Iñaki Pastor. Fisioterapeuta experto en pediatría y desarrollo

“La obsesión por el bienestar constante dificulta el desarrollo”

Iñaki Pastor Iñaki Pastor

Iñaki Pastor / M. G.

Iñaki Pastor Pons es doctor por la Universidad de Zaragoza y máster en Fisioterapia Pediátrica. Experto en desarrollo infantil y neurodesarrollo, imparte formaciones, seminarios y conferencias de fisioterapia a nivel internacional. Creador de la Terapia Manual Pediátrica Integrativa (TMPI), Pastor dirige el Instituto de Terapias Integrativas de Zaragoza y es autor, entre otros, de Comételo a besos (2019) y coautor, junto a la óptico-optometrista Lucila To García Miranda y la psicóloga Gloria González Urueña, de El desafío de crecer (2020).

–¿A quién va dirigido El desafío de crecer, a padres primerizos o con más rodaje?

–El libro va dirigido a todo tipo de padres porque tanto los primerizos tienen mucho que aprender como los que tenemos cierta experiencia en crianza a veces no hemos sabido hacer las cosas como nos hubiera gustado. Siempre hay algo que aprender sobre cómo acompañar a nuestros hijos.

–¿Estamos sobreprotegiendo a los niños? ¿Por qué ahora se hace más que antes?

–Estamos sobreprotegiendo a los niños tanto en la parte física como en la emocional. En la parte física a veces restringimos su capacidad para moverse con libertad. Por ejemplo, los protegemos del movimiento, teniéndolos siempre demasiado sujetos o demasiado cerrados en hamacas o sillitas. A nivel emocional los protegemos del esperar, de que las cosas no son siempre y ahora y de la frustración de un no. Los protegemos de cosas que realmente nos forman en la vida, nos construyen. Ahora quizás sobreprotegemos más porque tenemos menos hijos, queremos compensar carencias de cuando éramos pequeños o porque tenemos menos tiempo y no queremos pasarlo discutiendo.

–Haciendo un resumen muy básico, ¿cuáles serían las principales señales de que algo no va bien que normalmente se escapan a los padres?

–Las primeras señales serían la falta de un movimiento variado. Hay varias referencias, como por ejemplo cómo el bebé levanta la cabeza boca abajo a los seis meses, si gatea o se arrastra alrededor de los nueve o si le cuesta ponerse de pie o caminar en torno a los 12 o 14. Otra señal es la dificultad para mantener la atención en un juguete o un cuento; aunque la atención es un proceso que se construye con el tiempo, un bebé de nueve meses ya tendría que poder mantener su atención en un juguete, y hay niños que cambian constantemente de estímulo. Y un último factor de atención sería el miedo al movimiento: niños a los que les cuesta subir a un columpio o un tobogán, saltar desde un escalón, se asustan si son balanceados o se mueven con mucha precaución.

–Muchas familias optaron por prescindir de extraescolares deportivas por la pandemia. ¿Qué les diría?

–Se lo diría yo y se lo diría la Organización Mundial de la Salud. Los niños necesitan movimiento y, además, intenso. Un niño tiene que tener suficientes horas de actividad física y uno de esos ratos tiene que ser muy intenso. No sólo la actividad sino su intensidad es un aspecto fundamental tanto para lo físico como para lo emocional y lo relacional. Si no quieren llevarlo a un lugar donde haya otros niños u otras personas pueden favorecer la actividad física yendo juntos a hacerla.

–El coronavirus nos está haciendo evitar el contacto físico con familiares no convivientes, entre niños... ¿Qué consecuencias podría tener?

–Las personas necesitamos contacto y relacionarnos a través del tacto. Uno de los daños que vamos a ver en el futuro va a ser en nuestros niños, daños colaterales a esta situación de dificultad. Pero no sólo está lo académico, que es lo que tanto nos ha preocupado y que es muy importante, sino que está también lo relacional. Por otro lado, los bebés necesitan mirar la cara de los adultos de una forma muy particular: neurológicamente están preparados para la cara, para la boca y sus movimientos, y el llevar mascarilla puede ser un condicionante para su capacidad de relación. Por eso es importante que los bebés, aunque sea en casa, puedan observar las caras de sus padres, hacer juegos de mímica, de expresividad, para de alguna forma compensar el que no ven las caras de otras personas.

–El 20% de los niños presentan dificultades de atención o de aprendizaje. ¿A qué se debe?

–Existen tres tipos de factores. Por una parte están los que tuvieron lugar en el embarazo, los prenatales, que pueden ser dificultades en la maduración, factores que afectaron a la madre como medicación, tabaco, estrés, alcohol... También están los perinatales, ligados a partos más complicados. Y una parte muy importante en la actualidad son los posnatales, que se dan en niños que no han tenido una suficiente estimulación al inicio de su vida, han tenido un consumo exagerado de pantalla en sus primeros 2 o 3 años o han estado demasiado quietos. Los tres factores se dan en igual proporción en niños con dificultades.

–¿Son las pantallas el gran problema en la infancia de nuestro país?

–Es uno de los problemas porque las pantallas agotan los sistemas de atención. Cada vez hay más literatura sobre cómo el desarrollo cognitivo está muy lastrado por su abuso: la capacidad atencional está en relación directa con el consumo de horas de pantallas (televisión, tablet o videojuegos). También hay otros factores, aspectos educativos, nutricionales... Pero nos hemos movido tan rápido en tecnología que no nos hemos dado cuenta de si los niños estaban preparados neurológicamente para ese exceso.

–¿Estamos tan preocupados de querer la felicidad de nuestros hijos que llegamos a dificultarla?

–Esta obsesión por el bienestar constante, la felicidad y la no frustración dificulta el desarrollo y la adaptación de los niños a las situaciones complicadas que se encontrarán, porque la vida traerá dificultades y no vamos a poder proteger a nuestros hijos de muchas cosas que les van a pasar. La cuestión está en si acompañamos a nuestros hijos a un no tener, a poderse adaptar y a poder encontrar sus propios recursos o los protegemos tanto que no tengan la posibilidad de desarrollar sus propias capacidades.

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