Antropoloops | Crítica Mezclando el Mediterráneo

Antropoloops en el Palacio de los Marqueses de la Algaba. Antropoloops en el Palacio de los Marqueses de la Algaba.

Antropoloops en el Palacio de los Marqueses de la Algaba. / D. S.

Un rumor de aguas calmas introduce al espectador en un mundo fascinante, en el que el patio, agostado por las altas temperaturas, se convierte en crisol en el que se mezclan tradiciones de milenios crecidas en torno al Mediterráneo.

Esto de la mezcla no deja de ser el sujeto autorreferencial en el que se asienta todo, pues ¿qué son si no estos centenares de polifonías, canciones, romances, himnos, plegarias, danzas sino el producto de la continua mezcla de los hombres que los cantan?, ¿qué esta infinidad de artefactos de todo pelaje y naturaleza, sino el resultado del mestizaje de siglos de los seres que los hacen sonar? Cuando sobre un ostinato rítmico de carácter electrónico, Rubén Alonso mezcla todos estos fragmentos salidos de grabaciones etnomusicológicas que en algunos casos se remontan a la década de 1920, lo que hace no es otra cosa que colocar estas músicas en el contexto de su propia vida mestiza

A partir de un trabajo documental que incluso puede llegar a abrumar, Rubén Alonso crea un universo de capas interconectadas en las que el material fluye y refluye continuamente, como las aguas del mar, dando a su obra una consistencia que hace de esa fluidez (otra vez la metáfora acuática) el elemento fundamental de su encanto. Las flautas del Atlas y un salterio libanés, un martinete del Chocolate y un romance español de Tetuán, cantos sinagogales y polifonías corsas, laúdes árabes y el pregón de un vendedor callejero sevillano, las danzas de los derviches y un fandango manchego, las tarantelas y las bulerías, guitarras y gaitas, tambores y cítaras... Todo se escucha una y otra vez, va y viene, se cruza, se mezcla y se remezcla en un bucle en el que la memoria se apoya en un montaje visual que ayuda a situar esa ingente multiplicidad de referencias cruzadas.

Al final, en el epílogo de un espectáculo en el que dominan emociones y ritmos, Alonso parece querer homenajear al soporte intelectual de sus experimentos con su referencia a los Estudios de ruido de Pierre Schaeffer, auténtico padre en los años 40 del pasado siglo de la música electrónica y la música concreta en la que este trabajo asienta sus seis patas, una por cada uno de los temas ensamblados.

En los tiempos oscuros de aberrantes políticas identitarias y del totalitarismo latente en tan estériles como petulantes discursos posmodernos, este trabajo viene a recordarnos que la esencia de la cultura humana no es ninguna mítica pureza necesitada de rescate o de pueriles explicaciones victimistas sino su poliédrica, fértil, violenta y rica naturaleza mestiza.

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