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El Choro | Crítica

Un virtuoso del ritmo

El bailaor, en un momento del espectáculo.

El bailaor, en un momento del espectáculo.

Es un virtuoso de ritmo desde que tiene uso de razón flamenca. Es un animal percusivo, con un sentido del ritmo absoluto. A ello viene incorporando en los últimos tiempos sensibilidad por los silencios y lirismo en brazos, torso, cabeza. Todavía el discurso que va entre estas dos polaridades, melaza y violencia, aparece con discontinuidad, fragmentado. La propuesta va hacia la luz. Incluso hacia lo ligero, con un garrotín pasado por el Caribe de lo más gustoso. Casi apreciamos que movía las caderas. Enérgico, viril, feroz y al tiempo contenido, suave. El arte del Choro es único, reconocible. Por condiciones y carácter.

El Choro insufla nuevas ideas, nuevos aires, a los estilos clásicos del flamenco, llevándolos, habitualmente, al espacio de la contundencia rítmica, que es su fuerte como artista. Así el garrotín, apuntado, los fandangos de su tierra, con los que abre la propuesta, el taranto, las alegrías, la seguiriya o la caña, coreografíada por Jesús Carmona, flamante Premio Max en la modalidad de danza.

Por Jesús Corbacho no pasa el tiempo aunque sí las deficiencias de la amplificación eléctrica: le fallaron los micrófonos inalámbricos. Con su voz dulce, sentimental, dolorida, fue un feliz acompañamiento del baile. Fue el complemento ideal de Jonathan Reyes, contundente, poderoso, entregado, radical. Y las guitarras, en las que Trassierra incorpora sones y timbres, con la guitarra enchufada, de otras latitudes. Roca puso la fantasía. Y Paco Vega se mostró toda la noche poderoso, absoluto, intratable.

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