Una evocación de Manuel Alcántara Los puentes de Alcántara

  • Garci le dedicó una película, Aldecoa un cuento, y Mayte Martín cantó sus poemas, uno de los cuales está enmarcado en la casa de Antonio Banderas

Manuel Alcántara, retratado en su casa de El Rincón de la Victoria en junio de 2005. Manuel Alcántara, retratado en su casa de El Rincón de la Victoria en junio de 2005.

Manuel Alcántara, retratado en su casa de El Rincón de la Victoria en junio de 2005. / D. S.

"Cada día se parece más a su bigote". Así terminaba la reseña que Francisco Umbral hacía de Manuel Alcántara (1928-2019) en su Diccionario de Literatura. España 1941-1995: de la posguerra a la posmodernidad. Y así lo iniciaba: "En el verso Manuel Machado y en la prosa González Ruano. Así empezó. Hoy es un poeta de sí mismo, malagueño universal callado, bebedor universal discreto, y todo lo que hace –verso, prosa– tiene una fijeza mental de hombre que no se deja llevar a la cama por su musa, de creador que escribe, no con los cinco sentidos, sino con el sentido común de la paradoja, la metáfora, la sentencia, el rasgo de un humor frío, personal, indiferente y gentil". Y remata Umbral: "Hay que leerle y callar. Hay que leerlo y recordar. Hay que leerle y morir (un cuarto de hora)".

Gracias al alfabeto, en este Diccionario de autores que Planeta le editó a Umbral, a continuación de Manuel Alcántara aparece su amigo Ignacio Aldecoa (1925-1969), de cuya muerte se cumplirá este año medio siglo, miembro de una generación que recientemente, con los mismos idus de marzo vestidos de abril, se llevó a Rafael Sánchez Ferlosio, nacido unos meses antes que Alcántara.

En el prólogo a los Cuentos completos de Ignacio Aldecoa, su esposa, Josefina R. Aldecoa, junto a otros paraísos que compartió la pareja como Ibiza y Nueva York, escribe que en 1954, año del nacimiento de su hija Susana, "alguien nos había hablado de un pueblecito de Málaga, poco conocido entonces, Torre del Mar. En el pueblo sólo había una fonda, la Fonda España, y en ella nos instalamos".

De la estancia en ese pueblo malagueño surgieron dos cuentos, Pedro Sánchez, entre el cielo y el mar y Anthony, el inglés dicharachero. Ese "alguien" que les habló de ese pueblo costero, pedanía de Vélez-Málaga, la patria chica de María Zambrano, tuvo que ser Manolo Alcántara, compañero de tertulias madrileñas del escritor vitoriano. La propia Josefina habla de una taberna en la que "estallaba el flamenco con cantaores que Manolo sacaba no sé de dónde...".

Ignacio Aldecoa le dedica a Manuel Alcántara en ese libro el cuento Young Sánchez, relato de un boxeador que escribió en 1957. Alcántara ejerció crónicas de boxeo, y el texto está lleno de guiños a ese oficio. "¿Has comprado Marca para ver si habla de ti?"... "Un señor leyendo un periódico y bebiendo un vermut a salto de noticia...".

Es raro el formato cultural donde no haya tenido acogida la impronta, el trabajo de Alcántara. Además del relato de Aldecoa, su amigo José Luis Garci, que tanto llora su ausencia, le dedicó la película Tiovivo c. 1950, esa crónica cinematográfica del día de la Lotería del año del gol de Zarra a Inglaterra en Maracaná. También fue Alcántara cronista de fútbol y quiso la Parca que se muriese en plena Semana Santa, después de una derrota del Málaga en La Rosaleda frente a un equipo de Almendralejo. Están sus versos en un disco de la cantaora Mayte Martín. Málaga y El Rincón de la Victoria decretaron tres días de luto porque cada malagueño debe llegar un retazo de la obra de su paisano ejemplar, tan diario como el pan de cada desayuno.

El actor Antonio Banderas tiene enmarcado en su casa un poema de Manuel Alcántara. Sus versos los vi con mis propios ojos cuando entrevisté en su casa de Nerja a José Utrera Molina. El ministro de Vivienda con Franco que antes había sido gobernador civil de Sevilla, Burgos y Ciudad Real publicó un libro de Memorias titulado Sin cambiar de bandera con prólogo de Manuel Alcántara. La impostura del prologuista lo lleva a citar a su amigo Pablo Neruda para glosar los recuerdos del autor: "De tanto amar y andar nacen los libros".

Se ha muerto Alcántara en plena campaña electoral, con la sordina de los días de la Pasión, pero podría convalidar como uno de sus artículos la referencia que hace a los cambios de bandera, "hay tantos antifranquistas respectivos", para referirse a su amigo Pepe Utrera como "el único español" que seguía manteniendo una opinión favorable del militar ferrolano que lo hizo ministro.

La muerte de Manuel Alcántara es como dinamitar uno de esos puentes, como el de la novela de Frank Baer, que unen la ironía con la racionalidad. Se muere con él la costumbre de leerlo, esa adicción que invistió casi de idolatría impresa a los lectores de Jaime Capmany, Cándido, Haro Tecglen o Manuel Vázquez Montalbán.

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