Dos guardas jurados convertidos en héroes

Casos para la historia

Capturaron en Pedrera a dos presidiarios que asesinaron a dos guardias civiles y huyeron diez días por el monte

El gobernador civil y el alcalde de Pedrera (sentados) entregan su recompensa a los guardas jurados Fernández y Llopis
El gobernador civil y el alcalde de Pedrera (sentados) recompensan a los guardas jurados Fernández Llopis y Vergel / Hemeroteca Nacional
Amanda Glez. De Aledo

07 de diciembre 2020 - 05:00

El 23 de octubre de 1908, tres presos que eran conducidos en tren desde Sevilla al penal de El Puerto de Santa María asesinaron a los dos guardias civiles que los custodiaban. Luego saltaron del tren en marcha y durante diez días mantuvieron en vilo a las comarcas del Bajo Guadalquivir y la Sierra de Cádiz, robaron caballos y armas, protagonizaron huidas al galope y se tirotearon con algunos de los 300 guardias civiles que se movilizaron para su captura.

Finalmente fueron detenidos por dos guardas jurados de Pedrera que se convirtieron en héroes y recibieron una recompensa de 2.000 pesetas cada uno.

Los reclusos Juan Martínez Barragan (24 años), alias Cojo de Bailén, Laureano Conejero Cano (27 años), conocido como Conejero, y Juan Gómez Rivera (23 años), alias El Herrero de Utrera, habían sido condenados a nueve años de cárcel en Sevilla y eran trasladados en tren a Jerez para ingresar en el penal de El Puerto.

A la altura de El Cuervo, los guardias civiles les cambiaron los grilletes de las manos a los pies para que almorzasen y en ese momento los presos se apoderaron de su machete y les agredieron a puñaladas y golpes delante del resto de los aterrorizados viajeros. Luego tomaron sus fusiles Mauser y saltaron del tren en marcha.

Entre los viajeros no había ningún médico y los guardias civiles no fueron atendidos hasta que el tren llegó a Jerez. Jerónimo Ramírez Morón, de 30 años, falleció ese mismo día y Antonio Rodríguez Márquez, de 50 años, lo hizo cuatro días después.

En El Cuervo los malhechores robaron unos caballos que les permitieron moverse con rapidez y el 26 de noviembre mantuvieron un tiroteo con cuatro guardias civiles. En su huida asaltaron tres fincas, donde robaron dinero, carabinas, comida y ropa limpia. Hubo rumores de que habían matado a una mujer de una paliza, lo que elevó el pánico entre la población rural. Al parecer también llegaron a entrar en Aguadulce y Pedrera para comprar pan, con la particularidad de que Conejero vestía traje de presidiario.

Dos días después del asesinato se separaron: el Cojo de Bailén y Conejero vagaron durante diez días por las provincias de Sevilla y Cádiz, mientras que el Herrero no fue detenido hasta dos meses después, el 20 de diciembre, en San Vincent del Raspeig (Alicante). En sus declaraciones se culparon mutuamente como autores materiales de los asesinatos.

Las autoridades movilizaron a 300 guardias civiles y repartieron fotos de los fugados entre los alcaldes, peones camineros y guardas jurados, cuerpo que en aquellos tiempos estaba bajo la autoridad de los alcaldes.

El 2 de noviembre, dos de esos guardas jurados, Isidoro Fernández Llopis y José Vergel, fueron alertados por los jornaleros que trabajaban en un olivar de Pedrera, a quienes los fugados habían pedido agua, y los sorprendieron y detuvieron en la choza donde se habían tumbado a descansar.

Cuentan las crónicas de la época que lo primero que pidieron los fugados fue comida después de diez días en los que habían dormido en cuevas y apenas habían comido. Estaban andrajosos y parece ser que devoraron el primer pan con chorizo que les dieron.

En su traslado a Sevilla, las multitudes se agolpaban en todas las estaciones donde paraba el tren y la Guardia Civil se veía obligada a intervenir para mantener el orden, hasta el punto de que en algunas estaciones ni siquiera pudieron subir agua a los vagones. En Sevilla, un millar de personas rodearon la comitiva que trasladó a los detenidos hasta la cárcel.

Consejo de guerra y ejecución inmediata

El panorama para los fugados, que habían resucitado el fantasma del bandolerismo, no se presentaba nada halagüeño: la prensa destacaba que siete guardias civiles habían sido asesinados en Andalucía en el último año y que todos los condenados a muerte habían sido indultados por regia prerrogativa.

A ello se unían los antecedentes de los detenidos: en 1884, un tío de Conejero, hermano de su padre, había asesinado y robado a un hombre en Marchena y había sido ajusticiado en la plaza del ayuntamiento.

El Consejo de Guerra contra los dos detenidos comenzó el 25 de noviembre. Fueron sentenciados a muerte por garrote pese a su alegato de que el autor material de los asesinatos fue su compinche fugado.

La ejecución se llevó a cabo el 22 de diciembre pese a que dos días antes había sido detenido en Alicante el Herrero de Utrera. El 24 de diciembre fue trasladado a Sevilla a la espera del Consejo de Guerra, que tendría lugar el 23 de enero de 1909. Al igual que los otros dos detenidos, fue condenado a la pena de muerte y ejecutado el 3 de febrero.

Hombres buenos para mantener la concordia en el campo

Los guardas jurados eran unos agentes de la autoridad, dependientes de los alcaldes, que estaban encargados de vigilar las áreas rurales, fincas y sembrados.

Con reputación de hombres buenos, mediaban en los conflictos vecinales y todos debían llevar el mismo uniforme con bandolera de cuero ancha y placa con el nombre del municipio.

La prensa de la época insinuó que los bandidos se habían entregado al verse extenuados y acorralados, pero Isidoro Fernández Llopis y José Vergel fueron tratados como héroes y el gobierno les entregó una recompensa de 2.000 pesetas a cada uno. A su vez, ellos donaron una parte a las familias de los guardias civiles asesinados.

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