Artefactum | Crítica Nuevas trovas juglarescas

Artefactum, un año más en el ciclo del Alcázar Artefactum, un año más en el ciclo del Alcázar

Artefactum, un año más en el ciclo del Alcázar / Actidea

Artefactum cumple veinticinco años, un cuarto de siglo de dedicación a la música medieval que le ha dado también su tono al mundo de los conciertos en Sevilla, pues la presencia del conjunto en ciclos propios y ajenos es muy notable. En diez de los veinte festivales veraniegos del Alcázar ha participado el grupo, que esta vez lo hizo en formación de quinteto (su segunda y última actuación de este año, el próximo día 30, la ofrecerá como cuarteto). Pero es que además, Artefactum fue sólo el primer paso, el punto de partida de un conglomerado de conjuntos que se mueven entre el folk, el medievo, la música de las tres culturas y las músicas del mundo.

La Sevilla musical del último cuarto de siglo no se entendería pues sin este conjunto de juglares (y sus satélites) que hacen de la narración de historias, del humor y del ritmo su forma de estar en un escenario. Y la fórmula funciona. Volvieron a mostrarlo con un programa que se ajusta especialmente bien a sus maneras, lírica monódica vinculada principalmente al mundo trovadoresco, aun con algunas incursiones en la polifonía (Cleri cetus del Códice de las Huelgas es un organum a dos voces) que por norma termina recibiendo un tratamiento similar al resto del programa, lo que no siempre funciona bien (no fue esta vez el caso).

Hay en las canciones trovadorescas provenzales, como en las cantigas de Santa María, que son sólo su prolongación hacia el mundo de la piedad y el relato de milagros, de tanta tradición en la Europa medieval, o en las piezas del manuscrito alemán conocido como Carmina Burana una cercanía a nuestro mundo que parte de su naturaleza melódica, que la tradición interpretativa más común ha llevado a converger con el mundo del folk internacional en el uso de una gran riqueza tímbrica y de una impronta rítmica muy marcada. Es ahí donde Artefactum se siente cómodo, en la mezcla singular del órgano portativo con las chirimías, de la zanfoña con los panderos, de la gaita con flautas y cromornos, de las sonajas y campanas con las violas.

La voz natural de alto de Alberto Barea, su limpieza articulatoria, dio el tono cortesano que está en el origen de muchas de estas piezas, concebidas poética, intelectualmente en entornos distinguidos, palacios, retiros conventuales. Los estribillos típicos de las estructuras de zéjel de las cantigas pusieron la otra parte, la del coro de voces, discordantes por emisión, vibración natural y color, el imprescindible elemento juglaresco sin el cual Artefactum no sería lo mismo. Hubo en la calurosa noche del miércoles un especial vigor, un énfasis en la vivacidad popular del canto comunitario; noche de insectos, noche culminada con un tipo de contraste que el grupo también cultiva (quizás menos de lo que pudiera) al interpretar consecutivamente dos piezas de los Carmina Burana de naturaleza diferente: el Ave nobilis venerabilis Maria es una delicada cantinela que proviene de un conductus sacro mientras que Vinum bonum pertenece a ese sector de los Carmina más populares, el de las canciones de bebida.

Al final en la propina, el grupo se acercó a otro tipo de creación popular con raíz medieval, el de las laude italianas. Y para ello, Artefactum se fue hasta Cortona. Por cierto, usted sabe ya dónde está Cortona, ¿no?

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