Primavera árabe

Primavera árabe

19 de abril 2012 - 10:30

Fátima Sigüenza

TÚNEZ, la chispa de la revolución. El acto de desesperación de un joven vendedor ambulante, Mohamed Buazizi, que se inmoló después de que la Policía le confiscara su carro de frutas y verduras, fue la mecha que el 17 de diciembre de 2010 prendió fuego en Túnez y luego se propagó por los países de la región.

Buazizi se convirtió en el símbolo para los pueblos árabes humillados durante décadas por regímenes dictatoriales y que se decidieron a recuperar la dignidad.

El islamismo político se impuso en las primeras elecciones democráticas celebradas el 23 de octubre en Túnez tras el levantamiento popular que derrocó al presidente Zine el Abidine ben Ali el 14 de enero y que se convirtió en el epicentro de la Primavera Árabe.

Reprimido durante décadas y considerado organización terrorista por el antiguo régimen, el partido islámico conservador del Movimiento Al Nahda superó todas las expectativas. Se impuso por el doble de lo que vaticinaban las encuestas, con un 41,6% de los votos y su número dos, Hamadi Yabali, fue llamado a dirigir el Gobierno que debe conducir al país a través de la transición.

En diciembre, con la aprobación de una miniconstitución de 26 artículos para la organización de los poderes públicos se rompió con el presidencialismo anterior. A partir de ahora, el presidente del Consejo de Ministros es quien crea anula y regula los ministerios, las secretarias de Estado y las empresas públicas.

Pero la precaria situación económica, uno de los detonantes de la rebelión, continúa vigente. Las manifestaciones de descontento en el centro del país, donde no han visto que la transición se haya traducido en mejoras en su nivel de vida o en su situación laboral continúan y los conflictos sociales se han multiplicado.

La cuenca minera de la región de Gafsa terminó el año casi igual que lo empezó, bajo toque de queda y con todas las empresas y fábricas totalmente paralizadas a causa de las protestas que miles de parados llevan a cabo en las estaciones de trenes y autobuses y en las puertas de las fábricas y los organismos estatales.

A esta profunda fractura social, heredada del antiguo régimen, se sumó otro nuevo elemento de desasosiego social: el cada vez mayor acoso de sectores del extremismo islámico a la vida universitaria, cultural y religiosa del país. Unas 250 mezquitas, de un total de 5.000, están controladas por rigoristas, mientras se hace cada vez más evidente el aumento del número de mujeres que optan por cubrirse totalmente el rostro con el niqab, influidas por las enseñanzas irradiadas desde Arabia Saudí.

EGIPTO, la caída del último faraón. Fugaz fue la Revolución del 25 de enero en Egipto que, siguiendo la estela de Túnez, consiguió en 18 días acabar con tres décadas de mandato del último faraón, el ex presidente Hosni Mubarak, en una rebelión que dejó casi un millar de "mártires".

Pero la euforia dio paso a la incertidumbre en Egipto, con una Junta Militar remisa a soltar las riendas, una titubeante democracia que parece encumbrar a los islamistas, un proceso lento hasta la exasperación y numerosos capítulos de violencia que erosionan la moral del país.

Con 30 palabras, el entonces vicepresidente Omar Suleiman ventiló 30 años de autoritarismo y frustración. "El presidente Mohamed Hosni Mubarak ha decidido renunciar al cargo de presidente de la República y ha encargado al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas administrar los asuntos del país".

Un escalofrío recorrió ese 11 de febrero la espalda de los egipcios, que no hubieran imaginado tres semanas antes que la fuerza del pueblo, combinada con la presión de los militares, iba a lograr derribar un régimen aparentemente granítico.

La protesta que un grupo de jóvenes convocó a través de las redes sociales para el 25 de enero contó con un apoyo impensable desde el primer momento. Tres días más tarde, cientos de miles de personas en la plaza Tahrir de El Cairo y en las principales ciudades del país se unieron a un grito que unió a todas las voces: "¡Vete!".

Otra escena que forma parte del patrimonio de la Primavera Árabe es la de Mubarak en camilla, entre rejas como un delincuente, juzgado por su pueblo por sus desmanes y por la muerte de casi mil personas.

Pero librarse del viejo faraón no era el final del camino, como comprobaron los egipcios, incapaces de definir un camino claro hacia la democracia, una vez que la exigencia que los mantenía cohesionados se hizo realidad.

