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El lago de los cisnes | Crítica de danza

Preljocaj y sus hermosos cisnes en vías de extinción

Una imagen del primer acto de 'El lago de los cisnes' en la versión de Angelin Preljocaj

Una imagen del primer acto de 'El lago de los cisnes' en la versión de Angelin Preljocaj / Juan Carlos Vázquez

A lo largo de su historia, el Maestranza ha acogido distintas versiones de esta obra maestra de Chaikovsky que es El lago de los cisnes. Casi todas, salvo la de John Cranko, presentada en este mismo escenario en diciembre de 2007 de la mano del Stuttgart Ballet, han seguido la coreografía original clásica de Marius Petipa y Lev Ivanov, estrenada en el Teatro Bolshoi de Moscú en 1877.

Preljocaj, sin embargo, ha creado su versión analizando a fondo tanto la música de Chaikovski como la coreografía de Petipa –algo que ya comenzó su anterior espectáculo, Gost–, para componer libremente la suya. La hizo durante la pandemia y la estrenó en Francia en octubre de 2020.

Angelin Preljocaj, que actualmente tiene su compañía y su sede en el centro coreográfico de Aix-en-Provence, se formó en danza clásica antes de entrar en el amplio universo de la danza contemporánea. Y ama la narración, contar la esencia de las cosas, de ahí su gusto por versionar clásicos como Romeo y Julieta, Blancanieves o La consagración de la primavera.

Su versión de El lago de los cisnes mantiene la historia del cuento original y sus personajes, pero pone el acento en la lucha del bien contra el mal, y el mal, además del mago Rothbart, está representado por los especuladores que están esquilmando el agua para lucrarse construyendo plataformas industriales de perforación.

Para ello, puesto que no hay escenografía, se vale de unas fantásticas vídeoproyecciones que nos van llevando desde una ciudad gris, llena de rascacielos, donde mandan la bolsa y el dinero, hasta las aguas o las profundidades más inquietantes.

La coreografía tiene su base en la danza clásica y, en ocasiones, como en el segundo acto con los 16 cisnes, calca las disposiciones espaciales de Petipa para crear un impresionante lenguaje coral, completamente nuevo, que dinamiza al máximo la música del compositor ruso. Y cuando necesita un respiro, o romper la geometría clásica o cambiar de registro, intercala sabiamente pequeños fragmentos electrónicos de 79D.

Imposible describir en estas pocas líneas las casi dos horas ininterrumpidas de danza: el uso expresivo de los colores, la técnica, la precisión y la expresividad de los 26 intérpretes, las escenas de conjunto de rigor casi militar, la bravura –en los giros, en los portés...– del Príncipe Sigfrido, las piernas y la hermosa e irrefrenable energía de Odette en el primer paso a dos con su enamorado, las manos de los cisnes, la coreografía del célebre y velocísimo paso a cuatro del segundo acto, con su divertido movimiento de caderas, la irrupción de Odile con los malos, todos de negro, el guiño al público en la danza española de la fiesta, o ese final, con la plataforma tragándose los árboles y abocando a los cisnes a un trágico final.

El público disfrutó y aplaudió a rabiar, durante y al final del espectáculo. Y se ha quedado mucha gente en la calle porque hacía tiempo que las localidades estaban agotadas. ¿Por qué, pues, no hay más danza en las programaciones? ¿Por qué, salvo las públicas de Madrid, no hay compañías de danza ni centros coreográficos de esta envergadura en nuestro país?

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