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El mejor escritor de su generación | Crítica

Verdades y simulacros

  • Juan Bonilla reescribe y amplía un relato de los noventa que se presenta ahora como una novela con dos historias paralelas

Juan Bonilla (Jerez, 1966).

Juan Bonilla (Jerez, 1966).

Más de veinte años después de su primera publicación, como largo último relato de la excelente colección de piezas narrativas que formaron parte de La compañía de los solitarios (Pre-Textos, 1999), Juan Bonilla ha retomado aquella desopilante nouvelle, que dialogaba en el libro con otras piezas referidas a los escritores o la literatura, para convertirla en una "novela" independiente. Así lo explicita esta nueva edición que mantiene el título, El mejor escritor de su generación, pero amplía considerablemente su contenido, hasta el punto de que podemos hablar –como será el caso de la nueva versión de Nadie conoce a nadie, en cuya cubierta, ya visible en el avance de Seix Barral, las palabras "conoce a" aparecen tachadas y sustituidas por un "contra" escrito a mano– de un verdadero ejercicio de reescritura.

En su estado actual, la narración es y no es la misma que leímos entonces

En su estado actual y probablemente definitivo, que ve la luz en la colección Ópera prima de El Paseo, la narración es y no es la misma que leímos entonces. No lo es por su extensión duplicada y porque la parte ya conocida se aparta de la original en varios puntos relevantes, conectados con una nueva historia que complementa y ensancha el relato primero. Y lo es porque la novela, como ya hacía la nouvelle, explora las ambiguas relaciones entre la vida, la ficción y la literatura, un tema por otra parte habitual en la obra de Bonilla que encuentra en estas páginas una de sus formulaciones más divertidas y regocijantes. El argumento apenas ha variado: un veinteañero que publicó con gran éxito su primera novela –en realidad obra de su padre, de ahí la doble ironía del título– se muestra incapaz de escribir la segunda, después de haber cobrado un generoso anticipo que lo compromete a un acuciante plazo de entrega. Presionado por su madre y por la editora, que ahora tiene nombre, Sisí, una joven de formas rotundas como las "chicas Crumb" con las que está obsesionado, el casi escritor se somete a la dominación de ambas para tratar de vencer su impotencia. Pero no queda ahí la cosa.

La nueva historia introduce a un personaje real de la Sevilla de los noventa

Podemos leer esta vez, en capítulos alternos, la reescritura del relato original y una historia nueva y distinta –compuesta con otra tipografía, de la familia Courier– donde se reproduce el esbozo de la novela que no fue capaz de escribir el impostor y que Bonilla ha reconstruido para la ocasión, tomando como base la figura de un personaje real al que trató en la Sevilla de los noventa. Esa otra historia, donde se narran las desventuras del barón de Tormoye durante la Guerra Civil, contiene una tercera que sucede muchos años después, mientras el ya anciano Tormoye, que oficia de narrador en tercera persona, le cuenta su vida a su fisioterapeuta y ella, no por casualidad también llamada Sisí –una especie de irresistible dominatrix, según la describe su admirador y paciente–, lo somete a una rehabilitación dolorosa pero placentera. Las rocambolescas peripecias del baroncito, que huye disfrazado de mujer del Madrid sitiado y logra llegar a zona nacional, se extienden a la posguerra en la que el muchacho humillado se tomará su venganza. Sin desvelar mucho más, cabe precisar que el relato de Tormoye se abona en parte al subgénero, bien rastreado por el bibliómano Bonilla, de los cuentos sobre libreros, a los que el pervertido Betancourt, que ha logrado sobrevivir gracias a su modianesca habilidad para los negocios sucios, aporta una encarnación realmente memorable.

La realidad y su trasunto literario son partes de un mismo fenómeno

Más allá de su trama delirante, de los personajes caricaturescos y del humor corrosivo, enriquecido con detalles como los referidos a la enfermedad llamada hafefobia –o temor al contacto físico, a tocar y ser tocado, que lleva al protagonista a usar guantes de látex–, la citada pasión por las chicas Crumb, la aparición algo más extensa del propio Juan Bonilla, el desplazamiento del componente homoerótico, el uso de la jaula de castidad o la fantasía de la mano mutilada, la novela ha ganado en complejidad gracias a los vínculos o correspondencias entre los dos relatos paralelos, que ahondan en la cuestión de la realidad y su trasunto literario como partes de un mismo fenómeno. Sin perder de vista la saludable intención satírica, el narrador nos recuerda que ni la vida está exenta de ficción ni la ficción se opone a la vida.

Una de las características mujeres de Robert Crumb con las que está obsesionado el protagonista. Una de las características mujeres de Robert Crumb con las que está obsesionado el protagonista.

Una de las características mujeres de Robert Crumb con las que está obsesionado el protagonista.

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