Pese a que los jóvenes han vuelto a salir a Tahrir para reclamar a la Junta Militar que deje el poder, los generales encabezados por Husein Tantaui dejaron claro que no piensan marcharse hasta las presidenciales de 2012.

En varios momentos la transición pareció a punto de descarrilar, como tras la masacre de Maspero en octubre, cuando 25 personas, en su mayoría cristianos coptos, murieron a manos de los militares en una protesta contra la quema de una iglesia en el sur de Egipto.

Incluso el renovado desafío de Tahrir a la autoridad castrense en noviembre, con unos enfrentamientos que acabaron con 38 muertos, hizo pensar por momentos que también caería la Junta Militar.

Sin embargo, las elecciones legislativas se desarrollan dentro de unos estándares democráticos aceptables, pese a un sinfín de irregularidades. La celebración desde diciembre de unos complejos comicios que acabarán en marzo de 2012 es el primer paso de la transición, que debe finalizar con la transferencia del poder a un presidente civil elegido antes de junio de 2012.

LIBIA, la rebelión que acabó con el excéntrico Gadafi. Tras ocho meses de guerra y miles de víctimas, la rebelión libia logró doblegar a las fuerzas del coronel Muamar el Gadafi, quien defendió hasta su muerte un régimen personalista, mientras las nuevas autoridades intentan reconstruir el país.

Las protestas estallaron en Libia el 15 de febrero. No obstante, a diferencia de Túnez y Egipto, los libios se toparon con la brutal represión de un régimen que se negó a dar su brazo a torcer. Todo en Libia, y especialmente las fuerzas de seguridad encarnadas en las temidas kataib (brigadas), se identificaba con Gadafi y sus 42 años de dictadura.

Varios responsables abandonaron a su suerte al coronel y se unieron a los rebeldes, como Mustafa Abdelyail, que pasó de ministro de Justicia a máximo dirigente del Consejo Nacional Transitorio (CNT).

Así, la muerte de Gadafi y su hijo Mutasim, el 20 de octubre, y la detención, un mes después, de su sucesor Saif al Islam, despejó el camino a la difícil reconstrucción de un país huérfano de instituciones. Una orfandad a la que se sumaron las disputas entre milicianos y políticos, entre laicos y religiosos, entre las tribus más influyentes y entre ciudades que compiten por un mayor protagonismo.

A pesar de las dificultades, el CNT continúa apegado al "anuncio constituciona"l que difundió en agosto, una hoja de ruta donde se marcan los hitos de la transición. Según esta agenda, que subraya el carácter islámico y democrático del Estado, el Gobierno deberá organizar en 2012 elecciones a un Consejo Nacional General que sustituya al CNT y redacte una Constitución para que 2013 sea testigo de las primeras elecciones a un Parlamento permanente y democrático, cuya legitimación se levantará sobre la Revolución del 17 de febrero, que realmente comenzó dos días antes.

Y es que un grupo de activistas alentados por la buena marcha de la primavera árabe convocó en febrero una protesta para ese día y tras una serie de conflictos y detenciones, la situación desembocó en un levantamiento armado que hubiera estado abocado al fracaso de no ser por la intervención de la OTAN, el 19 de marzo.

A partir de ese momento, comenzó un lento pero inexorable repliegue de las tropas gadafistas.

Gadafi se negaba a abandonar el poder, y cuanto más se estrechaba el cerco, más delirantes se volvían sus discursos, en los que calificaba a los rebeldes de ratas o agentes de los cruzados.

La fulgurante toma de Trípoli, el 20 de agosto, fue el principio de un epílogo que se prolongaría dos meses, hasta que el 20 de octubre, tras varias semanas de asedio y combates, cedía el último barrio de la última localidad en la que resistían los últimos hombres de Gadafi, Sirte, su ciudad natal.

SIRIA, una revuelta reprimida con el puño de hierro de Al Asad. Frente al triunfo de los levantamientos en Túnez, Egipto y Libia, Siria, potencia regional, abrió la caja de los truenos en marzo con una rebelión que la mantiene al borde de la guerra civil.

A diferencia de su homólogo egipcio, el presidente sirio, Bashar al Asad, cuenta con el apoyo del Ejército para aplastar una revuelta que en diciembre llevaba más de 4.000 víctimas y que es narrada por los activistas de la oposición debido al férreo control que el régimen ejerce sobre los periodistas. Al Asad respondió con puño de hierro a los miles de manifestantes que reclaman su dimisión en las calles y no se doblegó ante la presión internacional.

