'Para comerte mejor' | Crítica Más allá de Macondo

  • Giovanna Rivero se suma con una voz perturbadora y rotunda a la asombrosa renovación que vive la literatura fantástica sudamericana

La escritora boliviana Giovanna Rivero (Montero, 1972). La escritora boliviana Giovanna Rivero (Montero, 1972).

La escritora boliviana Giovanna Rivero (Montero, 1972).

La literatura sudamericana saltó al centro del planeta con el famoso boom de finales de los sesenta, de cuya resaca ha comenzado hace muy poco a reponerse. Apenas hace falta precisar sus coordenadas, porque permanecen frescas en la mayoría de los lectores y, para muchos, siguen definiendo lo que se entiende por ficción austral: realismo mágico, entendido este huidizo concepto como una mezcla, por cierto nada original, entre elementos costumbristas y folclóricos y altos vuelos de la imaginación, de esos que sólo se veían en los cuentos de fantasmas y las variantes modernas del libro de caballerías. Resulta espinoso dictaminar clínicamente dónde comienza el realismo mágico, cuál es su etiología y de dónde proceden sus variantes. La tradición nosológica quiere, con Alejo Carpentier, que todo se generara espontáneamente a partir de la exuberancia creativa de los trópicos, sin reparar en que el propio Carpentier se educó en París y visitó con asiduidad los cenáculos surrealistas. Una hipótesis más arriesgada (y atractiva) la encontramos en ciertos apuntes de Augusto Monterroso: que todo derivó de una publicación liminar, la Antología de la literatura fantástica, de Borges y Bioy Casares, tan remota como de 1941, que abrió al continente una caja de sorpresas que hasta entonces había estado protegida por los férreos cerrojos del costumbrismo o la mojigatería. Tampoco ha de olvidarse que el interés de los argentinos por el fantástico (que aún hoy goza de excelente salud) coincidió en sus inicios con el desembarco en Buenos Aires de Roger Caillois, más o menos por las mismas fechas.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

Pero decir realismo mágico, más allá de las filigranas un tanto pedantes de nuestra pareja porteña, es rendirse sobre todo a una marca registrada: la que patentó Gabriel García Márquez en 1967, respaldada luego por un premio Nobel, en Cien años de soledad. Ahí se encuentra toda la cantera de tópicos que desde entonces se ha venido asociando al universo literario sudamericano (amplificada luego por pelotazos como los de Isabel Allende y afines): la saga familiar, el cuento de hadas, la llamada de lo salvaje, el lenguaje botánico, el sentimentalismo, la novela río, en el mejor de los casos una imaginación desatada, casi cosmogónica, y el arrimo a la telenovela en el peor. En realidad, salvo zonas de contacto puntuales, poco tiene que ver el orbe de García Márquez con el de Cortázar o el propio Carpentier (de Borges ni hablamos), pero a las nuevas generaciones argentinas, colombianas, cubanas y el resto les ha costado sangre, sudor y lágrimas sacarse el sambenito de los Buendía. Dicen por ahí que hubo un punto de inflexión con la obra de Roberto Bolaño, víctima seguramente de la sobreexposición crítica, pero yo no sé. Quizá los vientos de cambio deben olfatearse por otras partes.

Es curioso constatar que el género fantástico sudamericano ha venido dirigido en las últimas décadas por nombres femeninos. El primero que se viene a las mientes (por los mismos motivos que el de Bolaño) es el de Mariana Enríquez, una argentina que mediante una personalísima combinación de denuncia social, novelas de quiosco y feísmo estético ha logrado la hazaña de elevar al primer plano algo tan denostado como la narración de terror, aunque no se trata de la única. Sin remontarnos al magisterio de Ana María Shua, podemos espigar títulos de Samanta Schweblin, Valeria Correa Fiz, María Fernanda Ampuero o Ana Llurba, entre muchas otras. Giovanna Rivero, cuyo Para comerte mejor comentamos hoy, pertenece, creo, a la misma cuerda. En primer lugar, está la franja generacional: todas ellas (también Rivero) nacieron en torno a la década del setenta y se han nutrido, es obvio, de los mismos referentes culturales; lo cual desemboca obligatoriamente en lo segundo: una visión del fantástico que trata de superar el cliché de Macondo y asumir en su seno otro tipo de influencias más allá de las folclóricas, procedente sobre todo del ámbito audiovisual y de orientación anglosajona.

En consonancia con Mariana Enríquez, la autora se demora en lo pútrido, lo malsano, lo angustioso

Para comerte mejor constituye un ejemplo paradigmático de todo lo antedicho. Se trata de un conjunto de cuentos (formato privilegiado por el género) escrito en una prosa muy cuidada (otro rasgo meridional), llena de imágenes, donde más allá del sustrato antropológico (que lo hay: son constantes las referencias a la cultura andina y el submundo del indio), el relato se abre a otro tipo de imaginarios que la conectan con el universo global de la televisión y los monitores (a saber: iconos del terror contemporáneo como zombis y vampiros, holocaustos climáticos, vuelos interestelares). Muy en consonancia con Enríquez, la autora se demora en lo pútrido, lo angustioso, lo malsano, haciendo hincapié en que no constituye sino el necesario reverso de la salud y el brillo de los que todos los vivientes nos nutrimos: así, sus historias están pobladas de leprosos que buscan la redención, madres violadas que temen por sus hijas, supervivientes que devoran cadáveres en ciudades asoladas por terremotos, o (en el mejor texto de todos) mujeres infértiles que pasean miembros amputados por el metro de Nueva York. Para comerte mejor es la ocasión de oro para conocer una voz nueva, contundente, perturbadora, que, como espero que se vea en el futuro, tiene mucho que decir en la renovación de la literatura fantástica sudamericana.

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