EXPOSICIÓN DEL OTOÑO CULTURAL IBEROAMERICANO Y EL INSTITUTO CERVANTES

Las cabezas creativas de Antonio Gálvez

  • El fotógrafo catalán expone en la Casa de la Provincia su colección de retratos a artistas, pensadores y creadores reunida a lo largo de casi cinco décadas de trabajo: un zoo de la cultura del siglo XX      

Dos visitantes observan los retratos de Antonio Gálvez a Joan Miró, Mauro Mejíaz y Mechtilt Dos visitantes observan los retratos de Antonio Gálvez a Joan Miró, Mauro Mejíaz y Mechtilt

Dos visitantes observan los retratos de Antonio Gálvez a Joan Miró, Mauro Mejíaz y Mechtilt / JOSÉ ÁNGEL GARCÍA

A lo largo de casi cinco décadas, el fotógrafo Antonio Gálvez (Barcelona, 1928) dio forma a un atlas de geografía humana desde el que se podría trazar un mapa de la cultura del siglo XX. Se trata de un zoo humano disperso que aspira a mostrar algo más allá de lo visible, como si el artista hubiera querido hurgar en el reverso de los rostros, al igual que la poesía es una expedición por el dorso de las palabras. En buena medida, su trabajo es la representación del tiempo haciendo surco en unos nombres que compartieron pasión por el hallazgo, la creatividad y la imaginería insólita.   

Pese a su ambición, esta colección gasta, en realidad, un título próximo y cómplice: Mis amigos los cabezones. Muchas de esas instantáneas, que son la gota purísima de la obra de Gálvez, cuelgan hasta el 7 de enero en una de las salas de exposiciones de la Casa de la Provincia de la Diputación de Sevilla, gracias al Instituto Cervantes y el Otoño Cultural Iberoamericano. El despliegue es atronador. Setenta y cinco imágenes. Una vuelta por la creación a pulmón libre. En blanco y negro, con esa elegancia hipnótica de los mejores trabajos del fotógrafo catalán, instalado, por lo general, entre las sugerencias del surrealismo.   

No hay en este proyecto de Antonio Gálvez rastro de la aspiración de novedad que tiene la imagen periodística ni de la vocación exhaustiva que ofrece la fotografía documental. "En realidad, lo único que pretendió fue dar un testimonio de amistad y de cultura compartida, y hacerlo de un modo que –además de mostrar "huellas abiertas y sangrantes"- revelara su visión o su percepción del mundo de los retratados, con no pocos de los cuales tuvo estrecha relación amistosa", señala el poeta Andrés Sánchez Robayna, comisario de la exposición Mis amigos los cabezones.

Los retratados son gentes del teatro y el cine, músicos, científicos y periodistas pero, sobre todo, la bulliciosa infantería de las letras

Así, los retratados van desde gentes del teatro y el cine como Peter Brook, María Félix y Ruy Guerra hasta músicos como Daniel Barenboim y Mikis Theodorakis, pasando por científicos como Jacques Monod y periodistas como Xavier Domingo y Lluís Permanyer. Pero, especialmente, tienen hueco los poetas, los narradores, la bulliciosa infantería de las letras: Julio Cortázar, Pablo Neruda, Rafael Alberti, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, José Ángel Valente… En todos los casos aflora al retrato, podría decirse, un ámbito de cultura convivida, de experiencias comunes de vida y de sabiduría.

Muchas de las imágenes de Mis amigos los cabezones no pertenecen con exactitud a la fotografía; más bien, habría que encuadrarlas entre los pasadizos del arte gráfico, pues el artista reelabora los retratos con algún motivo alegórico –de contenido social, artístico o político- sobre el protagonista. Con esta fórmula, Antonio Gálvez pretende "incitarnos a un territorio diferente de la realidad, a una ruptura con la falsa legislación cotidiana", en palabras de Julio Cortázar, a quien descubrimos atento al movimiento de una hilera de hormigas en una de las instantáneas más poderosas de la serie. 

"El trabajo de Antonio Gálvez con las imágenes es una suerte de alquimia", señala Sánchez Robayna, quien añade que "sólo, en efecto, un saber peculiar de substancias, aleaciones, destilaciones y mixturas le ha permitido transformar una imagen, cualquier imagen –incluso la más cotidiana-, en un enigma inquietante. He aquí la base de su operación artística, que incluye, por supuesto, los retratos, donde se diría que cobra un nuevo, inesperado relieve, ligado esta vez al secreto, la intimidad y el arcano del rostro", anota el autor de La sombra y la apariencia.

SON 75 IMÁGENES EN BLANCO Y NEGRO QUE TIENEN ESA ELEGANCIA HIPNÓTICA DE LOS MEJORES TRABAJOS DE UN FOTÓGRAFO INSTALADO EN EL SURREALISMO

En este punto, las fotografías se exhiben arropadas por un conjunto documental que permite fijar tanto el contexto en el que se realizaron como las relaciones que Gálvez mantuvo con los retratados. Son, por lo general, cartas, poemas y manuscritos. Entre ellos, destaca, por su clarividencia, el texto autógrafo del mexicano José Emilio Pacheco: "Para hacer estos cuadros –de algún modo hay que llamar a unas creaciones que se encuentran más allá de la pintura y no tienen sino una semejanza técnica con la fotografía-, Gálvez arrasó con nuestra soberbia, nos enfrentó al mundo y a nosotros mismos, nos obligó a reconocernos en un desconocido".

La exposición –que emprenderá, tras abandonar Sevilla, una gira por algunos de los centros del Instituto Cervantes- deja hueco también a los libros del fotógrafo como Poupées de Marta Khun-Weber (1973) o Buñuel. Una relación circular con Antonio Gálvez (1994), así como los catálogos de sus exposiciones, desde Antonio Gálvez inèdit (1992) hasta La ferida del món (2009). Por su parte, el apartado 'Otras fotos' da cabida a las imágenes de Gálvez en compañía de algunos de los retratados e, incluso, a una instantánea del autor de Mis amigos los cabezones realizada por Julio Cortázar

Al margen de esta vocación de antología cultural, la muestra amplía onda expansiva con las fotografías que Gálvez tomó en París durante las jornadas de Mayo del 68, que se encuentran entre las más significativas de la revuelta. En aquel entonces, "su casa del Boulevard Voltaire se convirtió en un lugar de encuentro ineludible y en un punto de referencia no sólo para artistas plásticos, sino para todas aquellas personas interesadas en tomar el pulso a la más viva cultura de unos años que serían, en todos los sentidos, determinantes", remata Sánchez Robayna.  

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