La depresión empieza desde atrás
Espanyol | sevilla · marcaje al hombre
Squillaci, otrora la referencia de la zaga por su jerarquía, tuvo un triste regreso tras su lesión con un mal partido · El francés, además, dejó el campo cojeando
Difícil solución se le ve a este Sevilla que parece haber entrado en receso y caída permanente, algo preocupante con lo que aún tiene por delante, nada menos que una final de Copa y la lucha por entrar en la Champions. Y eso es lo que se encontró Sebastien Squillaci en su regreso, un futbolista que, como todos, fue un alma en pena que no encontró ayuda en sus compañeros, aunque tampoco él hizo por echar una mano a un sistema defensivo que ahora mismo puede ser de los más vulnerables de toda la Primera División.
Las cosas no son tan sencillas en el mundo del fútbol como se ven desde fuera y si Squillaci, pese a estar en la convocatoria, no jugó ante el CSKA de Moscú fue porque el choque era importante a más no poder y el francés, como evidenció ayer en Cornellà-El Prat, aún no tiene el sitio cogido. Se tuvo que contentar el defensa galo en la jornada de Champions con disfrutar con la victoria de su ex equipo, el Olympique de Lyon, frente al Real Madrid. Sólo eso, pues ni siquiera pudo felicitar a sus compañeros por el pase a cuartos de final que tan cerca parecía para el Sevilla y cuya no consecución ha acabado generando en Nervión una crisis que puede traer consecuencias mayores de las previstas si el equipo de Jiménez no endereza el rumbo.
Squillaci entró en contacto con la competición 77 días después de que se lesionara en el Vicente Calderón un 2 de enero que marcaba otro gran momento de depresión en el equipo nervionense, una derrota que llegó como la del martes ante los rusos, con la temida y ya típica faltita de Fernando Navarro en el vértice del área.
Pero el francés, que querrá ahora apretar para llegar bien al Mundial después de tres largos meses en los que pasó incluso por una operación de tobillo, tuvo un reencuentro poco feliz con el equipo. Se fue -lesionado y sustituido por Adriano- perdiendo y volvió perdiendo. No se entiende muy bien qué quiso hacer en el primer gol del Espanyol. Fue a marcar a Escudé y dejó solo a Osvaldo, el hombre de la noche, quien no tuvo excesivos problemas para ganar por alto a un lateral de 1,70 como Adriano.
Squillaci era el puro ejemplo de la impotencia. Se le veía temblar en cada control, en cada balón que conducía y a la más mínima presión de los hombres del Espanyol. Ejecutó cesiones suicidas hacia Palop que pusieron en un aprieto al portero sevillista y generó dudas al equipo en general desde su posición de mando. Nada que ver con el defensa de jerarquía que parecía el llamado a ser el relevo del Javi Navarro de aquel gran Sevilla de los títulos.
Engullido por el ambiente, veía una y otra vez a Osvaldo, un mexicano semidesconocido cedido al Espanyol por un equipo como el Bolonia, campar a sus anchas por el área sevillista aprovechando también la escasa ayuda de sus compañeros de línea. Pero es que mucho menos ayudaron a Squillaci en su vuelta dos hombres clave para descargar de trabajo a los centrales como debían ser Zokora y Duscher. Una pareja de medios centro en teoría de naturaleza fajadora fue un chollo para los hombres de Pochettino, que manejaron el partido sin oposición ante un equipo roto, muy estirado, sin conexión, muerto anímica y físicamente, en el que cada uno hace su guerra por su cuenta y en el que, para colmo de males, se queda sin Jesús Navas.
Y hablando de dolencias, Squillaci salió cojeando del partido en el que reaparecía. Lo dicho. Lo de las pulgas y el perro...
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