Los aires de la Primavera Árabe llegaron a Siria con ligero retraso, a los dos meses de la caída del tunecino Ben Ali.

Durante nueve meses, las manifestaciones fueron multitudinarias en distintas zonas del país, con especial repercusión en las provincias centrales de Homs y Hama, en la septentrional de Idleb y en la meridional de Deraa. Sin embargo, el rechazo a Al Asad, en el poder desde el año 2000, no logró calar en Damasco y Alepo, la segunda ciudad del país, donde la burguesía y las clases medias se muestran fieles a un régimen que les ha proporcionado un buen desarrollo económico.

La violencia, que en un principio era unidireccional y forzó la huida a Turquía y el Líbano de miles de refugiados, se extendió a otros frentes con la deserción de varios miles de militares. Éstos, organizados en el denominado Ejército Sirio Libre (ESL), protagonizaron combates frecuentes con las tropas regulares y los shabiha (matones del régimen), sobre todo en Homs e Idleb, donde se han hecho fuertes.

Desde su formación en agosto, el Consejo Nacional Sirio (CNS) aspira a ser reconocido como el representante legítimo del pueblo sirio e instó a la Liga Árabe y otros países a ejercer una mayor presión contra Damasco. La organización panárabe dio innumerables ultimátum al régimen para cumplir con el plan acordado para detener la violencia, hasta que en noviembre suspendió a Siria como miembro y le impuso sanciones económicas, junto a las de la Unión Europea, Esados Unidos y Turquía.

De momento, el Consejo de Seguridad de la ONU no ha sido capaz de tomar una resolución firme contra Siria por la represión y la violencia contra los civiles debido al veto de Rusia y China.

Ajeno a los debates internacionales, Al Asad acusa un día a una conspiración internacional y a grupos terroristas de estar detrás de las protestas, y otro día promete reformas políticas y el cumplimiento de la iniciativa árabe para salir de la crisis.

La religión juega también un papel importante en un país donde la mayoría de la población es suní, pero los gobernantes son alauíes (una rama del chiísmo) y hay minorías cristianas y drusas.

YEMEN, ante una posible solución negociada. Yemen, el país más pobre de la Península Arábiga, se halla inmerso en una crisis desde el 27 de enero, cuando comenzaron las protestas.

Con un movimiento secesionista y la presencia de Al Qaeda en el sur, una rebelión chií en el norte y las manifestaciones prodemocracia, este país parecía abocado a resquebrajarse en un conflicto civil entre la oposición y los partidarios del régimen hasta que un atentado cambió el rumbo de los acontecimientos.

Saleh, de 59 años, era un desconocido oficial cuando accedió en 1978 a la Presidencia de Yemen del Norte elegido por una asamblea constituyente para reemplazar al presidente Ahmad al Ghachmi, asesinado en un atentado. Pronto se rodeó de un núcleo compuesto por sus allegados, entre ellos sus hermanos, que fueron nombrados en puestos clave del aparato militar.

Antes de que estallara el movimiento de protesta contra su régimen, Saleh se preparaba para competir por un nuevo mandato en 2013. Pero en los últimos meses vio como la mayoría de los pilares sobre los que reposaba su poder se desmoronaron, en particular las tribus y los militares. Por ello se vio obligado a apoyarse cada vez más en los órganos de seguridad dirigidos por familiares. Saleh es miembro de la comunidad zaidita, un brazo del chiísmo que representa a un 30% de la población.

Tras negarse en varias ocasiones a firmar un plan para el traspaso pacífico del poder propuesto por los países del Golfo Pérsico, el presidente Ali Abdala Saleh resultó herido grave en un atentado contra el Palacio Presidencial de Sanaa en junio, que lo llevó a estar varios meses convaleciente en Riad.

A su regreso en septiembre, Saleh anunció que firmaría la iniciativa del Consejo de Cooperación del Golfo, pese a lo cual la violencia continuaba en las calles. Finalmente, el acuerdo se suscribió en noviembre. El plan estipula que el traspaso de poder al vicepresidente, Abdel Rabu Mansur Hadi, durante un proceso transitorio y la celebración de elecciones generales el 21 de febrero de 2012.

TÚNEZ, la chispa de la revolución. El acto de desesperación de un joven vendedor ambulante, Mohamed Buazizi, que se inmoló después de que la Policía le confiscara su carro de frutas y verduras, fue la mecha que el 17 de diciembre de 2010 prendió fuego en Túnez y luego se propagó por los países de la región.

