La Cenicienta contra las almas horribles

El Maestranza acoge desde el próximo día 14 cuatro representaciones de 'La Cenerentola', la "más romántica" de las óperas jocosas de Rossini, en una versión que dirige Giacomo Sagripanti

Pedro Halffter, en el centro, a la derecha del cartel de 'La Cenerentola', junto al elenco vocal y artístico de la producción.
Francisco Camero Sevilla

06 de febrero 2014 - 05:00

En una sala del maltrecho castillo de Don Magnífico, de profesión aristócrata decadente, las hijas de éste se dedican a satisfacer su vanidad, el pasatiempo favorito de ambas: una ensaya pasitos de danza, la otra se mira en un espejo con obstinación, como si éste fuera a mostrarle en algún momento un rostro distinto al suyo, y a su lado, invisible, despreciada, la hermanastra de una y otra se afana en las tareas domésticas. Hasta aquí, todo familiar en la versión que en 1817 estrenó Gioacchino Rossini del cuento popular de la Cenicienta, popularizado más tarde por Perrault y por los hermanos Grimm en dos lecturas distintas, y que llega ahora -los próximos días 14, 17, 19 y 22- al Teatro de la Maestranza en una producción del Teatro San Carlo de Nápoles. La Cenerentola, que ya se vio en el teatro del Paseo Colón en la temporada 1999-2000, contará en esta ocasión con Giacomo Sagripanti como director musical y como siempre con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla defendiendo, esta vez, como señaló ayer Pedro Halffter, director artístico de la orquesta y del teatro, "una de las obras que están, con razón, más en sintonía con los gustos del público".

Una ópera popular, pues... pero no sólo eso, insistió Sagripanti, que en su debut en Sevilla y en los escenarios españoles llevará la batuta en una ópera que tras décadas de orillamiento del gran repertorio lírico histórico recibió un nuevo y fundamental impulso en los años 70 gracias al recientemente fallecido Claudio Abbado, y a la que además conviene acercarse sin tener demasiado en cuenta la división serias/cómicas que se suele hacer de las obras de Rossini. Eso recomendó al menos Sagripanti: "La Cenerentola -apuntó- describe de la mejor manera posible la característica más importante de Rossini, que es su sentido de lo abstracto. Tiene momentos cómicos y tiene momentos extremadamente románticos, pero está todo mezclado, no es aquí viene la parte bufa, aquí la melancólica... Es siempre la música, que puede ser muy briosa, cómica, simple si se quiere, pero hay temas y palabras muy serios en ella, y al final lo idóneo es no tener que estar siempre distinguiendo entre un Rossini y otro, porque siempre, da igual qué ópera sea, es él hablando con su música".

En todo caso, él mismo, Sagripanti, antes de aportar estos matices sobre la manera que aconseja él para acercarse a la música, sanísima, aligerada de tanto apriorismo, había agrupado La Cenerentola junto a otras dos, El barbero de Sevilla y La italiana en Argel, que no se encuentran entre las consideradas serias, como Tancredi u Otello, aunque de todas maneras el compositor destacó sobremanera en el registro de la ópera bufa. Menos representada que El barbero de Sevilla y La italiana en Argel, dijo el director musical, esta Cenicienta rossiniana, que destaca también por su "virtuosismo vocal", es "la más romántica".

Coincidió con él la mezzosoprano Marianna Pizzolato, que interpreta a la protagonista de la obra, la dulce y limpia de corazón Angelina, que acudirá una noche a la fiesta que ofrece en su mansión el príncipe Don Ramiro, el cual acabará locamente seducido por esa muchacha que en su precipitada huida a casa no se dejará olvidado un zapato, sino que le entregará a él -esta versión de la antigua leyenda folclórica se anda menos por las ramas- una de las dos pulseras que lleva puestas, para que él la busque y para que al hacerlo, si es que la encuentra, compruebe quién es ella en realidad: una triste sirvienta de su pobre familia de almas horribles. Personajes estos, terció el bajo-barítono Carlos Chausson, al que "una vez más", bromeó, le toca "bailar con la más fea", esto es, el papel de "malo tragicómico" -Don Magnífico, claro-, con los que Rossini quiso "ridiculizar a la aristrocracia decadente de su tiempo, que se estaba arruinando. En su pobreza de espíritu, las familias se desesperaban por salvar sus palacios persiguiendo bodas".

Marianna Pizzolato definió el espíritu de la obra y su planteamiento escénico (responsablidad, por cierto, de Paul Curran y en esta reposición revisado por Oscar Cecchi) como "una locura organizada", y a la obra en sí la consideró "fresca, joven". "Todo va subiendo, subiendo, subiendo, hasta que llega el final, que es una explosión de alegría", dijo la cantante italiana, muy contenta con este trabajo: "Vocalmente, tiene de todo. Y hay una cosa que me encanta. Tiene un registro bajo, muy grave, que para mí representa la humanidad, su humanidad pegada a la tierra, pero cuando empieza a sentir que le puede pasar algo importante en la vida se lanza a cantar con mucho virtuosismo. Eso de verdad que me encanta". A su lado, su compañero de elenco, el que será su soñado amor sobre las tablas del Teatro de la Maestranza, el tenor uruguayo Edgardo Rocha (en el papel de príncipe, dijo, "lleno de valores muy buenos"), lo ratificó: "No hay nada en esta partitura escrito porque sí". Los músicos de la ROSS, el Coro del Maestranza y Wojtek Gierlachi, Borja Quiza, Anna Tobella, Mercedes Arcuri, el resto de los cantantes, la harán suya a partir del viernes de la semana que viene.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

VÍCTOR BARCELÓ | CRÍTICA

Complejos mecanismos, luz y sonido

Lo último