La Balanza de Pagos española en 2008
Si algo caracteriza la balanza española es su persistente y abultado déficit de bienes; a pesar de las ayudas nunca se ha anotado un superávit comercial.
LUIS ROBLES TEIGEIRO Profesor de Economía Aplicada.
Universidad de Málaga
El comercio exterior español se ha mantenido durante 2008 en la senda algo alocada emprendida desde la anterior crisis de 1993. La balanza presenta graves desequilibrios en algunos de sus saldos como reflejo tradicional de lo que ha venido ocurriendo en la economía española durante los periodos de rápido crecimiento. Cuando el PIB y las exportaciones han crecido, las importaciones lo han hecho aún a mayor ritmo, estrangulando a medio plazo el propio proceso emprendido.
Por otra parte, progresa la consolidación de algunos cambios estructurales en la balanza, sin que ello signifique que haya sido redibujada en sus trazos esenciales. Por el contrario, los rasgos básicos del comercio español se han manifestado y siguen haciéndolo de manera muy persistente. Y es que, si algo caracteriza la balanza española, es su persistente y abultado déficit de bienes o comercial. Baste decir que desde que se realizan balanzas de pagos en España, 1959, nunca se ha anotado un superávit comercial. El problema es de tal envergadura que, en términos generales, el resto de los componentes de la balanza de pagos se ha venido reinterpretando como una búsqueda de partidas acomodantes que aliviasen la tensión de este importante déficit. En este sentido, tres han venido siendo las ayudas tradicionales, la balanza de servicios gracias a la masiva llegada de turistas, las transferencias privadas de los emigrantes y públicas de la UE y, en última instancia, la venta de empresas y otros activos a extranjeros a cambio de sus divisas. Pues bien, finalizado el año 2008, puede ya decirse que uno de estos apoyos, las transferencias, van desdibujándose como resultado o consecuencia del propio desarrollo español así como de la entrada de nuevos socios, relativamente más pobres. Las remesas de emigrantes ya son claramente adversas y también, y esto es más significativo, lo son las transferencias públicas con la Unión Europea. En el año 2006 el saldo de estos envíos fue prácticamente cero y, en 2007 y 2008, ya es deficitario.
En definitiva, son mucho más frecuentes los años en que el saldo más importante de la balanza, el denominado capacidad o necesidad de financiación (suma del saldo de bienes, servicios, rentas y transferencias corrientes y de capital) es negativo –necesidad– que positivo –capacidad. En los últimos años sólo se ha contado con capacidad durante el trienio 1995 a 1997, como consecuencia derivada de la crisis inmediatamente precedente. Después de ese trienio, la necesidad ha crecido de manera constante y con una intensidad que puede calificarse de espectacular. El resultado ha sido que en 2007 la necesidad de financiación ya rozaba el 10 por ciento del PIB, uno de los déficits más importantes del mundo en términos relativos. El del año 2008 es todavía una continuación de lo observado en los años precedentes y, por el contrario, hay que esperar que el de 2009 sea mucho más moderado, a tono con los nuevos tiempos que corren.
Conviene añadir que aunque estos abultados déficits tengan mucho de endémico, su singular gravedad es preocupante por cuanto, en gran modo, son el resultado del modelo de crecimiento que se instaló en España a lo largo del ciclo que ahora se agota, muy apoyado en los servicios de carácter interior y en el de bienes no comercializables, edificación, por lo que el crecimiento económico ha generado un incremento de las importaciones, vía aumento de renta, que, sin embargo, no ha estimulado las ventas al exterior.
Hay también aspectos financieros en el problema. La financiación del déficit supone un incremento del endeudamiento con el exterior. Dado que España forma parte de una unión monetaria, no existe riesgo de cambio y la financiación externa se puede prolongar más en el tiempo, pero es posible que se haya llegado ya a los límites admisibles. Es pensable así que surjan primas de riesgo para España y que se encarezcan las condiciones del crédito. El sistema bancario vería endurecidas sus condiciones de financiación en los mercados internacionales y esto conllevaría, a su vez, la reducción del crédito para consumo e inversión, restringiendo con ello el gasto.
Si, como cabe esperar, es posible que el déficit exterior se calme un tanto como consecuencia de la crisis internacional sería deseable plantear qué estrategia seguir en el futuro. En las importaciones es abrumadora la importancia de la partida energética y su control pasa, por tanto, por el ahorro de esta energía y, sobre todo, por el cambio a medio plazo de la especialización industrial del país. En efecto, el modelo productivo español es altamente intensivo en energía por unidad de producción cuando se carece, precisamente, de ese recurso. El desarrollo de fuentes alternativas y el abandono de determinadas producciones muy intensivas en energía, contaminantes y escasamente generadoras de empleo son vías igualmente adecuadas. En cuanto a las exportaciones el problema es aún más complejo pese a que se haya hecho un esfuerzo considerable desde la adhesión a la Unión Europea. Como se ha reiterado, el control de los precios y las ganancias en productividad son las estrategias más adecuadas. Sin embargo, con la llegada del euro y la cesión de la política monetaria al Banco Central Europeo el protagonismo es de las denominadas reformas estructurales. En efecto, las ganancias en productividad solo vendrán de la mano de variados factores, alguno de los cuales cabe ahora enumerar: la innovación y cambio tecnológico, el mejor funcionamiento de los mercados al hacerlos más flexibles y competitivos, una reforma de la Administración que la haga más ágil al tiempo que más severa en su vertiente de control, la reforma del malogrado sistema educativo y, por qué no decirlo, mediante el esfuerzo común de todos los ciudadanos.
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