Un ‘finde’ en las carreras
Mundial de MotoGP
Así es la vida dentro de un Gran Premio de MotoGP, de trabajadores a pilotos, que tienen su punto de encuentro en la casa Estrella Galicia 0,0
Marc & Álex Márquez: sus campeones de confianza
A las motos también se va de bares. Que qué lugares. Es llegar al circuito del Mugello y en él está Emili Alzamora, café en mano eso sí, pasando el rato entre sesión y sesión. El bar es reconocible. De hecho, es la barra oficial del paddock del Mundial de motociclismo y así se distingue del resto de caravanas, camiones y tráilers, aquí llamados con los suntuosos nombres de hospitalities o motor homes. Mesas de madera, tiradores de cerveza, sillas de terraza como si esto fuera Loja o San José de la Rinconada, y taburetes altos tapizados con antiguos monos de carrera y ropa del equipo oficial Estrella Galicia 0,0. Porque allá donde se mire, hay una estrella a la que todos miran.
Comparten la Toscana y Galicia el paisaje. Se parecen en el verde y algo en los montes. También en las carreteras, sinuosas, divertidas para el motero, como las del norte gallego, donde la marca vendía hace veinte años, y que se le quedó pequeña para ahora hacerlo en casi todo el mundo. Estar en el Mundial de motos es la carta de credibilidad para entrar en nuevos mercados. Estrella Galicia no es solo la taberna del paddock, aunque ya al domingo por la tarde huela a eso, a casa. En esa ciudad efímera en la que se convierte cada circuito en un Gran Premio es el hogar del talento de los hermanos Márquez, Marc y Álex, o de jóvenes valores como el sevillano José Antonio Rueda. Todos, desde que eran prácticamente prepúberes, han crecido bajo el calor de la enseña de los Hermanos de Rivera. Pero también tiene el significado de hogar para quienes se mueven por todo el mundo acompañando al Mundial de motos. Cuando apareces en el gran circo en 2011 apadrinando a Marc Márquez con apenas la mayoría de edad, lo acompañas en ocho Mundiales, seis en MotoGP, y la nota en común es el logo de Estrella Galicia 0,0, ya eres uno más de la familia.
Una familia que pasa muchos días fuera de casa. 220 o así. Y el hospitality es el hogar donde tomar una birra con zamburiñas a miles de kilómetros de tu concello. 4.102 personas hay en el paddock en cada gran premio, contando todo tipo de personal, desde la organización a los propios pilotos. Más de 200 países ven las carreras en directo, generando 50.261 horas de emisión. 514 periodistas cubren el Mundial que cuenta con audiencias millonarias: solo en vivo y en los circuitos, tres millones de espectadores. Cantidades que marean con las nuevas formas de acceder a la información, el nicho del motociclismo. Una media de edad entre los 16 y 34 años que cada vez sigue más el Mundial y que generan 11,1 billones de impresiones entre los 50 millones de seguidores en redes.
"Al Mugello non si dorme"
Tocaba Mugello el fin de semana pasado, un circuito enclavado en mitad de la Toscana, a apenas media hora de Florencia. Pocos imaginan que en mitad de un paisaje cinematográfico se alce una de las catedrales del motociclismo mundial. La paz de los viñedos y los suaves y ondulados campos de alrededor se rompen con el estruendo de las motos. De lejos, un rumor, de cerca, una embestida bravía, una deflagración de sonido que pone los tímpanos tan al rojo vivo como el carbono cuando se clavan los frenos en una curva. Es lo que más llama la atención, el ruido de las MotoGP a todo gas en las arrabiatas, las dos curvas en subida a derechas que levantan a los 84.000 espectadores que colman sus pelousses, y de las cuales no se van ni de noche: "Al Mugello non si dorme", se dice. Imaginen la de cerveza que corre esa madrugada.
El suelo tiembla al paso de las MotoGP aunque estés a decenas de metros de la pista dentro del búnker de señalización televisiva de Dorna. Al salir, una chapita de Estrella Galicia en el suelo muestra hasta qué punto la marca ha calado en el Mundial. Al punto de que las marcas que entran con nuevas ideas le sirven a la organizadora a innovar, abrirse a un público ávido de nuevas experiencias y emociones fuertes.
También es un milagro. "Es donde italianos y españoles nos convertimos en finlandeses", bromea un encargado de la organización. Todo está medido pero la capacidad de improvisación marca la diferencia. De ahí a que, de golpe, un "ahora" hace que en un instante te veas en la sala de prensa a estar a pie de pista, en pleno pit lane. La gasolina impregna el ambiente pero en el suelo no hay ni una marca de aceite. Todo está limpio, reluce. Los boxes son pequeños laberintos donde uno pasa de estar en el taller del pueblo, rodeado de herramientas y neumáticos, a una sala de máquinas estilo Silicon Valley con los ordenadores de telemetría chivando si el piloto miente cuando dice si ha frenado o no.
La otra casa del paddock es Severino, el restaurante del que dicen que debe ser puesto de ejemplo en todas las universidades: "Tiene proveedores por todo el mundo. No sé cómo lo hace", cuentan. Al rato viene Àlex Rins, otro piloto con estrella, a saludar antes de su media scrum, que más bien por ese nombre parece el 9 de un equipo de rugby que de la rueda de prensa post-carrera. Y es que hacía unos minutos había acabado la de sprint y siempre tienes que pasar ante la palestra de la prensa. Había ganado Pecco Bagnaia que no dudó en hacer cantar a los tifosi el Inno di Mameli. El pelo de punta a pie de pista al bramar "L’Italia chiamò, sì". Marc, mientras, se lo pasaba en grande porque ha vuelto por sus fueros. El año que viene rivalizarán, pero en el mismo equipo.
El ruido es el show
El día en las carreras no pudo empezar mejor. Alguien les había plantado a las hermanas Kardashian dos botellas de Estrella Galicia en su limusina y lo habían subido a sus multimillonarias redes. Alguien se había ganado algo más que el podio. Desde primera hora hay competición y en la carrera de rookies gana Máximo Quiles, al cual apadrinan los hermanos Márquez, devolviendo lo aprendido de sus mentores cerveceros.
Moto3 y Moto2 son los aperitivos hasta que llega GP. Se abre la parrilla y entran mecánicos, público, vips y periodistas. Anda por allí Jorge Lorenzo vestido de rosa cuando llegan los pilotos. Se canta el himno y tres cazas de la Fuerza Aérea Italiana sobrevuelan por encima de las cabezas de todos. Lo que nadie sabía es que volvían por la espalda con un estruendo repentino e indescriptible que asustó hasta a los de los directos. En el fondo, el ruido, la potencia, y la trascendencia rezuman por cada rincón de un circuito mundialista. Semáforo apagado. Corren las motos. Hay que coger el móvil fuerte para que las turbulencias no te lo tiren. La piel, de gallina. Como la tenía el señor que, junto al muro del director de carrera, portaba una camiseta que ponía Jerez. La estrella de los circuitos.
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