Antonio Canales | Crítica

El camino de la emoción

Antonio Canales, por seguiriyas, en el escenario de la Sala Cajasol.

Antonio Canales, por seguiriyas, en el escenario de la Sala Cajasol. / Remedios Malvarez

Siempre es un placer ver, escuchar, al que ha sido y sigue siendo uno de  los grandes creadores del baile flamenco de todos los tiempos. Primero, porque estamos seguros de que en algún momento de la noche va a asomar esa genialidad que atesora. Pero también porque siempre comparece acompañado por un grupo de contrastada calidad, como fue el caso. De los siete números que presenta el programa de mano, Antonio Canales interviene en tres, además de abrir cada una de sus intervenciones con un recitado. Tres intervenciones con tres cambios de vestuario: levita encarnada en los abandolaos, lunares negros sobre fondo rojo en la seguiriya y de negro riguroso en la soleá. En contraste con ello, los músicos vestían de blanco inmaculado. En las malagueñas Canales ofreció algún chispazo de su genio que se explayó en la seguiriya, sin duda el baile más completo de la noche, con algunos pasajes de gran emoción. Por soleá abusó de los golpes, confundiendo intensidad con ruido, y presentando un baile fragmentario que inopinadamente quedó interrumpido por la demanda del bailaor de un aplauso, a la que el público respondió con una ovación. Antonio Canales atesora mucho arte en su cuerpo pero la intensidad pasada, que era ante todo física, tiende a disminuir por una mera cuestión biológica. Queda el camino de la emoción. Que exige contención, silencio. Respeto. De la ternura. Atravesar la nada, el espacio vacío que ha dejado la intensidad física de ayer, para que aflore lo que de verdad importa, eso a lo que llamamos arte.

Los cantaores ofrecieron tres números solistas, uno al alimón, pregones, y dos en solitario, bulerías por soleá en el caso de Lavi y tangos para El Galli. También tuvo su momento de protagonismo David de Arahal que ofreció un toque solista, seguiriya, memorable, donde aunó lirismo y contundencia. José Carrasco fue el sustento rítmico de esta máquina jonda perfectamente engrasada.

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