Danza | Crítica

Rosas y Coltrane: ver, oír, sentir

Los cuatro extraordinarios bailarines en un momento del último tema, 'Psalm'. Los cuatro extraordinarios bailarines en un momento del último tema, 'Psalm'.

Los cuatro extraordinarios bailarines en un momento del último tema, 'Psalm'. / Anne van Aersch

Muchos flamencos (Eva Yerbabuena lo repite a menudo) afirman que es el cante lo que los arrastra y los lleva a superar sus límites. Pues lo mismo le sucede a una flamenca de Flandes llamada Anne Teresa de Keersmaeker, directora desde 1983 de Rosas, una de las más compañías más relevantes de la danza contemporánea europea.

A lo largo de estos 35 años, la belga no ha hecho otra cosa que tratar de crear un lenguaje que combine la libertad que necesita para expresarse con la abstracción y los flujos casi matemáticos de las partituras musicales que elige para cada una de sus obras. De este modo, entre otros muchos, nos ha ido comunicando la radicalidad del minimalismo con Thierry de Mey, el gozo absoluto de la vida con Mozart (con 40 músicos en escena) o los desfases de las ciencias exactas con Steve Reich. Ahora, tras el Achterland de los días pasados, el sábado nos mostró la complejidad de uno de los álbumes más legendarios del Jazz, A Love Supreme (1964) de John Coltrane, una auténtica profesión de fe de uno de los más grandes artistas del jazz americano.

Era la segunda vez que la artista buceaba en el mundo del jazz. La primera (la vimos en el Central en noviembre de 2004) fue una fiesta para los sentidos: trece bailarines entregados a la fantástica locura del Bitches Brew de Miles Davis. Al año siguiente, en 2005, junto a uno de sus bailarines, el catalán Salva Sanchís, se atrevió a ponerle carne a A Love Supreme. Un sencillo e impresionante trabajo que retomaron el año pasado sustituyendo al elenco original (dos mujeres y dos hombres, con Sanchís entre ellos), por un grupo de cuatro hombres.

A estos cuatro superdotados no se les pidió que bailaran la música de Coltrane, sino que entraran de lleno en los mecanismos de composición de cada instrumento, o lo que es lo mismo, de cada miembro del cuarteto: Coltrane (saxofón y voz), McCoy Tyner, (piano), Jimmy Garrison (contrabajo) y Elvin Jones (batería).

A la sencillez de este planteamiento binario, llevada también al vestuario, la iluminación y el formato –sin olvidar que con la belga nada es simple, como se intuye al ver los dibujos cósmicos del suelo- se contrapone una riqueza de movimientos que combina la escritura minuciosa de la coreógrafa con la técnica de improvisación de Sanchís, implicando a los bailarines en un juego individual de torsiones en múltiples direcciones, de pérdida y recuperación de equilibrios y de carreras oblicuas que se integran en esa geometría espacial, marca de la casa Rosas.

Tas una obertura en silencio que los ayuda a concentrarse y nos prepara para la música que va a llegar, el primer gran unísono no llegará hasta el final del primer tema, cuando la voz de Coltrane repite “A Love Supreme”: cuatro sílabas en inglés que marcarán toda la obra, como un ostinato al que los bailarines responden entrando casi siempre en canon, sin tocarse, hasta el tema final.

Tras numerosas luchas internas, que los bailarines expresan con una energía y un control extraordinarios –especialmente el bailarín/saxo, el líder indiscutible del grupo- el cuarto tema, Psalm, es un definitivo canto a Dios al que el saxofonista, ya en paz, entrega su espíritu.

Frente a esta espiritualidad religiosa, casi mística, Keesmaeker –según confiesa en una entrevista- busca la elevación de los cuerpos frente a la gravedad que los llama a la tierra. Así, al igual que los instrumentos, los cuatro bailarines dejan de lado sus individualidades y se apoyan mutuamente para no caer formando una cadena continua de imágenes en la que, por momentos, vemos iconografías religiosas de grupo, o escenas de solidaridad, o una manera de abandonarse confiando plenamente en el otro. Algo así como lo que, por encima de razas y de religiones, nos gustaría que fuera nuestra sociedad.

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