La última bala del PSC
Miquel Iceta (Barcelona, 1960) es un clásico del PSC y también un superviviente. Tuvo protagonismo en el tripartito de Maragall y no fue menos en el de Montilla. Dialogante, moderado y extremadamente amable, su facilidad para tender puentes le ha granjeado el respeto de compañeros y rivales. Ex portavoz en el Parlament, también trabajó con Narcís Serra a escala estatal. Hoy es el único candidato a liderar el socialismo catalán, al borde del KO técnico, engullido por la marea independentista y los complejos actuales de quienes siempre han creído en el encaje de Cataluña en el todo hispano.
De ascendencia vasca y homosexual, Iceta cuenta con el apoyo incondicional del aparato, de ilustres en retirada (además de Montilla, Pere Navarro y el histórico Raimon Obiols) y de la ex ministra de Defensa Carme Chacón. Su lema es mucho más simple -toca arremangarse- que su misión: resucitar al partido que llegó a ganarle unas elecciones (en número de votos) a la todopoderosa CiU, situarlo en el mapa con un discurso atractivo para el votante no secesionista y transmitir la renovación política que hoy monopoliza Podemos desde la izquierda.
Como tantos otros, Iceta es un animal político, pero de la masa le distingue un afilada capacidad interpretativa, la empatía de colocarse en el lugar del otro (aunque se trate de un antagónico) y el rechazo al pesimismo. Es un hombre honesto y trabajador cuya principal costra tal vez sea carecer del encanto mediático de un aspirante más joven o sencillamente menos trillado.
Su mochila está repleta de souvenirs del PSC más rutilante, aquel que a lomos de Maragall supo reinventar Barcelona, tender puentes al resto de la familia socialista española y plantar cara (sin temblores) al nacionalismo hegemónico y devorador. Iceta carece de la maestría en las distancias largas del ex president sin dejar por ello de conquistar en los espacios cortos. Mucho mejor preparado que Montilla, conoce el partido al dedillo, entiende el reto al que se enfrenta y está dispuesto a intentarlo. No es poco visto el devastado barrio en el que vive el PSC, apesadumbrado por sus divisiones orgánicas y a tiro de piedra de la intrascendencia incluso en los feudos que siempre fueron suyos.
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