“La literatura contemporánea es bastante plasta”

José Manuel Rico | Profesor de Literatura española

El profesor de Literatura Española en la Universidad de Huelva José Manuel Rico. / M. G.
Miguel Lasida

27 de enero 2026 - 04:59

Ejercer como especialista en el Siglo de Oro deja una marca. Curtido en las tarimas de la enseñanza, José Manuel Rico García (La Rinconada, Sevilla, 1963) procura transmitir a los alumnos de la Universidad de Huelva, donde es profesor titular de Literatura Española, el eje de las coordenadas de la cumbre en español, nada más y nada menos. Como investigador ha estudiado a fondo la dialéctica en torno a la obra de Góngora, la conocida como polémica gongorina.

Pregunta.–¿Qué aspectos del Siglo de Oro despiertan hoy el interés del alumno?

Respuesta.–La irreverencia, el descaro hoy perdido de la literatura satírica y burlesca; los desafíos a la inteligencia que propone la lengua literaria de Góngora, sor Juana o Quevedo, por citar tres autores especialmente enrevesados. Pero hay que pensar que esas dificultades definen el estilo de la época.

P.–¿Ha cambiado con los años la apreciación del Siglo de Oro?

R.–Sustancialmente. Un lector de los ochenta y de los noventa estaba habituado a obras que presentaban dificultades en su estructura, en el lenguaje, obras experimentales que se convertían en best seller, en obras de culto: Rayuela, La casa verde, La saga fuga de J. B. Aquel lector se enfrentaba a la literatura del Siglo de Oro muy bien armado, la asumía como un reto más en el proceso de formación de la identidad lectora.

P.–¿Fue Quevedo más conocido en vida por sus obras o por sus andanzas?

R.–Indiscutiblemente por su obra en prosa, la satírica principalmente y por la política y moral. No por su poesía, que fue apreciada e imitada fundamentalmente después de su muerte, cuando se publicó. Le hubiera gustado pasar a la posteridad como un humanista, pero ello requería una forma de vida entregada al estudio, y Quevedo en gran medida fue un hombre de acción y mundano que estuvo en el centro del torbellino político de los reinados de Felipe III y Felipe IV.

P.–La obra de Góngora ha tenido fervorosos seguidores y furibundos detractores. ¿Dónde se sitúa usted?

R.–Sin duda entre los primeros, pero he dedicado gran parte de mi vida académica a estudiar a los detractores. Mi tesis doctoral trató de las ideas poéticas del sevillano Juan de Jáuregui, autor del Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades. El título nos habla de la mala leche que gastaban.

P.–¿Comprende a quienes han juzgado de artificiosa la obra de Góngora?

R.–Por supuesto, así fue percibido por hombres de letras muy notables de su época y de nuestro tiempo, desde Gracián a Borges. Incluso en el extranjero: el poeta inglés Thomas Stanley dejó interrumpida la traducción de las Soledades, que incluyó en el volumen Poems and Translations, de 1651, y añadió una sucinta nota aclaratoria: "…difficiles valete nugae", es decir, le parecían insufribles las intrincadas trivialidades de la Soledad primera.

P.–Góngora insultó a Quevedo por tullido y Quevedo insultó a Góngora por narigudo. ¿Cuánto ha perdido la literatura por la corrección política?

R.–Narigudo, que era lo mismo que decirle que tenía ascendentes judaizantes, era una acusación muy grave en la época, como todos sabemos. Pero sí, la literatura española ha enterrado esa vertiente del humor que fue fecundísima y que llegó hasta el primer cuarto del siglo XX. La literatura contemporánea es bastante plasta y solemne. Piense en la comicidad cervantina, en ella reside parte de la grandeza de su poética.

P.–¿Por qué Cervantes ha quedado para la historia como el más sensible de esos tres gigantes del Siglo de Oro?

R.–Las propias circunstancias de su vida, su experiencia, y su perspicacia le brindaron la oportunidad de conocer la complejidad de la naturaleza humana.

P.–¿Es casual que de los tres fuese quien se expresara con más sencillez?

R.–Cervantes es fiel a los modelos retóricos del humanismo renacentista, marcados por la claridad y la naturalidad. Góngora y Quevedo, que era veinte años más joven, viven en un periodo marcado por el conceptismo, que ellos renovarán y que se convirtió en un estilo de época fundado en las habilidades del ingenio y en la dificultad.

P.–¿Es casual que de los tres fuese el único sin un linaje notable?

R.–No tener orígenes nobles le permitió quizá la visión integral, abarcadora de la realidad, que ofrecen sus novelas y que inauguró la novela moderna.

P.–Es conocida la sensible diferencia en el estilo de la primera y la segunda parte del Quijote. ¿Fue por satisfacer al público o a un mecenas?

R.–Su propio talento de novelista reconoció que las historias intercaladas, principalmente, de la primera parte eran un lastre. Puede parecer una extravagancia, pero, a quien no ha leído la obra, le recomiendo que empiece por El Quijote de 1615, por la segunda parte.

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