Buazizi se convirtió en el símbolo para los pueblos árabes humillados durante décadas por regímenes dictatoriales y que se decidieron a recuperar la dignidad.

El islamismo político se impuso en las primeras elecciones democráticas celebradas el 23 de octubre en Túnez tras el levantamiento popular que derrocó al presidente Zine el Abidine ben Ali el 14 de enero y que se convirtió en el epicentro de la Primavera Árabe.

Reprimido durante décadas y considerado organización terrorista por el antiguo régimen, el partido islámico conservador del Movimiento Al Nahda superó todas las expectativas. Se impuso por el doble de lo que vaticinaban las encuestas, con un 41,6% de los votos y su número dos, Hamadi Yabali, fue llamado a dirigir el Gobierno que debe conducir al país a través de la transición.

En diciembre, con la aprobación de una miniconstitución de 26 artículos para la organización de los poderes públicos se rompió con el presidencialismo anterior. A partir de ahora, el presidente del Consejo de Ministros es quien crea anula y regula los ministerios, las secretarias de Estado y las empresas públicas.

Pero la precaria situación económica, uno de los detonantes de la rebelión, continúa vigente. Las manifestaciones de descontento en el centro del país, donde no han visto que la transición se haya traducido en mejoras en su nivel de vida o en su situación laboral continúan y los conflictos sociales se han multiplicado.

La cuenca minera de la región de Gafsa terminó el año casi igual que lo empezó, bajo toque de queda y con todas las empresas y fábricas totalmente paralizadas a causa de las protestas que miles de parados llevan a cabo en las estaciones de trenes y autobuses y en las puertas de las fábricas y los organismos estatales.

A esta profunda fractura social, heredada del antiguo régimen, se sumó otro nuevo elemento de desasosiego social: el cada vez mayor acoso de sectores del extremismo islámico a la vida universitaria, cultural y religiosa del país. Unas 250 mezquitas, de un total de 5.000, están controladas por rigoristas, mientras se hace cada vez más evidente el aumento del número de mujeres que optan por cubrirse totalmente el rostro con el niqab, influidas por las enseñanzas irradiadas desde Arabia Saudí.

EGIPTO, la caída del último faraón. Fugaz fue la Revolución del 25 de enero en Egipto que, siguiendo la estela de Túnez, consiguió en 18 días acabar con tres décadas de mandato del último faraón, el ex presidente Hosni Mubarak, en una rebelión que dejó casi un millar de "mártires".

Pero la euforia dio paso a la incertidumbre en Egipto, con una Junta Militar remisa a soltar las riendas, una titubeante democracia que parece encumbrar a los islamistas, un proceso lento hasta la exasperación y numerosos capítulos de violencia que erosionan la moral del país.

Con 30 palabras, el entonces vicepresidente Omar Suleiman ventiló 30 años de autoritarismo y frustración. "El presidente Mohamed Hosni Mubarak ha decidido renunciar al cargo de presidente de la República y ha encargado al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas administrar los asuntos del país".

Un escalofrío recorrió ese 11 de febrero la espalda de los egipcios, que no hubieran imaginado tres semanas antes que la fuerza del pueblo, combinada con la presión de los militares, iba a lograr derribar un régimen aparentemente granítico.

La protesta que un grupo de jóvenes convocó a través de las redes sociales para el 25 de enero contó con un apoyo impensable desde el primer momento. Tres días más tarde, cientos de miles de personas en la plaza Tahrir de El Cairo y en las principales ciudades del país se unieron a un grito que unió a todas las voces: "¡Vete!".

Otra escena que forma parte del patrimonio de la Primavera Árabe es la de Mubarak en camilla, entre rejas como un delincuente, juzgado por su pueblo por sus desmanes y por la muerte de casi mil personas.

Pero librarse del viejo faraón no era el final del camino, como comprobaron los egipcios, incapaces de definir un camino claro hacia la democracia, una vez que la exigencia que los mantenía cohesionados se hizo realidad.

Pese a que los jóvenes han vuelto a salir a Tahrir para reclamar a la Junta Militar que deje el poder, los generales encabezados por Husein Tantaui dejaron claro que no piensan marcharse hasta las presidenciales de 2012.

En varios momentos la transición pareció a punto de descarrilar, como tras la masacre de Maspero en octubre, cuando 25 personas, en su mayoría cristianos coptos, murieron a manos de los militares en una protesta contra la quema de una iglesia en el sur de Egipto.

Incluso el renovado desafío de Tahrir a la autoridad castrense en noviembre, con unos enfrentamientos que acabaron con 38 muertos, hizo pensar por momentos que también caería la Junta Militar.

