artes escénicas

Lindsay Kemp, el Lorca del mimo y de la danza

  • El artista, celebrado en escenarios de todo el mundo por su poderosa creatividad, falleció este sábado a los 80 años

'Kemp Dances' fue una de sus últimas creaciones. 'Kemp Dances' fue una de sus últimas creaciones.

'Kemp Dances' fue una de sus últimas creaciones. / José Martínez Asensio

Mimo, bailarín, coreógrafo, diseñador de vestuario, director de escena… Lindsay Kemp, el artista extravagante y genial que nos abandonó ayer en Livorno, Italia, supo construirse un universo propio en el que, curiosamente, nunca necesitó de la palabra. Tanto es así que en ocasiones solía decir: “La danza es mi don y con ella puedo emocionar y puedo comunicar mis anhelos, mis miedos y mi pasión por la vida del mismo modo que García Lorca lo hacía a través de la palabra”. Y es que Lorca fue siempre uno de los héroes sobre los que el inglés proyectó su identidad, junto a Genet, Nijinsky, Rimbaud o Isadora Duncan. De hecho llegó a dedicarle un espectáculo, Duende, que estrenó en el Teatro Español de Valencia, el mismo escenario donde se estrenara Yerma en 1935 y que, como la poesía de Lorca, estaba compuesto de símbolos y de sueños.

A través del granadino aprendió a amar el flamenco y la danza española –Marco Berriel bailó en varios de sus montajes– y se enamoró de Andalucía y de España, que fue su país de residencia durante más de una década.

Aunque muchos lo recuedan por su espectacular creación en los conciertos Ziggy Stardust de David Bowie, su gran vocación fue siempre el escenario y, tras estudiar mimo con el mítico Marcel Marceau y danza en la Escuela Rambert, creó una compañía “tan permanente como una historia de amor: mientras dura”. En 1968 presentó, en un oscuro bar de Edimburgo, la primera versión de la que más tarde se convertiría en una de las piezas más escandalosas y representadas de la segunda mitad del siglo XX: Flowers, inspirada en la novela Nôtre Dame des Fleurs, escrita en la cárcel por Jean Genet y, según él, “una obra en la que lo obsceno y lo abyecto se transforma en bello y sublime, sin dejar de ser obsceno y abyecto”.

En Flowers, Kemp, siempre amante de las transformaciones y deseoso de explorar su lado femenino (incluso fuera del teatro), asumió el personaje del travestido Divine, el ángel del mal y de la libertad. La pieza produjo un impacto indescriptible en una España cuyo teatro –tanto el comercial como el político o el de vanguardia– tenía poco que ver con la fantasía. En su presentación en Sevilla, en noviembre de 1978 en el Teatro Álvarez Quintero, fue calificada por el crítico de ABC Julio Martínez de Velasco, como “un espectáculo deslumbrador y alucinante”. La admiración que produjo esta pieza, y su posterior versión pantomímica de la Salomé de Wilde, hizo que, de la mano de su embajador en España, el ya fallecido Celestino Coronado, pudiéramos conocer de cerca su talento gracias al curso de mimo que impartió en Sevilla.

Más tarde, el Teatro Lope de Vega se convirtió en su casa sevillana. Entre otros, éste fue el escenario elegido en 1888 para el estreno español (antes de pasar a Córdoba y Málaga) de Alice, una fantástica y libérrima versión del cuento de Carroll. Kemp, criado sin padre en un lluvioso pueblo británico, y más tarde en varios internados, se sintió bastante identificado con este autor, símbolo para él del hombre reprimido, de educación victoriana y lleno de complejos, que se libera a través de su amor por los niños y su fantasía. Para interpretar a Alicia, llamó a la que, durante muchos años, sería su musa española: Nuria Moreno (hija de Nuria Espert). Con ella lo vimos también en una hilarante, heterodoxa y musical Cenicienta, presentada en mayo de 1994 también en el Lope de Vega. El mismo teatro al que, tras volar por el mundo con piezas como The big parade, el Sueño de una noche de verano, Mr. Punch’s Pantomime, Cruel Garden (de nuevo Lorca) o Elizabeth I, regresó en enero del pasado año, ya casi octogenario, con una selección de sus personajes más emblemáticos. Dijo que venía a despedirse y es que, a pesar de sus excesos y de su locura, nadie podrá negarle su proverbial educación británica.

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