La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Pedro Robles marca la necesidad de Sevilla
Pocas músicas y pocos ritmos hay tan inmediatamente asimilados con España como el pasodoble. En bailes, quioscos de música, desfiles y festejos taurinos nunca falta una banda arrancándose por ese inconfundible aire en dos tiempos cuyas melodías y títulos conocen al dedillo millones de personas. ¿Cómo no asociar el paseíllo de los espadas, una buena faena, una merecida vuelta al ruedo o, cambiando de ambiente, una fiesta de pueblo o un baile de bodas, con un buen pasodoble? Parece que siempre hubiera estado ahí, unido metafísicamente a los ambientes festivos hispanos, pero la realidad es que el pasodoble tiene una existencia más bien corta, de no más de siglo y cuarto. Cuando Téophile Gautier asistió en 1841 a un festejo taurino en Málaga anotó en su cuaderno de viaje que la música que interpretaba la banda era el Himno de Riego y el famoso polo Yo que soy contrabandista del sevillano Manuel García. La aparición del pasodoble hay que retrotraerla, pues, hasta el último cuarto del siglo XIX.
Sobre sus orígenes se han expuesto las más diversas hipótesis, sin que ninguna haya conseguido dejar zanjada la cuestión. Hay quien se retrotrae hasta el siglo XVI y a ciertos aires danzables de ritmo binario, aunque hay también quien se fija más en los pasacalles del barroco musical hispánico. Para otros habría que fijar la atención en los ritmos de baile (tiranas, seguidillas, boleras) con que solían concluir las tonadillas escénicas de fines del siglo XVIII, si bien existe una teoría que busca los ancestros del pasodoble en el pas-redouble francés, un paso de marcha militar de hacia 1780 introducido en España ya mediado el siglo XIX y que, amalgamado con aires populares como la seguidilla y la jota, darían lugar a los primeros pasodobles.
Sea como fuere, sería en el teatro, en la zarzuela y en el género chico, donde encontraría el pasodoble su primer órgano de difusión hasta convertirse en el sonido predilecto de cosos y verbenas. Carmelo Bernaola acometió la orquestación de una serie de famosos pasodobles que, en brillante interpretación de la Orquesta de Cámara Inglesa y que dirigidos por Enrique García Asensio pueden paladear en este disco. Aquí encontrarán obras inolvidables como España cañí, de Pascual Marquina (1925); La gracia de Dios, de Ramón Roig (1889); Pepita Creus, de Pérez Choví; Puenteáreas, de Reveriano Soutullo (1929), Gallito, de Santiago Lope (1905) o el inmortal Suspiros de España, de Antonio Álvarez. ¡Va por ustedes!
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