Sin embargo, las elecciones legislativas se desarrollan dentro de unos estándares democráticos aceptables, pese a un sinfín de irregularidades. La celebración desde diciembre de unos complejos comicios que acabarán en marzo de 2012 es el primer paso de la transición, que debe finalizar con la transferencia del poder a un presidente civil elegido antes de junio de 2012.

LIBIA, la rebelión que acabó con el excéntrico Gadafi. Tras ocho meses de guerra y miles de víctimas, la rebelión libia logró doblegar a las fuerzas del coronel Muamar el Gadafi, quien defendió hasta su muerte un régimen personalista, mientras las nuevas autoridades intentan reconstruir el país.

Las protestas estallaron en Libia el 15 de febrero. No obstante, a diferencia de Túnez y Egipto, los libios se toparon con la brutal represión de un régimen que se negó a dar su brazo a torcer. Todo en Libia, y especialmente las fuerzas de seguridad encarnadas en las temidas kataib (brigadas), se identificaba con Gadafi y sus 42 años de dictadura.

Varios responsables abandonaron a su suerte al coronel y se unieron a los rebeldes, como Mustafa Abdelyail, que pasó de ministro de Justicia a máximo dirigente del Consejo Nacional Transitorio (CNT).

Así, la muerte de Gadafi y su hijo Mutasim, el 20 de octubre, y la detención, un mes después, de su sucesor Saif al Islam, despejó el camino a la difícil reconstrucción de un país huérfano de instituciones. Una orfandad a la que se sumaron las disputas entre milicianos y políticos, entre laicos y religiosos, entre las tribus más influyentes y entre ciudades que compiten por un mayor protagonismo.

A pesar de las dificultades, el CNT continúa apegado al "anuncio constituciona"l que difundió en agosto, una hoja de ruta donde se marcan los hitos de la transición. Según esta agenda, que subraya el carácter islámico y democrático del Estado, el Gobierno deberá organizar en 2012 elecciones a un Consejo Nacional General que sustituya al CNT y redacte una Constitución para que 2013 sea testigo de las primeras elecciones a un Parlamento permanente y democrático, cuya legitimación se levantará sobre la Revolución del 17 de febrero, que realmente comenzó dos días antes.

Y es que un grupo de activistas alentados por la buena marcha de la primavera árabe convocó en febrero una protesta para ese día y tras una serie de conflictos y detenciones, la situación desembocó en un levantamiento armado que hubiera estado abocado al fracaso de no ser por la intervención de la OTAN, el 19 de marzo.

A partir de ese momento, comenzó un lento pero inexorable repliegue de las tropas gadafistas.

Gadafi se negaba a abandonar el poder, y cuanto más se estrechaba el cerco, más delirantes se volvían sus discursos, en los que calificaba a los rebeldes de ratas o agentes de los cruzados.

La fulgurante toma de Trípoli, el 20 de agosto, fue el principio de un epílogo que se prolongaría dos meses, hasta que el 20 de octubre, tras varias semanas de asedio y combates, cedía el último barrio de la última localidad en la que resistían los últimos hombres de Gadafi, Sirte, su ciudad natal.

SIRIA, una revuelta reprimida con el puño de hierro de Al Asad. Frente al triunfo de los levantamientos en Túnez, Egipto y Libia, Siria, potencia regional, abrió la caja de los truenos en marzo con una rebelión que la mantiene al borde de la guerra civil.

A diferencia de su homólogo egipcio, el presidente sirio, Bashar al Asad, cuenta con el apoyo del Ejército para aplastar una revuelta que en diciembre llevaba más de 4.000 víctimas y que es narrada por los activistas de la oposición debido al férreo control que el régimen ejerce sobre los periodistas. Al Asad respondió con puño de hierro a los miles de manifestantes que reclaman su dimisión en las calles y no se doblegó ante la presión internacional.

Los aires de la Primavera Árabe llegaron a Siria con ligero retraso, a los dos meses de la caída del tunecino Ben Ali.

Durante nueve meses, las manifestaciones fueron multitudinarias en distintas zonas del país, con especial repercusión en las provincias centrales de Homs y Hama, en la septentrional de Idleb y en la meridional de Deraa. Sin embargo, el rechazo a Al Asad, en el poder desde el año 2000, no logró calar en Damasco y Alepo, la segunda ciudad del país, donde la burguesía y las clases medias se muestran fieles a un régimen que les ha proporcionado un buen desarrollo económico.

