Fundido en negro
Los partidos políticos dejan en suspenso la campaña electoral en Sevilla por el terremoto de Lorca · La vida real se impone por una vez al circo mediático · Un gesto que honra a todos
DECÍA Séneca, el filósofo romano, que cuando más rara es en los reyes la moderación, tanto más hay que alabarla. Siguiendo su docto consejo, declaro: me parece digna de elogio la decisión colegiada de todos los partidos políticos para, tras el trágico terremoto de Lorca, que ha vuelto a demostrar que la rueda del destino gira y se detiene siempre donde le place, dejar en suspenso, al menos durante un día, la campaña electoral a la Alcaldía de Sevilla. El espectáculo, al contrario de lo que suelen sostener los actores de reparto, incluso los que encarnan los papeles principales, no debería continuar. Hay cosas más importantes. La vida real, por ejemplo.
La batalla por la Alcaldía es una pieza teatral irregular, a veces bajo la forma de un gigantesco sainete interminable, donde vienen sucediéndose desde hace ya algunos meses lo peor y lo mejor de la condición humana. Cosas de la política nuestra de cada día. En el primer apartado podría incluirse el cinismo, la falsedad, la mentira y la demagogia, previamente disfrazadas todas ellas de extremada amabilidad y de un sinfín de sonrisas. Diplomacia más falsa que un viejo duro de los antiguos.
En el segundo grupo se encontrarían determinados gestos como éste de mandar detenerse a los trabajadores del circo mediático en el que, más o menos, casi todos vivimos. Desinflar la carpa. Bajar por una vez el telón. Reflexionar en silencio. Guardar un poco de respeto ante el sufrimiento ajeno. Apiadarse de quienes de repente todo lo han perdido. Hoy les toca a ellos sufrir. Mañana, quién sabe, acaso nos suceda a nosotros. ¿Hay mejor mensaje para ganarse la confianza de los ciudadanos que dar ejemplo?
Con independencia de que este tipo de actos siempre estén condicionados por la corriente tan en boga de lo políticamente correcto, cosa que indudablemente ocurre, también vienen a demostrar que por muy escoradas que a veces parezcan las cosas, no hay que perder del todo la esperanza. Porque es en ocasiones como ésta cuando se aprecia, si se tiene la virtud de contemplar la escena con la mirada limpia, que todavía subsiste, enterrada, un mínimo de sensibilidad entre los políticos, a pesar de que su tarea habitual consista en luchar sin cuartel por el poder. Bienvenida sea la excepción aunque acostumbre a ser una fruta tan escasa.
En general, creo que muchos de los ciudadanos que irán a votar dentro de diez días, e incluso aquellos que no piensan hacerlo porque creen (no sin razón) que no hay diferencias sustanciales entre los distintos candidatos, y que en definitiva ninguno de ellos merece la pena, piensan que este tipo de cosas (la coincidencia de los representantes públicos en los asuntos esenciales) debería suceder mucho más a menudo. Sin necesidad de desgracias.
La gente, en general, no persigue los disensos, sino que desea los acuerdos. Y echa de menos que este tipo de pactos, generales, extensivos a todos sin excepción, se diría que intrínsecamente nobles, en lugar de ser una excepción constituyeran la norma por la que se moviera la vida pública.
Dicho de otra manera: que las alianzas políticas no se limitasen sólo a la partidaria tarea de hacerse con un ayuntamiento, con un gobierno autonómico, o con cualquier cosa al precio que fuera. O que no requirieran necesariamente episodios tan luctuosos como los seísmos de Murcia, donde los muertos ya están muertos y los vivos temen por su vida, su futuro o su patrimonio, sino que fueran mucho más habituales. Corrientes. ¿Por qué se prodigan tan poco los políticos a la hora de ponerse de acuerdo? ¿Tan difícil es? ¿Tan complicado les resulta?
La campaña electoral volverá hoy a sus cauces habituales, en cierto sentido nada edificantes. Los socialistas, que apuran el tramo final de esta campaña electoral con la esperanza de conseguir una remontada sobre la situación de partida de las encuestas, que no les son del todo favorables, endurecerán su discurso y apelarán al voto casi de urgencia. Los populares, nerviosos ante la cercanía de un poder virtual que puede esfumarse a última hora, intentarán aguantar el envite y llegar a la Alcaldía, más que por aclamación, por incomparecencia del electorado ajeno.
Izquierda Unida, una de las fuerzas políticas puestas más en cuestión en los últimos meses, llega a las urnas con el objetivo de demostrar que la campaña de acoso emprendida por el PP en los últimos tiempos en contra su candidato no ha conseguido su objetivo: erosionar a sus bases. Los andalucistas, antaño poderosos, se juegan la superviviencia en su intento de regresar a la Plaza Nueva. El resto de minorías (desde UPyD a Los Verdes) sencillamente optan a tener una mínima voz en el Consistorio.
Todos se juegan mucho. Desde su particular punto de vista, la cuestión del 22-M es trascendente. Es lógico. Respetando sin embargo su opinión, lo cierto es que lo que los ciudadanos en general nos jugamos en estas elecciones es sensiblemente menos importante de lo que nos jugamos, a diario, en nuestra vida ordinaria. Sobrevivir a la crisis, pagar la hipoteca, cuidar a los tuyos, permitirte incluso el lujo de poder pensar en el futuro de la próxima semana. Cosas que, cuando uno contempla la fragilidad de la vida, como ha ocurrido en Lorca mientras los edificios que caían mataban a la gente, se antojan bastante más trascendentes que votar. Día de luto. Fundido en negro.
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