De Morante a El Gallo: a cuenta de una coleta...

HISTORIAS TAURINAS

El genio cigarrero medita su vuelta después de su sorpresiva retirada; el Divino Calvo se había cortado la trenza 107 años antes pero... volvió

Morante: razones para una retirada

Rafael El Gallo: 65 años después

Morante, muy emocionado, con el postizo y la castañeta en la mano.
Morante, muy emocionado, con el postizo y la castañeta en la mano. / EFE

Redobla la presión sobre Morante de la Puebla -rey del toreo desde su retiro- para que vuelva a enfundarse el vestido de torear en 2026. José María Garzón, flamante empresario de la plaza de la Maestranza, le visitó en su refugio ribereño de la Huerta de San Antonio soñando con colgar su nombre en los carteles -los primeros que preparará en Sevilla- que debe presentar en un mes largo. Pero Morante, oficialmente, es un torero retirado; al menos temporalmente. El genio cigarrero, inesperadamente, se había desprendido postizo y castañeta al término de su última actuación en la plaza de Las Ventas. El lance tenía una evidente carga simbólica: se había quitado del toreo...

Fue el pasado 12 de octubre, en el confín de una tarde vivida a sangre y fuego que resumió, de alguna manera, el denso argumento interior de una temporada que ya ha quedado marcada en la historia de la tauromaquia. Morante sufrió una fuerte paliza pero acabó cortando las orejas de su segundo enemigo para descerrajar la Puerta de Madrid.

107 años antes, el 24 de octubre de 1918, se había vivido una ceremonia similar en la casa que Joselito poseía en la Alameda de Hércules. El menor de los Gallo había convencido a su hermano Rafael para que se retirara de los ruedos, contrariado por esos fracasos estrepitosos que comenzaban a marcar la peculiar personalidad taurina del Divino Calvo. José le había organizado una ventajosa temporada de despedida condicionada a esa despedida que se iba a escenificar en la intimidad familiar.

Se trataba de cortarle la coleta, la simbólica trenza que adornaba el cogote de los lidiadores y que aún era el sacrosanto emblema de la profesión en la plaza y en la calle. Quedaban algunos años aún para que Juan Belmonte prescindiera definitivamente del apéndice capilar sustituyéndolo por un postizo en las tardes de toros. Su eliminación aún tenía carácter de acontecimiento. ¡Ris, ras!. El tijeretazo se lo pegó Gabriela Ortega, la matriarca del clan, que entregó la trenza de Rafael a Joselito que había tomado muy en serio aquella supuesta retirada de su hermano que, en realidad, iba a tener un escasísimo recorrido.

Rafael El Gallo, en su segunda época, en uno de sus característicos muletazos sentado en una silla.
Rafael El Gallo, en su segunda época, en uno de sus característicos muletazos sentado en una silla. / Archivo A.R.M.

No había acabado el año y Gallito se iba a implicar decididamente en la organización de un festival que debía ayudar a sufragar la coronación canónica de la Virgen del Rocío que había puesto en marcha su amigo, el canónigo Juan Francisco Muñoz y Pabón con el apoyo de algunas fuerzas vivas de la época, con las familias Martín Carmona y Moreno Santa María a la cabeza. Ambas sagas ganaderas iban a volcarse con el evento donando la mayoría de las reses. El festejo se preparó en la plaza Monumental, el inmenso coso que había alentado el propio Joselito, para el 8 de diciembre de aquel lejano 1918. Ese mismo día, curiosamente, se había previsto la inauguración en la plaza del Triunfo del monumento de la Inmaculada que había esculpido Lorenzo Coullaut Valera según el proyecto del arquitecto José Espiau y Muñoz.

El cartel lo encabezaba el propio Gallito seguido de los matadores Curro Posada, José Flores Camará, Varelito e Ignacio Sánchez Mejías. José, puntilloso, se había encargado de colocar el nombre de su hermano Rafael deliberadamente aparte, separado de la terna oficial, advirtiendo que “en atención al fin benéfico de esta fiesta ha ofrecido su valioso concurso y figurará como espada el ex matador de toros Rafael Gómez El Gallo”.

Pero la inconsistencia de Rafael le impediría cumplir la promesa de su retiro. El Gallo -no sabemos si con coleta postiza o volviéndose a dejar crecer los pelos- volvió a los ruedos el 13 de abril de 1919 en la vieja plaza de Ceuta dejando aquella falsa retirada, sus fastos y hasta los buenos oficios de Joselito en papel mojado. José nunca se lo terminó de perdonar y, de hecho, no volvieron a torear juntos. Cuando llegó la tragedia irremediable de Talavera llevaban más de un año casi sin tratarse.

La anécdota, o el lance histórico, viene a cuento de los insistentes rumores que alientan la reaparición del genio de La Puebla que ya ha matizado -dejando lo de cortar o quitar la coleta aparte- que se trata de un descanso, no de una retirada definitiva. Pero el impacto de aquella despedida madrileña, posiblemente, merece un impasse para realzar la carga emocional y simbólica que supuso aquel gesto ceremonial. Las empresas, seguramente, no opinan lo mismo.

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