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"Al lado de El Bosco, todo parece la porquería de un mercado de pulgas"

  • El CAC de Málaga acoge hasta el próximo marzo 'Cámara de las maravillas', la primera retrospectiva en Europa del creador estadounidense, considerado padre del surrealismo pop.

Mark Ryden, junto a 'The Parlor-Allegory of Magic, Quintessence, and Divine Mistery' (2012), en el CAC Málaga. Mark Ryden, junto a 'The Parlor-Allegory of Magic, Quintessence, and Divine Mistery' (2012), en el CAC Málaga.

Mark Ryden, junto a 'The Parlor-Allegory of Magic, Quintessence, and Divine Mistery' (2012), en el CAC Málaga. / Javier Albiñana

Sentado junto a su mujer, Marion Peck, y ante un té que le acaban de servir, Mark Ryden (Meford, Oregón, 1963) revela durante la conversación un humor fino y sutil. En su forma de expresarse, al igual que en sus obras, los detalles revelan a menudo más que los contenidos más gruesos.

-Decía Nabokov que él respetaba a Freud como lo que es: un autor humorístico. ¿Quizá quiere usted demostrar con sus obras que hay más conexiones entre el humor y el psicoanálisis de las aparentes?

-No soy fan de Sigmund Freud. Soy consciente de la importancia de su obra y de su contribución a la humanidad, pero prefiero con mucho a Carl Gustav Jung. Creo que en Freud hay una simplificación de las cosas, nos hace depender de nuestra sexualidad o de lo que nuestra madre y nuestro padre opinen de nosotros, y por más que esto satisfaga a muchos creo que la personalidad, lo que viene a definir lo que es cada uno, encierra un proceso mucho más complejo.

-Se adivina en sus pinturas, tan cargadas de elementos, una intención de mantener la atención del espectador. ¿El tiempo que invierta alguien en ver uno de sus cuadros cuenta para usted?

-Desde luego. Creo que ése es un indicador más que aceptable para evaluar la calidad de una obra de arte. Si la gente presta atención a una obra y si, más aún, empieza a hacerse preguntas respecto a lo que está viendo y respecto a sí misma, entonces se han cumplido determinados objetivos. A menudo viene mucha gente a preguntarme por mis obras, qué significa aquello o qué significa lo otro, pero yo prefiero no responder; es mucho mejor que cada uno encuentre las respuestas o, por lo menos, que se siga haciendo las preguntas.

-¿Podemos entender esto como una posible resistencia ante la fugacidad actual de las imágenes, con una sobrexposición en la que al final las representaciones pasan inadvertidas?

-Sí, pero eso pasa también a veces en los museos. He observado que no pocos visitantes dedican apenas unos segundos a ver cada obra, hay como un ansia por verlo todo muy rápido. Creo que el mundo del arte también contribuye a esa fugacidad de la imagen de la que habla. Por mi parte, para mí siempre es una satisfacción saber que ante mis obras hay personas que demuestran justo lo contrario, ganas de seguir mirando. Me parece que el arte sirve para eso, para crear esa necesidad.

-En sus obras abunda el contenido espiritual, una intención de ir más allá de la conciencia y de la experiencia. ¿Alguna vez ha tenido la impresión de que la pintura, como expresión artística, se le quedaba corta a la hora de dar forma a estas sensaciones?

-No, en absoluto. Yo me dedico a comunicar a través de la imagen, y me parece una actividad plena, que te permite llegar a donde quieras. A veces me he puesto a escribir, por ejemplo, y esto sí que me ha parecido un ejercicio frustrante, había ciertas imágenes en mi cabeza que no se podían traducir en palabras. Pero por el contrario amo la pintura, me reconozco plenamente en ella.

-Con respecto a la honda afección que dejó en usted la Semana Santa de Málaga, ¿le interesa aquello que Nietzsche definió como "el placer de lo trágico"?

-Es curioso, pero justo esta mañana estábamos hablando de esto. Fuimos de visita a la catedral [de Málaga] y reparamos en todas las imágenes que expresan tanto dolor, el Cristo crucificado, los discípulos torturados, las Vírgenes llorando mares de lágrimas. Nos parece muy interesante la imaginería católica, llena por todas partes de este desgarro, una desesperación a veces brutal. Hay en todo esto una combinación muy interesante de belleza y sufrimiento que conecta, supongo, con determinadas zonas del espíritu. Y sí, algo comparto de ese placer de lo trágico. Hace ya algunos años hice una obra titulada Fountain en la que aparece una niña decapitada de cuyo cuello emana un gran chorro de sangre. La incluimos en una exposición en el West Virginia State Museum y generó cierta controversia entre algunos católicos que la consideraban ofensiva. Y a mí me entraban ganas de decir a los que me criticaban: "Pero, ¿alguna vez habéis estado en una catedral católica? ¿Habéis visto las cosas que hay allí?" De hecho, en la misma catedral he visto un cuadro de un apóstol decapitado que no era menos explícito.

-No sé si en aquella visita vio usted la Semana Santa hasta el final, pero la última procesión, que sale el Domingo de Resurrección, es la del Cristo Resucitado, y, al contrario que en el resto de desfiles, habitualmente va a verla poca gente. ¿Las promesas de vida eterna son un mal negocio?

-Es fascinante todo eso que cuenta. Seguramente, claro. De hecho, lo que recuerdo más vivamente de la catedral ahora mismo es el cuadro del decapitado, es lo que más impresionado me ha dejado. Será por algo.

-¿Resulta descabellado incluir a El Bosco entre sus maestros?

-Es muy interesante que cite a El Bosco. Mucha gente me pregunta por mis influencias, y siempre digo que los artistas que más influyen son, en cada momento, los que más me inspiran. Tuve la suerte de poder ir al Museo del Prado y ver las obras de El Bosco, y desde luego aquella fue una de las experiencias más inspiradoras de mi vida. Me resulta imposible describir cómo llegó a conmoverme El Jardín de las Delicias. Conocía a El Bosco desde mi infancia, siempre me había llamado la atención, pero poder contemplar así su obra fue para mí un episodio fundacional. A su lado, cualquier obra parece la porquería sacada de cualquier mercado de pulgas.

-Si tuviera que poner una banda sonora a su exposición en el CAC, ¿qué música escogería?

-Debussy.

-Vaya, creí que iba a decir "Frank Zappa".

-No, no, mejor algo más etéreo, más ambiental. Cuando trabajamos Marion y yo en casa escuchamos mucho a Brian Eno, por ejemplo. Algo así.

-¿Trabaja usted yendo a la búsqueda de la imagen ideal que pueda haber en su cabeza o, simplemente, se limita a esperar a que algo ocurra?

-Marion y yo seguimos procedimientos diferentes. Ella es capaz de abstraerse, de alumbrar una idea y de verterla en el lienzo. Yo necesito partir de algo que pueda ver, una fotografía, otra pintura, una imagen cualquiera. A veces lo que hago es intentar recordar un sueño, luchar contra el olvido para rememorar hasta el último detalle posible.

-Picasso dijo aquello de "yo no busco, yo encuentro". ¿Y usted?

-Sí, es otra posibilidad. Quién sabe. Tal vez.

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