Mes de Danza / Crítica La transfiguración de Bárbara Sánchez

La actriz y bailarina sevillana Bárbara Sánchez en un momento de la representación. La actriz y bailarina sevillana Bárbara Sánchez en un momento de la representación.

La actriz y bailarina sevillana Bárbara Sánchez en un momento de la representación. / Antonio Navarro

La XXVI edición del Mes de Danza sigue su curso, en pugna con las numerosas actividades que se concentran estos días en la ciudad pero con una gran afluencia de público, tanto en las piezas de calle como en los espectáculos de sala.

El pasado martes tuvo lugar el estreno absoluto del último trabajo de Bárbara Sánchez, fruto de un largo proceso en el que ha contado, entre otros, con el apoyo del Banco de Proyectos del Icas y del Graner de Barcelona.

Cuidado hasta el más mínimo detalle, y personal como todo lo suyo, Várvara supone un giro en la trayectoria de la polifacética sevillana, que deja aquí de lado su mordacidad, a veces excesiva, y su gamberrismo aparentemente descuidado o provocador para afrontar, a través del misticismo cristiano, su necesidad de confiar, de amar, de unirse a algo exterior a ella misma.

Para ello, con su boca pintada de rojo, con su cuerpo semidesnudo, en el que lleva dibujados numerosos símbolos de la pasión de Cristo (incluidas dos cruces encima de los pezones), y con una sinceridad sorprendente, va desgranando densos y hermosos textos de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Lorca o Rafael de León, sin olvidarse de las palabras de otros grandes rebeldes actuales como Angélica Liddell. La pieza está planteada en tres bloques o escenas en las que cuenta con dos magníficos aliados. En primer lugar, unas fantásticas luces que resaltan o dejan en penumbra lo que interesa en cada momento. Y luego un sonido que ella manipula directamente desde el centro del escenario, bien distorsionando su voz para crear diferentes Várvaras, bien dando paso a una música potente que lo invade todo y a la que ella se entrega con lo mejor de su vertiente de bailarina.

En la primera parte, mitad María Magdalena, mitad cabaretera del futuro, la actriz expresa su ansia por alcanzar al Gran Amado para entregarse luego a una danza tan frenética como controlada, a un movimiento que la animaliza, la cosifica o incluso la lleva a estadios anteriores al de la “mulier sapiens” que hoy representa. En la segunda parte, ya completamente desnuda bajo su velo blanco de iluminada, Sánchez se permite, con algo de ironía y un poco de retórica, llenar su danza con citas del ballet clásico y de todo lo aprendido a lo largo de su carrera.

Al final, ya completamente transfigurada, medio vestida con un traje de época de terciopelo verde, Sánchez nos evoca entre otras cosas, la imaginería cristiana del barroco con sus escorzos imposibles y con un impresionante estudio de la máscara facial.

Un trabajo arriesgado, honesto y de una profundidad y un magnetismo realmente poco habituales en la escena andaluza.

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