Elecciones en el Colegio de Abogados de Sevilla

Revuelo en la sala de togas

José Joaquín Gallardo en una audiencia con el Rey Felipe VI. José Joaquín Gallardo en una audiencia con el Rey Felipe VI.

José Joaquín Gallardo en una audiencia con el Rey Felipe VI.

El 24 de enero de 1995 era todavía alcalde el andalucista Alejandro Rojas-Marcos. En mayo fue sustituido por Soledad Becerril.

En la Junta de Andalucía mandaba Manuel Chaves tras haber superado aquella campaña que lo presentó como un candidato a palos, forzado por Felipe González a dejar Madrid para asumir la aventura andaluza. Sevilla no tenía Metro, los primeros teléfonos móviles eran escasos y de gran tamaño (más bien portátiles), los autobuses de Tussam eran naranjas y todavía no se habían inaugurado las líneas circulares que comunicarían con fluidez la Isla de la Cartuja con el resto de la ciudad.

La ciudad seguía en su particular depresión posterior a la Exposición Universal, distraída quizás con el sonajero de los Juegos Olímpicos agitado con habilidad por Rojas-Marcos. Aquel día de enero tomó posesión como decano del colegio de abogados un letrado de 39 años, el decano más joven de la institución: José Joaquín Gallardo.

Desde entonces, durante 24 años, ha sido protagonista habitual de todo tipo de debates y actos en la ciudad. Ha generado simpatías, afectos y el apoyo masivo de sus compañeros. El Colegio de Abogados es quizás, junto al de Médicos, el que mayor proyección tiene en la vida de una ciudad que roza los 700.000 habitantes y que casi alcanza los dos millones si se tienen en cuenta los pueblos de la provincia.

El revuelo en la sala de togas ha comenzado cuando Gallardo ha decidido –esta vez sí– dejar el cargo tras cinco mandatos consecutivos después de haber ganado los comicios de 1995, 2000, 2007, 2011 y 2015.

El actual vicedecano, Óscar Cisneros. El actual vicedecano, Óscar Cisneros.

El actual vicedecano, Óscar Cisneros. / Victoria Ramírez

El delfín de Gallardo quiere, por fin, acceder al decanato. Óscar Cisneros, que ejerce la abogacía desde 1988, ya estuvo a punto de serlo en los comicios de 2015, pero Gallardo decidió continuar a última hora. Algunos apuntaron que Cisneros apareció entonces como un Santi León de la Real Maestranza, porque León tuvo que ceder el turno –digámoslo así– y esperar varios años antes de ser teniente.

Cisneros ha esperado, como esperó Santi, pero, a diferencia del caballero maestrante, no tiene garantizada la sucesión. Y no la tiene porque el veterano penalista Francisco Baena Bocanegra (Coín, Málaga, 1942) ha dado la sorpresa al anunciar que se presenta a las elecciones. Nadie esperaba el paso al frente de este gigante de la abogacía, hiperactivo y con una trayectoria marcada por su intervención en casos de fuerte proyección nacional.

Baena quiere ser decano después de 50 años de ejercicio de la profesión, cosa que ha extrañado a muchos de sus compañeros. Sus primeras declaraciones han sido para censurar indirectamente que el decano saliente haya estado 24 años en el cargo y para anunciar que tiene el apoyo de “despachos de peso”.

Nadie duda de que los períodos prolongados en un sillón conducen a la relajación, a inercias improductivas y a detalles a veces frívolos, como la concesión de determinadas distinciones. Bocanegra promete no estar más de dos mandatos. Se desmarca así del estilo de gobierno de Gallardo y, por supuesto, de Cisneros, que representaría la continuidad.

El veterano Francisco Baena Bocanegra. El veterano Francisco Baena Bocanegra.

El veterano Francisco Baena Bocanegra. / José Ángel García

A su favor tiene un prestigio fuera de duda, el reconocimiento de ser un letrado que está al día de las nuevas leyes y que sigue dedicando horas al estudio. Tal vez hubiera debido evitar la alusión a los “despachos de peso”, pues el decano lo es de los letrados en particular, no de los bufetes de renombre.

Cisneros tiene a su favor ser muy conocido en el gremio por sus años como responsable de la comisión de honorarios. Quién no se ha tenido que poner en contacto con él para asuntos de minutas.

El próximo decano deberá emplearse endefender el colectivo como tal más que apostar por la notoriedad social. Los letrados no pocas veces se sienten poco respetados por los jueces y no faltan quienes demandan que sea el colegio el que intervenga en su nombre. El Colegio de Abogados no estaría tanto para organizar conferencias, cursos de formación y otros actos paralelos a su objeto social, como sí para velar por los intereses de sus colegiados ante todo tipo de abusos en sus actuaciones en los tribunales de justicia.

Pero como en todo colectivo con fuerte penetración en la vida de la ciudad, nadie duda de que el decano del colegio de abogados tiene un brillo social que puede eclipsar cualquier tarea. La abogacía está presente de una u otra forma en empresas, clubes, hermandades, partidos políticos, sindicatos, aristocracia… La abogacía vertebra la sociedad local con fuerza.

Por eso el de decano se trata de un cargo bastante apetecible. No hay que olvidar que el decano puede negociar o renegociar seguros, pólizas sanitarias y otros contratos de elevada cuantía económica por interesar a un cuerpo próximo a los diez mil colegiados. ¿Qué empresa no estaría dispuesta a prestar sus servicios a un colectivo tan numeroso?

Eldecano tiene también en su poder el control de muchos procesos sometidos al arbitraje. En definitiva, tiene facultad para dar. Y eso es una forma de poder muy atractiva. Tampoco se olviden las relaciones exteriores, pues sólo por ser decano se asegura un puesto en el Consejo Andaluz de la Abogacía y en el Consejo General de la Abogacía Española.

El nuevo decano debería no sólo tener claro el objetivo principal de la institución, sino promover una regulación mucho más sencilla del voto por correo para fomentar la participación de los colegiados en los procesos electorales.

José Joaquín Gallardo en una audiencia con el Rey Juan Carlos I. José Joaquín Gallardo en una audiencia con el Rey Juan Carlos I.

José Joaquín Gallardo en una audiencia con el Rey Juan Carlos I.

El acceso a internet es hoy generalizado en todos los despachos, cuando en 1995 era minoritario, si acaso un recuerdo de aquella experiencia vivida de forma privilegiada en algún pabellón de la Expo. Entonces la conexión se iba al traste si el aparato se recalentaba. Hoy todo se desarrolla en alta velocidad.

Los autobuses son rojos. Hemos conocido cuatro alcaldes desde aquella jornada en la que el joven Gallardo se introdujo para siempre en la vida de la ciudad, con una proximidad a los colegiados en entierros y enfermedades. Hoy hace falta una voz tronante que exiga la verdad sobre la Ciudad de la Justicia, como se precisa para otros asuntos como la Ley de Tasas.

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