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JAVIER COMESAÑA & RICARDO ALÍ | CRÍTICA

A la sombra de las sonatas en flor

Javier Comesaña y Ricardo Alí.

Javier Comesaña y Ricardo Alí. / ACTIDEA

Mucha tinta ha corrido en el último siglo intentando identificar el modelo o los modelos de la famosa sonata de Vinteuil que Proust convierte en un icono estético en Un amor de Swann. El propio escritor eludió pronunciarse con detalle sobre las referencias musicales en las que se inspiró, si bien dejó pistas aquí y allá. Así, en Jean Santeuil menciona la primera sonata de Saint-Saëns como uno de sus iconos sonoros. Y no falta quien se decante también por la sonata de Fauré como otra fuente de inspiración.

Ambos intérpretes entendieron estas dos obras, tan románticas ellas, desde la elegancia y la contención  expresiva tan propia de la música francesa del último cuarto del siglo XIX, el mismo universo estético y afectivo de la narrativa de Proust. Así, el Allegro molto de la obra de Fauré fue atacado desde el piano con enorme claridad y minuciosidad en la articulación y el fraseo, sin dejarse llevar desde el principio por la pasión. Con su violín de sonido cálido, redondo, sin asperezas ni estridencias en los ataques, rico en colores y matizado con enorme detalle, Comesaña desplegó un fraseo también contenido, sumamente elegante, sin caer en la afectación (portamentos esporádicos y muy leves, vibrato contenido). Ello no impidió que ya en el desarrollo de este movimiento aflorase la emoción y la pasión. Ambos músicos se recrearon en una muy poética  línea cantabile en el Andante, para desembocar en la demostración de agilidad y precisión a todo lo largo del diapasón en el violín en el tercer tiempo, que ya en el cuarto mostró una impecable técnica de arco en las frases saltarinas finales.

La sonata de Saint-Saëns tuvo en su arranque todo ese torrente ultra romántico que pide la melodía, pero siempre desde el control completo del sonido por parte de ambos, que pasearon a lo largo de la partitura mostrando su dominio técnico (gran técnica de pedal de Alí, gráciles rebotes de arco en Comesaña en el tercer tiempo), para desembocar en la espectacular exhibición del violín en el Allegro molto final sobre el staccato y las notas picadas del piano de ese moto perpetuo que conduce a uno de los finales más arrebatadores de toda la literatura romántica y que no pudo tener mejores intérpretes.

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