La violencia, que en un principio era unidireccional y forzó la huida a Turquía y el Líbano de miles de refugiados, se extendió a otros frentes con la deserción de varios miles de militares. Éstos, organizados en el denominado Ejército Sirio Libre (ESL), protagonizaron combates frecuentes con las tropas regulares y los shabiha (matones del régimen), sobre todo en Homs e Idleb, donde se han hecho fuertes.

Desde su formación en agosto, el Consejo Nacional Sirio (CNS) aspira a ser reconocido como el representante legítimo del pueblo sirio e instó a la Liga Árabe y otros países a ejercer una mayor presión contra Damasco. La organización panárabe dio innumerables ultimátum al régimen para cumplir con el plan acordado para detener la violencia, hasta que en noviembre suspendió a Siria como miembro y le impuso sanciones económicas, junto a las de la Unión Europea, Esados Unidos y Turquía.

De momento, el Consejo de Seguridad de la ONU no ha sido capaz de tomar una resolución firme contra Siria por la represión y la violencia contra los civiles debido al veto de Rusia y China.

Ajeno a los debates internacionales, Al Asad acusa un día a una conspiración internacional y a grupos terroristas de estar detrás de las protestas, y otro día promete reformas políticas y el cumplimiento de la iniciativa árabe para salir de la crisis.

La religión juega también un papel importante en un país donde la mayoría de la población es suní, pero los gobernantes son alauíes (una rama del chiísmo) y hay minorías cristianas y drusas.

YEMEN, ante una posible solución negociada. Yemen, el país más pobre de la Península Arábiga, se halla inmerso en una crisis desde el 27 de enero, cuando comenzaron las protestas.

Con un movimiento secesionista y la presencia de Al Qaeda en el sur, una rebelión chií en el norte y las manifestaciones prodemocracia, este país parecía abocado a resquebrajarse en un conflicto civil entre la oposición y los partidarios del régimen hasta que un atentado cambió el rumbo de los acontecimientos.

Saleh, de 59 años, era un desconocido oficial cuando accedió en 1978 a la Presidencia de Yemen del Norte elegido por una asamblea constituyente para reemplazar al presidente Ahmad al Ghachmi, asesinado en un atentado. Pronto se rodeó de un núcleo compuesto por sus allegados, entre ellos sus hermanos, que fueron nombrados en puestos clave del aparato militar.

Antes de que estallara el movimiento de protesta contra su régimen, Saleh se preparaba para competir por un nuevo mandato en 2013. Pero en los últimos meses vio como la mayoría de los pilares sobre los que reposaba su poder se desmoronaron, en particular las tribus y los militares. Por ello se vio obligado a apoyarse cada vez más en los órganos de seguridad dirigidos por familiares. Saleh es miembro de la comunidad zaidita, un brazo del chiísmo que representa a un 30% de la población.

Tras negarse en varias ocasiones a firmar un plan para el traspaso pacífico del poder propuesto por los países del Golfo Pérsico, el presidente Ali Abdala Saleh resultó herido grave en un atentado contra el Palacio Presidencial de Sanaa en junio, que lo llevó a estar varios meses convaleciente en Riad.

A su regreso en septiembre, Saleh anunció que firmaría la iniciativa del Consejo de Cooperación del Golfo, pese a lo cual la violencia continuaba en las calles. Finalmente, el acuerdo se suscribió en noviembre. El plan estipula que el traspaso de poder al vicepresidente, Abdel Rabu Mansur Hadi, durante un proceso transitorio y la celebración de elecciones generales el 21 de febrero de 2012.

También en noviembre decretó una amnistía general para las que personas que cometieron "locuras durante la crisis". Este indulto excluía a los implicados en crímenes y en el atentado contra el palacio en el que resultó herido.

ARGELIA. Las protestas comenzaron el 12 de febrero para pedir que el Gobierno derogara el estado de emergencia que regía el país desde hacía 19 años. Dicha ley fue decretada el 9 de febrero de 1992 por presión del Ejército, tras el intento de insurrección por el Frente Islámico de Salvación (FIS), en protesta por la anulación de las legislativas, cuya primera ronda había ganado por mayoría.

Las protestas se diluyeron tras la derogación de dicho estado de emergencia el 24 de febrero.

También en noviembre decretó una amnistía general para las que personas que cometieron "locuras durante la crisis". Este indulto excluía a los implicados en crímenes y en el atentado contra el palacio en el que resultó herido.

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