La inquietud de la noche | Crítica Primera novela

  • Marieke Lucas Rijneveld ganó el prestigioso Premio Booker International con 'La inquietud de la noche', crónica del derrumbe de una familia que en España publica Temas de Hoy

Marieke Lucas Rijneveld (Nieuwendijk, Holanda, 1991). Marieke Lucas Rijneveld (Nieuwendijk, Holanda, 1991).

Marieke Lucas Rijneveld (Nieuwendijk, Holanda, 1991).

El Nobel sigue reinando incólume desde su pedestal, pero de un tiempo a esta parte otros premios de relumbrón han comenzado a exigir su cuota de espacio en los suplementos. Es el caso del británico Booker International Prize, dotado con la nada desdeñable cifra de 50.000 libras esterlinas, que reconoce a la mejor obra traducida el año en curso al idioma inglés. De las varias novelas que aspiraban al título este año (cuya concesión se ha retrasado de abril a septiembre por lo que todos sabemos), había dos o tres que despertaban mi curiosidad o mi beneplácito. Estaba Tyll, del alemán Daniel Kehlmann, el espléndido fresco sobre la Guerra de los Treinta Años que ya saludamos desde aquí como uno de los títulos de la temporada; estaba el último trabajo de Yoko Ogawa, una japonesa que siempre he leído con interés, The memory police, de la que nada sabemos aquende el canal de la Mancha; había dos obras en castellano, el idioma mejor representado entre los candidatos, pero que, al pertenecer a dos autoras mexicana y argentina respectivamente (Fernanda Melchor y Gabriela Cabezón), aunque publicadas en España por Random, no me sonaban de nada. Sobre todos ellos se impuso el debut de la veinteañera neerlandesa Marieke Lucas Rijneveld, que es de quien toca hablar a continuación.

Antes de la adjudicación del premio, Rijneveld había copado ya titulares y merecido jugosas páginas completas en nada menos que The New York Times por cuestiones que no sé si en realidad tienen que ver con la literatura. Hágase la prueba consultando la correspondiente página web: se hallará que nuestra escritora (o escritor, porque elude expresamente los indicativos de género) es un ser hermoso y andrógino, que posa con estudiada desgana en el interior de un traje demasiado grande o da de beber a vaquitas melancólicas en un biberón. Lo de la vaca tiene su porqué: desde niña ha vivido en una granja y continúa trabajando en otra, con lo que lo de la leche, el ganado y todo lo demás forman parte importante de su biografía, por no hablar de las páginas que llena en su novela. Rijneveld saltó a la atención mundial, prensa neoyorquina incluida, por el arte de la combinación: persona joven, combativa, con un pasado tortuoso y un carácter de echar para atrás, de sexualidad confesamente ambigua, que de repente aspira a uno de los premios de oro de las letras mundiales. La primera novela que ha escrito puede estar muy bien, sí, pero con semejante currículum no deja de ser un elemento secundario.

A todo esto, la novela se llama La inquietud de la noche y también tiene que ver con granjas y terneros. "Excepcional", acentúa el Financial Times; "Impresionante", la aclama The Economist; "Bella, tierna y muy convincente", opina el Times no financiero. Se trata de una narración en primera persona que, al parecer, explota de forma artística las propias experiencias de la autora en sus años de infancia y en esa pasarela entre precipicios que conduce a la adolescencia. Detalles de la vida personal de quien escribe se repiten casi en forma de calco en lo escrito: la granja, las vacas, más los cerdos y el huerto, en un ambiente rural de clase media; la familia cerrada, la asfixia; la rígida educación calvinista, la obsesión por el castigo; la muerte de un hermano que desencadena una sucesión de interrogantes y abre el abismo; la descomposición paulatina de la familia hasta el alejamiento final en un caso y algo mucho peor en el otro. En este sentido, Rijneveld no parece haber hecho mucho más que endosarnos sus memorias de pubertad, adulteradas, eso sí, con algunos detalles de tirón comercial. De hecho, el suyo podría haber funcionado como un título modélico de autoficción si no hubiera mediado la introducción de elementos que, dice ella, han contribuido a multitud de malentendidos que no se explica.

Antes del premio, Rijneveld había copado titulares y merecido páginas completas

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

Para empezar con su propia familia, la de verdad. Cosa comprensible, por otro lado; resulta que su madre le ha retirado el saludo después de haber leído el libro, y que su padre, hombre religioso también él, no se atreve ni a abrirlo. Por mucho que a estos probos granjeros holandeses se les intente explicar el estatuto de la ficción, el grado cero de la escritura, la distancia entre narrador y autor y otras sutilezas de posgrado, ha de ser difícil soportar la descripción de un tipo de familia que se parece mucho a la tuya, a la que se acusa de frialdad, torpeza o maldad pura y simple, y a cuyas taras, para animar más el cotarro, se les añaden dosis creativas de incesto, bestialismo, prácticas sadomasoquistas y tentativas de suicidio. Estos ingredientes extremos, que van desde la tortura gratuita a mascotas hasta violaciones con aperos de ganadería (pasando por escatologías varias) han sido elegidos con la evidente intención de dar sabor a una historia que de otro modo habría sido contada ya demasiadas veces, pero que, en su crudeza, no tiene más remedio que espantar a ciertos sectores del público. Sobre todo si quien lee es una persona a la que la lectura salpica indirectamente.

La inquietud de la noche es una buena novela, qué duda cabe, de una persona observadora, sensible, que maneja los registros psicológicos y sabe juguetear con el interés del lector. Los excesos, que los tiene, pueden ser imputables a la juventud, a la inexperiencia narrativa, al deseo, más que obvio, de épater le bourgeois. Aun así, esta crónica atroz del desmoronamiento de una familia en medio del cual una joven empieza a experimentar la llamada paralela del sexo y la muerte (hermanos en Freud) merece una lectura a salvo de publicaciones vanas y fotografías de contraportada. Quizá así su nihilismo nórdico pueda sonar más sincero y despierte alguna inquietud auténtica en quien la recorre.

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