De libros

Un crimen de Estado

  • Ivan Jablonka maneja la pluma como si fuera un escalpelo para diseccionar el asesinato de una chica de 18 años en un pueblo de Francia

El profesor y escritor francés Ivan Joblonka (París, 1973). El profesor y escritor francés Ivan Joblonka (París, 1973).

El profesor y escritor francés Ivan Joblonka (París, 1973).

El titular de esta reseña bien podría haber sido Anatomía de un asesinato, pero no hubiera quedado demasiado original. También habría valido Disección de un crimen, como si el asesinato en sí fuera un cadáver que pudiera abrirse en canal y analizarse tejido a tejido en una mesa de autopsias. Es justo lo que hace Ivan Jablonka, un escritor francés hasta ahora desconocido en España, que elabora un estudio con precisión de forense sobre la muerte violenta de Laëtitia Perrais, una joven de 18 años que fue asesinada y descuartizada en una población costera cercana a Nantes.

Pero quizás más valioso aún que la mirada científica sobre el asesinato es el relato que construye sobre las consecuencias que éste tuvo. El asesinato de Laëtitia Perrais se convirtió en un crimen de Estado en Francia, un caso que utilizó políticamente el entonces presidente Nicolas Sarkozy y que motivó una huelga de jueces inédita hasta aquella fecha. Sarkozy le dio una patada a la división de poderes, criticó a los jueces abiertamente y les culpó directamente del asesinato de la chica. El motivo fue que el asesino, un delincuente con multitud de antecedentes llamado Tony Meilhon, se encontraba en libertad cuando no debía haberlo estado. Seguro que les suena. Aquí mismo, en Huelva, hubo un tipo que debería haber estado en prisión cuando mató a una niña de 5 años llamada Mari Luz Cortés. Aquello se saldó con una multa irrisoria al juez que no ejecutó la sentencia, que decidió en ese momento abandonar la jurisdicción penal y dedicarse a otras ramas de la Justicia.

El autor derriba con datos el discurso electoralista de Sarkozy sobre el caso

No había un presidente del Gobierno ni mucho menos un jefe del Estado que presionara detrás de aquello como lo hizo Sarkozy, que ejerció de bombero pirómano para sacarle rédito electoral a la muerte de una joven que acababa de alcanzar la mayoría de edad pero que todavía era una adolescente. Más o menos como se ha hecho en España con el uso electoralista de la cadena perpetua -o prisión permanente revisable, si lo prefieren-, aunque con bastante menos descaro. Sarkozy puso a los jueces en el punto de mira, sin tener en cuenta que en parte el asesino de Laëtitia estaba en libertad porque el Gobierno que él presidía no había enviado el personal suficiente a unos juzgados y a un sistema de vigilancia penitenciaria que estaban completamente colapsados por la falta de recursos. Jablonka tumba las tesis de Sarkozy a base de mazazos, golpeándolo una y otra vez con la rotundidad que le dan los datos. Y quizás sea eso lo más valioso de un libro interesantísimo en todos sus aspectos, hasta en una divagación sobre el periodismo de sucesos que se incluye al final a modo de colofón.

Jablonka cita mucho a Truman Capote, pero su libro está mucho más en sintonía con Emmanuel Carrère. Laëtitia o el fin de los hombres está mucho más cerca de El adversario que de A sangre fría. Comparte con ambos que no hay ni una sola línea de ficción, pero incluye reflexiones personales y cuenta el proceso que ha seguido para construir su obra. Lo ha hecho a base de decenas de entrevistas a los jueces y fiscales que llevaron el caso, a los policías que buscaron los trozos del cuerpo de la víctima y detuvieron al asesino, a los familiares y amigos de la misma, a los periodistas que cubrieron el crimen, al círculo del asesino... Sus fuentes son múltiples. Incluso introduce un capítulo dedicado al perfil de Facebook de la víctima, que considera que le aporta mucha información sobre cómo era. No deja de ser una novedad en un libro sobre una investigación criminal.

Jablonka no es periodista, sino historiador y sociólogo. Eso le lleva a veces a apartarse del caso concreto de Laëtitia y a elaborar una teoría sobre el crimen. A un periodista de sucesos, como el que firma esta reseña, le gusta un poco menos que deje de lado el hecho concreto y dedique unas líneas a filosofar o teorizar. Pero no son demasiados los párrafos en los que se pierde en estas divagaciones y tampoco chirrían. Se le perdona.

Por lo demás, se trata de un libro impecable, muy en sintonía con las grandes obras de no-ficción que tan de moda están últimamente, y en las que los autores franceses representan un gran exponente. Y además, lejos del morbo que pueda tener el caso, no deja de ser un enorme homenaje a la víctima, aquella chica de 18 años que pasó una infancia dura, durísima, en una familia desestructurada, con un padre alcohólico y una madre enferma, que recaló junto con su melliza en una familia de acogida todavía peor, y que terminó siendo víctima de un asesino que nunca debió haber estado en libertad.

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