Los dioses de los griegos | Crítica Materia viva

  • Atalanta publica la memorable historia de los dioses griegos de Karl Kerényi, complementaria de la que dedicó a los héroes

Atenea y Poseidón en una cratera del siglo IV a.C. (Museo del Louvre).

Atenea y Poseidón en una cratera del siglo IV a.C. (Museo del Louvre).

Perteneciente a la más selecta nómina de los estudiosos de la mitología griega en el siglo pasado, Karl Kerényi escribió valiosísimas monografías dedicadas a figuras específicas como Apolo, Hermes, Prometeo o Dioniso, obras de conjunto sobre la religión antigua y múltiples contribuciones a otros aspectos del helenismo, pero el filólogo húngaro, cuyos intereses se extendían a otros muchos campos, quiso trascender los límites del mundo universitario en un esfuerzo por difundir los relatos a las que dedicó su vida. Lo hizo, señaladamente, en una singular historia de la mitología con la que el hombre de ciencia, sin dejar de ser riguroso, ejercía de narrador e incluso de poeta, en el sentido en que lo fueron los rapsodas –o sea los zurcidores, como apunta Luis Alberto de Cuenca– que en la remota Antigüedad transmitieron y recrearon el maravilloso repertorio de los mitos heredados, desde mucho antes de que los griegos redescubrieran la escritura. Anterior a Los héroes griegos, también disponible en el catálogo de Atalanta, Los dioses de los griegos (1951) conforma una misma obra en dos partes, que pueden leerse como libros independientes, aunque entrelazados, en tanto que abordan la común sustancia de la mitología helénica atendiendo a distintos protagonistas.

Kerényi se dirige a los 'adultos' interesados en el "estudio de los seres humanos"

El propio Kerényi aclara que la suya no es una obra escrita para especialistas ni tampoco meramente divulgativa, al modo de esos prontuarios infantiles donde los mitos aparecían resumidos y adulterados, expurgados de sus aspectos más salvajes o inquietantes, sino dirigida a los lectores adultos que estén interesados, al margen de su relación con la literatura clásica, la historia de la religión o la etnología, en el "estudio de los seres humanos". Y para el autor, que cita en este punto a un "gran exponente del pensamiento humanístico moderno", su amigo Thomas Mann, la psicología, con su doble interés por las profundidades del alma y los tiempos primordiales, es una herramienta incomparable a la hora de emprender ese estudio. El camino que toma, sin embargo, aunque basado en la familiaridad con las fuentes y una erudición formidable, no es el de la exégesis, sino el de la narración estricta, pues "si queremos devolver vida plena a la materia muerta de los fragmentos de mitología griega que nos han quedado, tenemos que reponerlos" en "su medio original: en el contar historias mitológico".

Claro, sobrio y fluido, el recuento proyecta una fascinación ininterrumpida

El libro toma por ello la forma de una narración continua sin digresiones académicas, que incorpora las numerosas noticias transmitidas por los autores antiguos en un relato unitario, recogiendo las numerosas variantes que se suceden o yuxtaponen como lo hicieron en el tiempo de los griegos, cuando los mitos estaban vivos, es decir, cuando mutaban y enriquecían sus contenidos sin dejar de ser fundamentalmente los mismos. Para ello, Kerényi recurre a la figura de un narrador ficticio e innominado, una suerte de director de escena –portador de un legado secular, siempre ceñido a los textos conservados– que prescinde de comentarios y explicaciones en favor de las historias mismas, tan a menudo desplazadas en las aproximaciones convencionales por el protagonismo de los intérpretes modernos. El resultado de su experimento, inspirado, nos dice, por la compilación de la mitología polinesia que un británico, sir George Grey, recogió de informantes vivos, fue –y es en la traducción de Jaime López-Sanz– un recuento claro, sobrio y fluido, que pese a su inevitable densidad, y a las limitaciones que impone la fidelidad a las fuentes, proyecta una fascinación ininterrumpida.

El encanto de la narración, que desprende el inequívoco sabor de lo genuino, reside en esas limitaciones, pues el lector sabe que Kerényi, aunque no lo muestre en el texto, sigue muy de cerca, a veces con sus propias palabras, lo que los propios griegos nos contaron de sus dioses, en las más de novecientas referencias que se relacionan en el apéndice. Los accidentes de la transmisión han provocado que en algunos casos sólo tengamos un nombre o una información mínima, nunca irrelevante. Pero el mosaico, por usar la imagen del autor, es visible pese a las teselas perdidas. Más que en los manuales, deslumbra en este relato el fulgor de lo primigenio.

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