Afganistán ante el final de la intervención extranjera

Vistas de Kabul desde la colina Asmaeey. / EFE

05 de marzo 2013 - 16:06

Douglas McClure

En 2012 la guerra de Afganistán completó su undécimo año con un frenesí de actividad diplomática. Ahora, aunque el fin de la ocupación está previsto para 2014, hay serias dudas sobre el futuro del país. La guerra comenzó en 2001, dos meses después de los ataques del 11 de septiembre, con una campaña militar dirigida por EE.UU. y el Reino Unido, y con participación de la OTAN a partir de diciembre. Los talibanes, un movimiento político fundamentalista islámico que había gobernado Afganistán desde 1996, fueron derrocados rápidamente, pero siguieron activos en las zonas rurales.

En junio de 2011, un mes después de que las fuerzas especiales de EE.UU. mataran a Osama bin Laden en Pakistán, Obama declaró que su país había alcanzado en gran medida sus objetivos, y anunció un plan para retirar las tropas en 2014. A partir de febrero de 2012, una serie de incidentes -incluyendo acusaciones de que un sargento estadounidense mató a 17 civiles afganos y que soldados norteamericanos habían quemado copias del Corán- aumentaron la ira hacia Estado Unidos.

A finales de 2012 buena parte de los 68.000 soldados estadounidenses en Afganistán se dedicaban a formar al ejército afgano, pues, si bien algunos funcionarios afganos creen que sus militares están preparados para asumir la seguridad del país, ésa no es una opinión mayoritaria. Así, por ejemplo, el centro de estudios Grupo Internacional de Crisis (ICG) publicó un informe el pasado mes de octubre en el que se afirmaba que la policía y ejército afganos no estaban preparados para responsabilizarse de la seguridad del país.

A la vista de los hechos de los últimos años, muchos norteamericanos se preguntan cuál es el balance de once años de ocupación de Afganistán y en qué dirección se puede esperar que evolucione a partir de ahora. Hay mucho que lamentar. Han muerto más de 2.000 soldados norteamericanos, 1.000 soldados de otros países -entre ellos 100 españoles- y 10.000 miembros de las fuerzas de seguridad afganas. Se calcula el número de bajas civiles en unos 20.000 (la inmensa mayoría de éstas fueron víctimas de los insurgentes, según la ONU). La guerra ha costado a EE.UU. 1,4 billones de dólares (y a España 3.500 millones de euros). La reconstrucción de Afganistán ya ha costado más de 100.000 millones de dólares, y queda mucho por hacer. Y como es de esperar, hay un enorme y creciente resentimiento entre los afganos contra la tropas extranjeras.

Sin embargo, se pueden contabilizar algunos avances durante la ocupación. El país se ha urbanizado, lo cual debilita las afiliaciones étnicas y tribales y ayuda a las mujeres a acceder al trabajo y a los estudios. En 2002, había sólo 900.000 alumnos en las escuelas primarias, y casi todos eran varones. Ahora hay 8 millones de alumnos, de los cuales casi la tercera parte son niñas. Las matrículas universitarias han aumentado de 8.000 en 2001 a 77.000 en 2011, y un 20 por ciento de los alumnos universitarios son mujeres. Las mujeres también han avanzado en otros terrenos. Tienen ahora un 27% de los escaños en el parlamento, tres miembros del Gabinete y 120 puestos judiciales.

Por otra parte, se han producido progresos en infraestructura y tecnología. Así, el número de personas con acceso a electricidad se ha triplicado; más de 20 millones de personas tiene acceso a teléfonos móviles, comparado con cero hace una década; y más de 300.000 niños afganos están en Facebook. El acceso a los servicios básicos de salud ha aumentado del 9 por ciento en 2001 a más del 60 por ciento en 2012, mientras que la esperanza de vida ha aumentado de 44 a 60 años durante la última década, la tasa de mortalidad maternal ha bajado un 80 por ciento y la tasa de mortalidad infantil ha bajado un 44 por ciento.

Todo este progreso es por supuesto muy frágil, pues unos pocos meses de caos podrían deshacerlo todo. Y ahí está la preocupación. 2013 va a ser un año de transición complejo, pues en 2014 se celebrarán elecciones presidenciales y finalizarán las operaciones de combate de EE.UU. y la OTAN.

Las elecciones son preocupantes. El ICG, en su informe de octubre de 2012, pronosticaba que las elecciones de 2014 estarán plagadas de fraude. El presidente actual, Hamid Karzai, no puede volver a presentarse, pero es posible que influya para que se elija a su hermano Mahmoud, un personaje asociado a casos de corrupción.

Otra preocupación son las milicias, por ahora nominalmente aliadas al gobierno afgano. Fue necesaria su colaboración para echar a los talibanes, pero en muchos lugares son más poderosos que las fuerzas del gobierno. Una lucha devastadora entre las múltiples facciones étnicas y políticas es posible. Hay poca confianza en la capacidad del ejército afgano para mantener el orden, pero por lo menos los soldados extranjeros estarán a su lado, apoyándolo y entrenándolo durante muchos años, y el dinero estadounidenses seguirá manteniéndolo.

Esperemos que la retirada de las tropas de la OTAN no tenga el mismo efecto que la retirada soviética en la década de los noventa, pues en cuanto los soviéticos abandonaron el país, bandas de milicias se apoderaron de Afganistán. Fue un período de caos, abriendo la puerta para que los talibanes tomaran el poder y empezaran a decretar su propia forma brutal de justicia.

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