Análisis: 'Obcecado, de error en error'
Pedro Sánchez renuncia con su dimisión a la única ventaja que le quedada sobre Susana Díaz: ser diputado en el Congreso La carrera por recuperar el liderazgo se le hará muy larga
LOS gestos tienen en política un gran valor, a veces mucho más que simbólico, otras completamente estériles. Pedro Sánchez decidió ayer gesticular para reafirmarse en el noesno: renunció a su acta de diputado por Madrid, formalmente, para no participar en la votación en la que Mariano Rajoy fue investido gracias a los 170 votos que lo apoyan desde agosto y 68 abstenciones de sus compañeros socialistas que han seguido la directriz del Comité Federal del PSOE. Cuán insoluble es este gesto está por ver: si se mantiene rocoso, como el propio Sánchez, o se disuelve por efecto del tiempo.
Pero su renuncia, como todo su proceder desde que sufrió la primera de sus dos severas derrotas en las urnas, persigue sólo el interés personal. Se va para poder ir sin cortapisas a las primarias y el congreso extraordinario, temeroso de que le pasase factura votar contra lo estipulado en el máximo órgano del partido, bien porque una suspensión de militancia -aunque fuese temporal- le impidiese ser candidato, bien por el rechazo que produjese en el seno del partido que un ex secretario general se salte la disciplina de voto.
Pedro Sánchez opta por congreso sin Congreso. Pero, en su obcecación, vuelve a cometer un error. El camino elegido, entregar el acta en vez de, por ejemplo, no participar en la votación, supone que renuncie a la única ventaja que le quedaba sobre Susana Díaz en la carrera por recuperar el liderazgo de los socialistas y la secretaría general: ser diputado del Congreso. Ejercer de jefe de la oposición desde el escaño y no sólo a través de los medios.
Este error se suma a otros muchos durante su etapa como líder del PSOE. Esta carrera plagada de equivocaciones empezó por ser desleal con quien le hizo secretario general: quebró el pacto con Susana Díaz de que no optaría a ser el cartel electoral y se mantendría en el liderazgo orgánico. Aunque Díaz también pecase de ingenuidad, ese error le restó una parte vital del apoyo que obtuvo para ganar las primarias. ¿O es que aún piensa que el grueso de los militantes andaluces que le votó lo hizo seducido por sus ideas?
Legitimar a Podemos tras las elecciones municipales y autonómicas de comunidades que accedieron al autogobierno por el artículo 143 de la Constitución -al permitir gobernar a las candidaturas afines al partido morado o apoyarse en ellos para arrebatar bastones de mando al PP- fue otro desacierto.
Tras superar el Comité Federal inmediatamente posterior a las elecciones del 20 de diciembre de 2015, erró cuando no supo darse cuenta de que su mejor opción era seguir de jefe de la oposición con un Gobierno aún más débil que el elegido ayer, al estar apoyado sólo por 123 diputados del PP, si hubiese pactado una abstención conjunta con Ciudadanos en aras de impedir el bloqueo institucional.
Mariano Rajoy le hizo un regalo envenenado que ha marcado todo su devenir desde entonces. La negativa de aquel a aceptar el encargo del rey Felipe VI a presentarse a una investidura con sólo 123 apoyos le hizo creer en el espejismo de que podía llegar de rebote a La Moncloa. Era una tarea imposible y el tiempo y 219 escaños se lo demostraron por dos veces, dándole la oportunidad al PP de reforzarse en las elecciones inmediatas que produjeron el fracaso de su investidura. Rajoy evitó quemarse, porque de haber sido él el rechazado probablemente no habría podido continuar al frente del PP.
Tras la segunda derrota, asiéndose al fallido sorpasso de Podemos y pese a que marcó otro suelo histórico de representación socialista en la Carrera de San Jerónimo, se empecinó en el mismo error. En el noesno que se lo ha llevado por delante, incluyendo el acta y hasta el sustento. Su partido implosionó: una mayoría no estaba dispuesta a que, tras unas indeseables terceras elecciones, el PP de Rajoy saliese aún más reforzado y el PSOE pudiese perder la hegemonía de la izquierda sin garantías de recuperarla en poco tiempo. No le importó dividir el partido hasta abrirlo en canal. Que es como sigue.
Ayer volvió a demostrarlo. Su renuncia sólo intenta ahondar en esa división bajo una premisa falsa: la supuesta entrega al PP. El triunfo de ese relato, al que contribuye entusiasmada la izquierda radical y el independentismo rampante, es su única esperanza de recuperar el liderazgo en un debate tramposo sobre personas y no sobre ideas.
Todo porque su equivocación recurrente es no comprender que ha fracasado al encarnar un nuevo socialismo. Las urnas le rechazan una y otra vez. El penúltimo yerro -vendrán más, seguro- es mostrar su ansiedad por que se convoque de inmediato el congreso extraordinario: la carrera se le hará muy larga.
Primero, porque cuanto más tiempo pase, más difícil será que él mantenga el relato del noesno, de su oposición numantina a Rajoy, una cultura de asambleismo que nunca ha tenido el PSOE. Segundo porque es lo que le interesa a la persona a la que todo el mundo señala como su rival: Susana Díaz. Y tercero y primodial, porque es lo que le conviene al PSOE, que necesita tiempo para construir un nuevo ideario y una nueva imagen y un liderazgo que amalgame ambos y para desplegar políticas alternativas al PP desde una oposición que sí puede cambiar cosas.
Cuanto más tiempo gane la gestora del PSOE para conseguir esos objetivos -aunque depende de que Rajoy no convoque de nuevo a las urnas cuando sea legal (no antes de mayo)- más difícil le será a Pedro Sánchez mantenerse en la pelea. Pero un obcecado como él quizás lo logre.
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