Blasco & Torner | Crítica Esencias del folclore español

Mariví Blasco e Ignacio Torner en el Alcázar Mariví Blasco e Ignacio Torner en el Alcázar

Mariví Blasco e Ignacio Torner en el Alcázar / Actidea

Después de su programa antiguo junto a Belisana Ruiz, volvió la soprano Mariví Blasco al ciclo del Alcázar, esta vez acompañada al piano por Ignacio Torner, conocido profesor y miembro fundador del conjunto Taller Sonoro, para un recital centrado en el folclore español tal y como fue visto por dos grandes nombres de la cultura académica de principios del siglo XX.

Falla y Lorca armonizaron canciones antiguas extraídas de diversos cancioneros. Más allá de las melodías originales, tanto uno como otro se centran en respetar los ritmos y la modalidad características de estas piezas. Diferente es el caso de Enrique Granados, que crea desde la raíz sus tonadillas, aunque obviamente estas se inspiran en ese mundo goyesco del que el compositor se confesó siempre enamorado, un mundo en el que el género tonadillesco se introdujo como una cuña de raigambre popular en el centro mismo del teatro áureo.

Mariví Blasco afrontó con articulación clara, pronunciación impoluta (impecable, y destacarlo no es baladí, porque no es tan habitual, en las piezas de Granados) y expresión franca unas canciones que en su pura esencia no necesitan más (ni menos). Algún énfasis  forzado para destacar los giros populares o aflamencados (el Polo, el Café de Chinitas) le hizo perder ocasionalmente la línea y el sentido expresivo, pero fueron pequeños extravíos en una interpretación muy notable, que encontró sus mejores momentos en la Seguidilla murciana, la Canción, las Tres hojas. Mención aparte merece Granados, la sección más comprometida del recital, que cantó con una notable homogeneidad en todo el registro (agudos exigidos) y abundantes matices, especialmente en la radiante El mirar de la maja y la muy sentida Maja dolorosa.

Acompañamiento con personalidad (dinámicas muy variadas) de Torner, que en solitario hizo un Debussy algo irregular, más orientado hacia el color en La soirée dans Grenade, tocada con buen gusto y esa aura de misterio que pide a gritos la obra, que en una Puerta del Vino algo emborronada y demasiado prosaica.

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