido la tentación de reírse de las dos solteronas. Pero en cuanto empezó a ahondar un poco en las dos hermanas, "tuve que inclinarme con una reverencia ante la belleza que se ocultaba en sus vidas". Y ahí está la clave del relato: en la belleza que se oculta en las vidas de las hermanas Pinner, esa belleza que muy pocos artistas -a no ser Katherine Mansfield o su maestro Chéjov- habrían sabido encontrar en dos solteronas medio chifladas.

'La fiesta en el jardín' (Espuela de Plata) incluye el relato de las hermanas Pinner. 'La fiesta en el jardín' (Espuela de Plata) incluye el relato de las hermanas Pinner.

'La fiesta en el jardín' (Espuela de Plata) incluye el relato de las hermanas Pinner.

Katherine Mansfield (1889-1923) escribió este relato a finales de 1920, cuando ya estaba muy enferma de tuberculosis e intuía que su vida no iba a durar mucho. De hecho, murió dos años después de haber escrito el relato, que apareció incluido en el volumen El garden party (1922), el último libro que la autora vio publicado en vida. Mansfield escribió la historia de las hermanas Pinner en la Riviera francesa, en Menton, en una casa llamada Villa Isola Bella que compartía con su amiga y acompañante Ida Baker (por lo que parece, no hubo una relación sexual entre Mansfield y su amiga). Ida Baker era una antigua compañera del colegio que siempre vivió soltera y que decidió convertirse en una especie de hermana espiritual (y asistente y enfermera y confidente) de la escritora, cada vez más debilitada por la tuberculosis.

Katherine Mansfield se había casado en 1918 con el crítico John Middleton Murry, pero ella y su marido llevaban vidas más o menos independientes. En sus últimos años de vida, Mansfield estuvo viviendo en la Riviera, en París, en Suiza y luego de nuevo en París, donde murió en la residencia del místico -y charlatán- Gurdjieff, quien la obligaba a pasarse horas y horas en los establos de las vacas porque le aseguraba que el olor a estiércol podría curarle los pulmones. Katherine Mansfield se dejaba engatusar por estas supercherías, lo que nos demuestra que no hay inteligencia humana -y la de Mansfield era superlativa- que esté libre de creer en las paparruchas más absurdas.

Mansfield escribió este relato a finales de 1920 y lo publicó en 1922. Mansfield escribió este relato a finales de 1920 y lo publicó en 1922.

Mansfield escribió este relato a finales de 1920 y lo publicó en 1922.

En la relación entre las dos hermanas Pinner -Josephine y Constantia- se puede apreciar un retrato velado de la relación de dependencia que había entre Katherine Mansfield y su amiga Ida Baker. En el relato, Josephine -que sería Katherine Mansfield-, parece ser más inteligente y más decidida que su hermana Constantia. Le gusta humillar a su hermana y se siente mucho mejor cuando sabe que la otra está aterrorizada, como ocurre el día que las hermanas tienen que entrar por primera vez en el dormitorio del padre muerto. Por su parte, Constantia (que sería Ida Baker) parece más tontorrona, más infantil, incluso más indecisa que la otra, pero veremos que su imaginación -porque tiene más imaginación y más vida interior que su hermana- le permite tener una mayor libertad interna. Un escritor mediocre habría asignado papeles invariables a las dos hermanas: la tonta y la lista, la buena y la mala. Pero Mansfield va invirtiendo los papeles de una forma muy astuta, y al final no sabemos si hay una hermana más lista o más valiente que la otra. Por no saber, ni siquiera sabemos la edad que tienen las hermanas. Mientras leemos, las hermanas parecen ancianas con mente de niña, lo cual crea una gélida impresión de comedia de terror, pero eso es sólo un efecto engañoso muy bien creado por Mansfield. En realidad, las hermanas tienen unos 45 años, como máximo 50. Lo terrorífico es que la autora las retrata como niñas con aspecto de ancianas que no han podido crecer mentalmente a causa de la vida que les ha tocado sufrir.

Cuando el padre muere, las hermanas sienten el impulso inconsciente de desprenderse para siempre de todo lo que significa para ellas

La historia "visible" que se cuenta en Las hijas del difunto coronel es muy simple. Las dos hermanas Pinner han dedicado toda su vida a cuidar a su padre viudo, un hombre cruel que las desprecia y las humilla. Cuando el padre muere, las hermanas sienten el impulso inconsciente -porque ni ellas mismas se atreven a reconocerlo- de desprenderse para siempre de la pesada carga de su padre y de todo lo que significa para ellas. Un día, cuando las hermanas están arreglando la casa después de la muerte del padre, oyen un organillo que suena en la calle, y esa música -que su padre les había prohibido escuchar- les hace sentir que hay una nueva vida aguardándolas en algún sitio. En la calle luce el sol, suena la música y ellas son libres por primera vez en su vida. Pero de pronto la música cesa, y llega una nube, y se apaga la luz del sol que inundaba la casa. Katherine Mansfield no necesita nada más para contarnos cuál será el destino de las pobres hermanas Pinner. Pero el lector -y eso es lo importante- se inclina con una reverencia ante la belleza descolorida que tiene la vida de estas dos solteronas, igual que hizo Katherine Mansfield al escribir esta historia, en la Riviera, cuando sabía que le quedaba ya muy poco de vida.

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