Angélica Liddell, un antídoto contra la tibieza

Liebestod | Crítica de teatro

Angélica Liddell frente al toro en el ruedo ideado por ella misma para su obra 'Liebestod' / Christophe Raynaud De Lage

La ficha

*** ‘Liebestod’. Angélica Liddell. Texto, dirección, escenografía y vestuario: Angélica Liddell. Con: Angélica Liddell, Borja López, Gumersindo Puche, Palestina de los Reyes, Patrice Le Rouzic, Ezekiel Chibo y la participación de extras. Iluminación: Mark Van Denesse. Sonido: Antonio Navarro. Traje de luces: Justo Algaba. Lugar: Teatro Central. Fecha: Sábado, 21 de octubre. Aforo: Lleno.

Un público inquieto y expectante recibió anoche a la dramaturga, directora de escena, performer y artista inclasificable Angélica Liddell, cofundadora en 1993 de la compañía Atra Bilis y premiada en repetidas ocasiones por piezas tan contestatarias como Mi relación con la comida o El año de Ricardo.

Llevaba mucho tiempo sin bajar a Sevilla. En Madrid y Barcelona se quedaron sus últimos trabajos The Scarlett Letter o Una costilla sobre la mesa: Madre y Una costilla sobre la mesa: Padre, escritos para sus padres, fallecidos con solo tres meses de distancia.

Al Teatro Central llega con Liebestod, obra estrenada en el Festival de Aviñón de 2021. En ella deja a un lado sus textos sociales de denuncia (La casa de la fuerza, entre los más radicales) para expresar, en un ritual lleno de símbolos, su ansia de amor, de trascendencia y de belleza absoluta, aunque para lograrla tenga que vérselas con la muerte.

Para ello no tiene reparos en mezclar el final de Tristán e Isolda de Wagner con el arte del toreo, que ella eleva a ejercicio espiritual, representado por el sevillano Juan Belmonte. Este, suicida con casi 70 años, le proporciona algunos textos y el subtítulo del espectáculo: El olor a sangre no se me quita de los ojos, frase que la conecta también con el pintor Francis Bacon, a quien rinde un homenaje visual.

Como siempre, Liddell genera -en los espectadores en general y en los críticos en particular- un montón de contradicciones. Porque es nuestra misión analizar, decir que, sobre todo al comienzo, hay escenas que se alargan sin sentido aparente, provocando incomodidad y la deserción de algunos espectadores. Decir que, aunque la sangre sea aquí necesaria, autolesionarse no es nada teatral ni artístico (no olvidemos que grandes horrores, como el de Guernica, se recuerdan gracias a una obra de arte); o que el ritmo del espectáculo serpea, con escenas aparentemente caóticas en las que, para representar la vida, la muerte o la muerte en vida, se utilizan bebés, un hombre sin un brazo y una pierna, una representación del Santo Entierro o un hermoso gato.

Y hay que decir también que sus provocaciones, desde un cómodo teatro, llegan en una época mala, muy mala puesto que la realidad está hoy, desgraciadamente, muy por encima de ellas.

Dicho esto, reconocemos que a muchos nos encantan sus impactantes imágenes visuales: esa arena ocre con dos burladeros, con ella que le seca una lágrima con su pañuelo blanco a un toro tan negro como ella; esos telones cuya luz convierten en un gigantesco capote rosa o dejan entrar, de pronto, la emocionante y enigmática imagen de tres primates, antepasados nuestros no muy lejanos, que nos miran directamente a los ojos desde una ventana, tal vez preguntándose cómo hemos podido llegar hasta aquí.

Admiramos su capacidad para mezclar lo sagrado y lo profano, sus textos y los de algunos grandes intelectuales, como Cioran, con las letras de la Asingara de las Grecas. Y en cuanto a la banda sonora, las sevillanas rocieras de los Marismeños con las fugas de Bach y el pasodoble del final.

Nos desborda ese larguísimo y demoledor monólogo -Liddell en estado puro- , en el que, con un dominio absoluto de la escena y especialmente de su voz, carga contra el mundo que la rodea -sus propios fans, la educación laica de Francia, la mediocridad de los modernos…- y desnuda su alma hasta dejarla en carne viva. O al menos nos lo parece, porque los textos de Angélica Liddel nos saben siempre a verdad, incluso cuando se desdobla artificiosamente, como hace en sus cómics Zero Calcare, para insultarse, compadecerse o reírse sarcásticamente de sí misma.

Porque en un mundo tibio donde la pasión solo se manifiesta en el odio, es una maravilla observar su energía, su fuerza a la hora de pedir amor y de estar dispuesta a entregar el suyo, le cueste lo que le cueste.

Sí, hay que reconocer que, por muchos peros que tenga el espectáculo, la escena actual necesita a artistas como Angélica Liddell.

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