Espaece | Crítica de Teatro

Una viva y fecunda arquitectura teatral

Los intérpretes de Espaece componen una frase de Perec. Los intérpretes de Espaece componen una frase de Perec.

Los intérpretes de Espaece componen una frase de Perec. / Aglae Bory

En una época en la que el uso de la tecnología a veces nos aleja de nuestras propias fantasías, es un gozo ver cómo Aurélien Bory, el mago de los espacios, sigue creando maravillosas arquitecturas teatrales –la última que vimos, con la bailarina Kaori Ito, fue sensacional– que no son un fin en sí mismas sino que se constituyen en fecundas metáforas de las relaciones que los seres humanos entablan con el espacio que los rodea.

El protagonista de Espaece es sin duda la enorme estructura flexible que ruge, se adueña del escenario y va cambiando continuamente su morfología para ofrecerle a sus cinco habitantes un espacio cuántico que los traga, los envuelve, los aprisiona, los aleja o los reta a cabalgar su enorme altura. Dentro y fuera son conceptos tan resbaladizos como necesaria la reacción, si se quieren evitar los golpes.

Este artilugio hubiera bastado para desatar la imaginación del espectador. Pero todo ese mundo refleja el de otro gran talento: el del escritor amante de la geometría Georges Perec, cuyo libro Especies de espacios (de ahí Espaece) constituye el origen de este poético trabajo. Como en el libro, las formas y el vacío de sus páginas persiguen las huellas de su madre, que probablemente murió en Auschwitz después de ponerlo a salvo. Fantástico el relato sin palabras del actor Olivier Martin Salvan sobre el último recuerdo de Perec niño con ella. Y emocionante ver a la madre vagar mientras canta los lieder del Viaje de invierno de Schubert; o escuchar el Kaddisch de Ravel mientras el escritor trata de recordar su infancia judía. Un hermoso trabajo, de los que no se ven todos los días.

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