Cannes 2012 visto desde la periferia
El festival vuelve a apostar por los pesos pesados del cine 'de autor' europeo.
A falta de la Quinzaine des realisateurs y la Semaine de la critique, cuyos títulos se conocerán la semana que viene, no habrá presencia española en la 65ª edición del Festival de Cannes, ni en su concurso oficial, ni en Un certain regard, enésima prueba del desafecto cannois por lo nuestro más allá del caso Almodóvar, y constatación de que el siempre renqueante cine español no cotiza precisamente al alza en los escenarios clave. La presencia de Julio Médem en la película colectiva 7 días en La Habana resulta casi una anécdota, aunque será muy amplificada, ya verán.
Pensaba estos días en voz alta si no será cierto eso de que el cine español es realmente un cine periférico, un cine equiparable, tanto en términos industriales como estéticos, a esas otras cinematografías del extrarradio planetario que, como la argentina, la filipina, la rumana, la surcoreana o la tailandesa, por citar casos emergentes, pertenece más a un gueto exótico propio del world cinema que a una realidad que sólo nosotros no somos capaces de ver con claridad.
Lo desconcertante es que, incluso bajo esta premisa, nuestro cine tampoco suscita el interés, como sí lo hacen los de esos países citados, en los principales festivales internacionales, únicos espacios que quedan hoy para exhibir la diferencia o señalar las tendencias creativas.
Así las cosas, la Sección Oficial de Cannes vuelve a apostar por los pesos pesados (a veces, demasiado) del cine deautor europeo: desde los más veteranos, con Resnais (Vous n'avez encore rien vu), Haneke (Amour) o Loach (The angel's share), a los más jóvenes, con el italiano Garrone (Reality), el rumano Mungiu (Beyond the hills) o el danés Vinterberg (Jagten), pasando por esa generación intermedia en la que se encuentran los franceses Carax (Holy motors) y Audiard (The rouille et d'os), el ruso Loznitsa (Im nebel) o el austriaco Seidl (Paradies: Liebe).
La cuota norteamericana legitima a Jeff Nichols (Mud), Wes Anderson (Moonrise kingdom) y el insufrible Lee -Precious- Daniels (The paperboy) como marginales con pasaporte al mainstream. También cerca de Hollywood se mueve un David Cronenberg que parece volver por sus fueros (Cosmopolis, adaptación de DeLillo) con un reparto para quinceañeras, un Andrew Dominik que, tras la excelente mirada crepuscular al mito de Jesse James, se adentra ahora en el thriller en Killing them softly, y un John Hillcoat que vuelve a poner en imágenes un guión de Nick Cave en Lawless.
La presencia de lo periférico en Cannes también tiene sus particularidades: la vertiente asiática nos regala la pequeña boutade de hacer concursar a dos cineastas que comparten nacionalidad (surcoreana) y apellido (Sangsoo), aunque nombres (Im, el malo; Hong, elbueno) y calidades bien diferentes: Taste of Money e In another country son sus películas, la última protagonizada por la gran Isabelle Huppert. Junto a ellos, el egipcio Youry Nasrallah (After the battle) pone la habitual cuota de actualidad geopolítica, el errante Abbas Kiarostami (Like someone in love) sigue en busca de las infinitas modulaciones del amor, esta vez en Japón, mientras que el estomagante mejicano Carlos Reygadas avanza en su carrera por el carnet del club de la trascendencia con Post tenebras lux y Walter Salles busca fortuna con su adaptación del mítico libro de Jack Kerouac On the road, confirmación de que la mejor salida para el cine brasileño, como un día dijo su ilustre compatriota Antonio Carlos Jobim sobre los músicos, era el aeropuerto.
Nuestros queridos Weerasethakul (Mekong Hotel), Depardon (Journal de France), Lafosse (Aimer à perdre la raison), Miike (Ai to makoto) o Trapero (Elefante Blanco) circularán por Un certain regard o bien fuera de concurso. Mejor para ellos y peor para Nanni Moretti, presidente del Jurado oficial.
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