La ola naranja rompe lejos de la orilla pero fuerte
cuatro por uno
Rivera intenta acabar con el estancamiento de C's advirtiendo que no apoyará un pacto de perdedores contra el más votado, pero deja vivo el riesgo real de bloqueo institucional.
EL día que comenzamos este seguimiento diario a los cuatro candidatos principales de esta campaña bajo el escrutinio de una misma mirada, dos días antes del inicio oficial de la campaña electoral, decíamos que Albert Rivera llegaba surfeando en lo alto de la ola y con el objetivo factible de gobernar España si conseguía situar a Ciudadanos como segunda fuerza política de España. Diecisiete días después, y aunque las sensaciones han cambiado, el hiperlíder de la marea naranja tendrá un papel determinante en la gobernación de la nación a tenor de lo que auguran las encuestas.
La fulgurante estrella de Rivera parece haber quedado algo eclipsada durante la campaña: ya no se le ve quedando segundo, ni con posibilidades ciertas de ser elegido por el Rey como candidato a la Presidencia de Gobierno, de acuerdo al papel que la Constitución otorga al Jefe del Estado después de unas votaciones a Cortes Generales. La ola de Rivera, como algunas en el mar, rompió lejos de la orilla. Pero sin perder gran parte de su impulso. De hecho, casi todos los sondeos otorgan una representación en torno a los 40 escaños, lo que es un éxito arrollador para un partido que se presenta por primera vez al Congreso de los Diputados, excluyendo, claro, aquel 1977 en el que los españoles reestrenaron la democracia y la libertad. Baste recordar que Adolfo Suárez, cuando creó el CDS, obtuvo sólo dos diputados en 1982. Y el máximo al que llegó fue 19 en 1986. O que UPyD, ya en este siglo, sólo logró un escaño en su estreno en 2008, el de su entonces líder Rosa Díez, con un máximo de 5 en 2011. Pero pese a ese éxito rotundo, se quedaría muy lejos de ser el segundo partido político de España. Incluso los sondeos de los últimos días le auguran la cuarta posición, porque sería superado por Podemos y Pablo Iglesias, su gran rival.
¿Qué ha ocurrido para que cambien tanto las expectativas? Pues sencillamente que al esprintar ha dejado de lado los dos conceptos que le han encumbrado: utilidad y centralidad. La obstinación en la ambigüedad respecto a qué piensa hacer con el poder electoral que le entreguen los españoles en las urnas parece haber topado su potencialidad. La confusión que ha generado respecto a cómo utilizará la llave de la gobernabilidad, que seguiría teniendo según los sondeos, le ha restado capacidad de seducción. A eso unimos un error grave respecto a sus propuestas para reformar la Ley de Violencia de Género (que debería llamarse machista o sexista, pues en español sólo las palabras tienen género) y dos debates televisivos en los que otros candidatos le superaron. Ayer intentó enmendar en parte la indefinición que transmite. En Barcelona, en un foro público, aclaró que Ciudadanos no apoyará un pacto de perdedores contra la primera fuerza en votos y escaños. Esta novedad ciega el camino a un gobierno como el de Portugal, salvo que las urnas deparen un resultado muy distinto al previsto al sumar las fuerzas de PSOE, Podemos y la izquierda minoritaria. Pero, fundamentalmente, de ahí puede deducirse una predisposición a abstenerse en un debate de investidura de Mariano Rajoy. ¿Es suficiente? Nos tememos que no. Porque su negativa a votar afirmativamente a Rajoy o a Pedro Sánchez y su advertencia de que no votará a un Gobierno en el que esté Podemos puede llevar al bloqueo institucional si el apoyo del PP, como parece, es inferior a la suma de la izquierda. Ya le ocurrió en Andalucía, cuando los 47 diputados de Susana Díaz eran superados por los 48 que suman PP y Podemos. En ese caso terminó optando por dar el sí. Veremos ahora.
Última llamada con oferta de seguridad
Mariano Rajoy finalizó la campaña con la que espera ser reelegido presidente del Gobierno. Lo ha hecho bien, sin cometer grandes errores, ni mermar la condición de favorito con la que partía. Otra cosa es cuantificar su previsible victoria. Hasta el domingo a las once de la noche no sabremos cuál es el equilibrio de fuerzas exacto que determinen las urnas. El riesgo de ganar y no gobernar sigue presente. Por eso ayer Rajoy hizo una última llamada a votantes que bien quieren que España continúe por la senda de recuperación iniciada en esta legislatura, bien rechazan un pacto multicolor que traiga "ruina" frente a la seguridad que ofrece, sostiene, el PP. Con parte de la agenda en Bruselas, Rajoy brindó su apoyo a David Cameron para lograr un acuerdo que permita al Reino Unido seguir en la UE. Y es que espera que las urnas le traten tan bien como al británico.
Convencidos de ser la verdadera alternativa
Podemos llegaba a la campaña situado en cuarto lugar según la encuesta del CIS y la termina al borde del sorpasso. Pero las sensaciones no dan escaños, sino los votos. Por eso ayer el partido morado dejó claro que la pelea es ya entre [Mariano] "Rajoy y Pablo" [Iglesias]. Ahí radica el último esfuerzo, en convencer que la única alternativa real a la derecha es que el líder de Podemos se pueda someter a una votación de investidura en el Congreso. Su moderación en los mensajes y su enfasis permanente en los derechos sociales le han funcionado, seduciendo a muchos socialistas convencidos pero desencantados del PSOE. Iglesias, independientemente del fondo de sus propuestas, ha hecho la mejor campaña y eso se refleja en los sondeos: es quien más ha mejorado en los quince días en los que está permitido pedir el voto.
Desgañitándose para atraer voto útil
Es el único eje que ha seguido en esta campaña. Pedro Sánchez lo ha fiado todo al voto útil. Desde el primer día hasta el último. Acostumbra el candidato socialista a gritar mucho en los mítines. De manera exagerada. No ha logrado enfervorizar a sus huestes sin que parezca que está riñendo. Ayer se desgañitaba de nuevo reclamando que sólo el PSOE puede desalojar al PP. Aunque fuese cierto y Podemos no le superase, le ha faltado proyecto. Su campaña sólo se ha basado en el ya citado voto útil, y en anunciar una derogación masiva de todo lo reformado por el PP, algo inviable porque algunas forman parte del memorándum firmado con la UE. Nos veríamos casi como Grecia. Ayer pidió optar por "tarjeta roja" a Mariano Rajoy, quizás pensando que no sea eso lo que le muestre su Comité Federal.
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