Eun-Me Ahn, entre el virtuosismo y la psicodelia
North Korea Dance
La ficha
*** ‘North Korea Dance’. Equipo artístico, coreografía, dirección artística, vestuario y escenografía: Eun-Me Ahn. Müsica: Younggyu Jang. Diseño de luces: Jinyoung Jang. Dirección técnica y creación: Jimyung Kim. Intérpretes: Eun-Me Ahn, Kyoungmi Hwang, Hyekyoung Kim, Jeeyeun Kim, Soojung Kim, Huieun Lee, Soobeom Jang, Sanghwa Jung, Uiyoung Jung, Kyungmin Kim, Jaesung Yu. Músicos: Soona Park. Lugar: Teatro Central. Fecha: Viernes, 29 de octubre. Aforo: Casi lleno.
Como se ha visto en mil ocasiones a lo largo de la historia, es principalmente el ansia de poder lo que divide a los hombres. Así, por decisión de los dos colosos del momento, la Unión Soviética y los EE.UU., en 1948, Corea se vio partida en dos a la altura del paralelo 38º.
Muchos han sido los cambios producidos en una y otra parte en todos los sectores, incluida la cultura. Y es lógico, y muy justo, que una coreógrafa como Eun-Me Ahn, nacida en Seúl, pero formada en Estados Unidos y con una relación muy estrecha con Francia -es incluso artista asociada del Teatro de la Ville de París- levante la vista y se pregunte qué ha pasado con la danza, un arte presente en el territorio desde hace cinco mil años, en la llamada República Popular Democrática de Corea.
Desde una perspectiva muy irónica y bastante elucubradora, puesto que su creadora solo ha podido ver algunas danzas en vídeo o televisión, North Korea Dance no es más que una sucesión de bailes en lo que podría ser una brillante versión oriental de un escenario de Broadway.
En este, Eun-Me Ahn, la artista del pelo rapado, amén de bailar una hermosa versión de una danza tradicional, tal vez en honor de la reconocida Choi Seung-Hee (1911-1969), y de cantar una canción al estilo karaoke tan del gusto de los coreanos del norte, trata de encontrar el rastro de las danzas tradicionales -cortesanas, folklóricas, etc.- en el piso de arriba. Un país con unas manifestaciones absolutamente marciales y corales en las que la modernidad se expresa mediante el vestuario -faldas de colegialas, entre otros ternos- y una música machacona que contrasta vivamente con la pieza musical del comienzo.
El espectáculo, en efecto, comienza con una música interpretada en vivo con el gayageum, el instrumento de cuerda pulsada más popular de Corea, para continuar con una invasión de soldados dorados, desfilando con una impresionante energía.
A partir de ahí se van sucediendo algunas danzas que la extravagante coreógrafa ha aderezado con unos brillos llevados al extremo y unas luces terribles capaces de cambiar de color la realidad que nos presenta hasta llevarla a una auténtica psicodelia.
Desafortunadamente, al no tener conocimientos suficientes para juzgar el origen y la posible mixtificación de las danzas, lo que más se disfruta del espectáculo es sin duda el virtuosismo de la decena de bailarines y bailarinas que las interpretan. Un virtuosismo que, en el caso de las danzas guerreras de los varones, llega a rozar la acrobacia circense.
Una versión actualizada del Buchaechum o danza tradicional de los abanicos puso fin a la velada, que mereció calurosísimos aplausos por parte del público que llenaba el Central.
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