Diálogos con Ferlosio | Crítica

El ogro filológico

  • 'Diálogos con Ferlosio' recopila numerosas conversaciones o entrevistas concedidas por el escritor, donde se destacan tanto sus opiniones políticas como su interés por la teoría del conocimiento, vale decir, por el idioma

Imagen del escritor Rafael Sánchez Ferlosio Imagen del escritor Rafael Sánchez Ferlosio

Imagen del escritor Rafael Sánchez Ferlosio

Se recogen aquí, en único volumen, buena parte de las entrevistas que Rafael Sanchez Ferlosio concedió en su fértil y misteriosa vida. Misteriosa, incluso para él, dado los largos trances alucinatorios que el autor propició y se infligió durante años, y que fueron el germen de una parte importante de su obra. No hay, sin embargo, misterio alguno respecto del contenido último de las presentes páginas. De las entrevistas que el lector tiene ante sí, oportunamente agavilladas, se desprende una única pasión, escandida en dos pliegues o facetas. Es la vieja pasión barroca del poder, con la no menos barroca deploración del gobierno y un análisis del conocimiento, de su deformidad y sus fallas. Esto es, un análisis del discurso.

La parte más adventicia de la pasión ferlosiana por el poder es, claro, la máscara fugaz de quien lo detente en esa hora

Para Ferlosio, el buen discurso es aquel que aprovecha “al máximo los recursos gramaticales; la frase antiazoriniana y bien articulada, por decirlo de alguna manera”. Esto es lo que le responde a Juanjo Fernández en 1987, después de confesarle que lo que le interesa, verdaderamente, es la teoría del conocimiento. La parte más adventicia de esta pasión ferlosiana es, claro, la máscara fugaz de quien detente el poder en esa hora (sus exabruptos sobre Reagan, Tatcher, Wojtyla, etcétera, nos llegan amortiguados por un infranqueable muro de tiempo); no obstante, sus apreciaciones sobre el idioma son, a un tiempo, más personales y gozan de una mayor vigencia. Más personales, por cuanto sus críticas a la prosa lírica de Ortega -o a la parvedad sintáctica de Azorin-, no dejan de ser una defensa tan subjetiva, como acaso ingenua, de su teoría del “galeón”, donde la frase debe ser una frase amplísima, largamente subordinada, y donde el sujeto principal venga abrigado, cual galeón de línea, de toda la vasta utillería que, necesariamente, lo apareja. Y de mayor vigencia, porque, con o contra Ortega, está postulando una forma precisa de comunicación, más sujeta a la utilidad que a la moda.

De toda esa necesidad de precisión, ordenada en diferentes años y entrevistadores (Azúa, Del Pozo, Llamazares y muchos otros), con un apéndice de Miguel Delibes, dan cuenta estas sólidas e inteligentes páginas.

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