“Vivimos en la civilización de la mentira”
José Cuenca Anaya | Embajador de España
Como Valera, Neruda y Washington Irving, José Cuenca (Iznatoraf, Jaén) ha simultaneado la diplomacia con la escritura. Prestó servicios para España en el mundo con cinco presidentes del Gobierno, incluidas las embajadas en Bulgaria, Unión Soviética (y tras la perestroika, Federación de Rusia), Grecia y Canadá. Sus vivencias diplomáticas las contó en el libro ‘De Suárez a Gorbachov’. Cazador, hijo y nieto de cazadores, ha publicado en Renacimiento ‘La ruta de los monteseros y otros relatos’, un recorrido apasionante por la Sierra de Segura y la cuna del Guadalquivir.
–El hombre fue cazador antes que político. ¿Lo saben los que legislan?
–Hubo un tiempo, en los albores de la Historia, en que el hombre era cazador o no era nada. De la caza dependían sus formas de vida, su comida y su vestido. Incluso las primeras manifestaciones de su arte, como prueban las pinturas de Altamira. Espero que los políticos lo sepan. Y lo respeten.
–¿España vacía o vaciada?
–Yo utilizo tres expresiones: vacía, vaciada y deshabitada. Se trata de un dramático fenómeno social, que tuvo una consecuencia: la ruptura de los equilibrios entre el campo y la ciudad. El resultado fue una gran calamidad para la Sierra, que describo en estos términos: “cortijos estragados, casas forestales derruidas, huertas sin cultivo, viejas espadañas sin campanas”.
–El Jaén solo estuvo dos años en Primera (Sevilla y Betis suman 132 temporadas) pero triplica a Sevilla en premios Planeta: Juan José Mira, Eslava Galán, Muñoz Molina. ¿Es una provincia literaria?
–Sé más de literatura que de fútbol. Y coincido con usted en que Jaén es tierra de muy buenos escritores.
–Una nueva ley proclama que los animales no son objetos sino seres sintientes. ¿Eso ya lo sabían los cazadores que trataron a los perros Pancho y China y al perdigón Romerito, protagonistas de sus relatos?
–Los perros y reclamos pueden ocupar espacios muy anchos en el corazón de un cazador. He visto a hombres hechos y derechos llorar la muerte de su perro. Y lo cuento. Pancho y China son, precisamente, relatos en que rindo homenaje a dos perros y sus dueños.
–Enumera las tres virtudes del podenco conejero: paciente, astuto y que no eche mentiras. ¿Son las virtudes del embajador?
–Para un embajador son esenciales, al menos, dos de ellas: la paciencia y no echar mentiras. Tengo escrito en otro libro que actualmente vivimos en la civilización de la mentira. Antes no era así. En la Sierra se ajustaba a los pastores, muleros y gañanes con un simple apretón de manos. Y nadie rompía ese compromiso. Porque la palabra de los hombres valía más que los papeles.
–¿Es cierto que cuando vio a Ava Gardner atravesar el hall del hotel Ritz de Madrid le recordó el caminar de las perdices?
–Hablo de las perdicillas casquivanas, seducidas por tu reclamo, que atraviesan la placeta con unos sinuosos andares elegantes “que me atrevería a comparar con los de la mismísima Ava Gardner, en sus mejores años”. Yo la vi en el Hotel Ritz de Madrid, y puedo atestiguar que tenía el porte de una reina.
–En el libro cita a dos académicos, Delibes y Rodríguez Adrados.
–Rodríguez Adrados me explicó el origen bizantino de algunas palabras de la Sierra. En cuanto a don Miguel, pongo sus trabajos cinegéticos –son varios- como ejemplo de lo que debe ser un buen libro de caza: el que escribe quien es diestro, a la vez, con la escopeta y con la pluma. Porque abundan las publicaciones poco afortunadas, obra de cazadores que no saben escribir, o de escritores que no saben cazar.
–¿Qué dio de sí un “cocido bien conversado” con García Márquez en Moscú?
–Mantuve con García Márquez una amistad de varios años. En Moscú no hubo uno sino dos “cocidos bien conversados”. Y me contó cosas muy interesantes. Por ejemplo: que el autor llega a querer a los protagonistas de sus obras como a sus propios hijos. Por eso, al igual que Alejandro Dumas lloró amargamente cuando tuvo que matar a D’Artagnan, él también lo hizo al perder a Aureliano Buendía.
–¿La escopeta nacional de Berlanga es una parodia?
–En La escopeta nacional se entrecruzan muchos temas, y no solo la caza. El film lo he visto varias veces, y siempre con placer, porque es una obra maestra, típicamente berlanguiana.
–Su compañero de promoción Luis Uruñuela, que fue alcalde de Sevilla, destacó de usted que haya sido embajador con UCD, el PSOE y el PP.
–Luis es muy amable, y un gran amigo mío. Durante mucho tiempo, fui el único español nombrado en Consejo de Ministros por todos los presidentes (cinco, entonces) de la democracia. Algo de lo que me siento muy orgulloso. Nunca pertenecí a ningún partido político, procurando servir a España con todas mis fuerzas en los puestos de confianza –Secretario General Técnico, Director General de Europa, Embajador en varios países– para los que fui designado.
–En un palmo de terreno, en la provincia de Jaén, se libraron tres batallas que cambiaron la historia de España y del mundo: la de Munda (45 a.C.) entre César y Pompeyo, Las Navas de Tolosa (1212) y Bailén (1808). ¿Es Historia, con mayúsculas?
–En efecto: son Historia, con mayúscula. Munda supuso la victoria decisiva de Julio César, con todo lo que significó para Roma y el mundo conocido. Las Navas fue el triunfo de las armas cristianas contra la amenaza del Islam. Bailén demostró que los ejércitos de Napoleón no eran invencibles. Las Navas y Bailén están a un tiro de piedra. De Munda no se sabe su ubicación exacta.
–¿La de su libro es un tipo de vida que se va perdiendo?
–Así es, en verdad. Yo trato de contar cómo vivían los hombres y mujeres de la Sierra hace sesenta años. Y hablar de oficios ya desaparecidos. En el libro están los monteseros, los pineros, las recaderas y los bravos arrieros, hechos a las duras disciplinas del camino. Para que los jóvenes no olviden a sus antepasados.
–¿Quién sabía más de caza, Suárez o Gorbachov?
–Ninguno era cazador. Hace cinco años, publiqué un libro titulado De Suárez a Gorbachov. Testimonios y confidencias de un Embajador. Ahí trato de ellos y su mundo, porque los conocí muy bien.
–Hábleme de los furtivos.
–Al furtivo le dedico uno de los relatos más largos. Ellos fueron parte de las tradiciones y leyendas de la Sierra. He sido amigo de uno de los grandes, ya desaparecido. Y me gusta hablar de cómo eran y qué hacían.
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