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arte

Fortuny, entre Granada y Sevilla

  • Caixafórum explora la etapa andaluza del pintor catalán en su nueva exposición en la sede de la Isla de la Cartuja

  • Esta muestra atrajo a La Alhambra y Zaragoza a más de 110.000 visitantes

En la que sería la recta final de su vida, segada prematuramente en Italia a los 36 años por una úlcera de estómago, Mariano Fortuny (Reus, Tarragona, 1838-Roma, 1874) sintió la necesidad de recuperar su inspiración, su libertad creativa y el gusto por el color acudiendo a una ciudad que entonces simbolizaba la periferia del sistema artístico: Granada. Su éxito contrastado entre los exigentes coleccionistas europeos y norteamericanos, especialmente tras la venta de La vicaría en París en 1870 por la cifra récord de 70.000 francos, le había dejado exhausto y necesitaba reinventarse y redefinir su estilo, dominado hasta entonces por las temáticas costumbristas y la denominada pintura de casacón que le había reportado fama pero de la que empezaba a renegar. Al decidir instalarse en Granada, donde permaneció entre 1870 y 1872, dio comienzo sin saberlo a uno de los capítulos más felices de su vida. En los intrincados callejones de la capital nazarí y pintando de noche en una Alhambra donde aún acampaban los gitanos, el de Reus se permitió afrontar nuevos temas y liberó su pasión por el pasado árabe, lo oriental e incluso por el coleccionismo de antigüedades hispano-musulmanas.

De esa embriagadora experiencia trata Andalucía en el imaginario de Fortuny, la muestra que desde hoy y hasta el 7 de enero de 2018 puede verse en Caixafórum Sevilla, última parada en una itinerancia que suma ya 110.000 visitas y que arrancó precisamente en La Alhambra en noviembre del año pasado y continuó luego en Caixafórum Zaragoza. A Sevilla, en parte porque coincidirá a partir de noviembre con la ambiciosa antológica que el Prado le dedicará al pintor, la muestra llega con 133 obras (fueron 202 en Granada y 152 en la capital aragonesa), y entre las ausencias hay alguna tan significativa como el lienzo Almuerzo en La Alhambra. El comisario Francesc Quílez, responsable de colecciones de dibujos y grabados del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) y uno de los mayores expertos en Fortuny, cuya primera gran retrospectiva organizó en Barcelona en 2003, ha optado por subrayar, en este tramo final de la gira, los procesos creativos del artista, su veta más intelectual, trayendo al primer plano sus bocetos, apuntes, acuarelas y dibujos, especialmente los non finito, que sitúa en el límite de la realidad y el deseo. "Esta muestra posee también un gran valor documental porque muchos de los dibujos reunidos, como los de la serie El jardín de los poetas, nos dan a conocer pinturas cuyo paradero hoy se desconoce y nos permiten certificar su existencia", explica Quílez.

Además, esta cita homenajea a Sevilla con una sala que recoge con holgura la admiración del artista por el modo en que en esta ciudad se entendía -y aún se entiende- la tauromaquia. Por ello, si en Granada era La matanza de los Abencerrajes el icono expositivo, en la capital andaluza lo será La Maestranza de Sevilla, un óleo sobre lienzo procedente de una colección particular donde Fortuny se recrea en el celaje y en los efectos atmosféricos, asombrándonos con esa pincelada suelta y espontánea que sin duda le habría acabado vinculando al impresionismo si la muerte no hubiera truncado su evolución.

"Ese imán que Sevilla fue para Fortuny le atrajo, en visitas esporádicas desde Granada, a los tablaos, al barrio de Santa Cruz, a los jardines del Alcázar y a la Casa Pilatos, donde creció su admiración por Pacheco, el autor del célebre Libro de retratos", continúa el comisario.

También el director del Área de Cultura de la Fundación Bancaria La Caixa, Ignasi Miró, que presentó ayer esta cita junto con el director del Caixafórum sevillano, Moisés Roiz, coincide con Quílez en que "Fortuny es el mejor pintor español del siglo XIX después de Goya", y prueba de ello son los importantes museos de donde proceden estas obras: además del MNAC, el Patronato de la Alhambra y el Prado, que cede su espléndido óleo sobre tabla Marroquíes, en el listado figuran el Louvre, el Museo de Orsay, el Palacio Fortuny de Venecia, la Biblioteca Nacional de España y el Museo Goya de Castres, así como la Fundación Gala-Dalí, que aporta algunas obras compradas expresamente por Salvador Dalí para su colección personal porque el de Figueras fue un rendido admirador de Fortuny.

Junto a ellos, importantes coleccionistas privados como Vida-Muñoz han permitido al comisario construir el relato de cómo en Granada Fortuny se adentró en un terreno inédito aunque no llegó a romper del todo las cadenas que lo ligaban al circuito comercial y a su insistente marchante Adolphe Goupil, uno de los más poderosos de la época -el mismo Vincent Van Gogh había trabajado como comercial de esta firma en Londres- y con el que había firmado en 1866 un contrato de representación exclusiva. "De ahí que esta muestra reúna trabajos que son fruto de su necesidad creativa junto a encargos diversos", incidió Quílez.

Durante su estancia granadina, Fortuny vio nacer a su hijo Mariano, cuyo bautizo se celebró gracias a su amistad con el conservador jefe en la propia Alhambra, como muestra una foto de la familia Fortuny-Madrazo ante la fachada del Palacio de Comares. Hasta esta ciudad atrajo además a numerosas amistades y artistas de su círculo, como los Madrazo, Moragas o Martín Rico, pero también a creadores europeos como Clairin, Regnault o Benjamin Constant a los que les transmitió su interés por el orientalismo y su reivindicación de la Alhambra como etapa tardía del Grand Tour, anticipándose a otros ilustres visitantes del recinto como Ramón Casas, Santiago Rusiñol y John Singer Sargent.

Precisamente Martín Rico (Madrid, 1833-Venecia, 1908), el iniciador del paisajismo moderno español y una figura ligada a la génesis de la escuela pictórica de Alcalá de Guadaíra, tiene mucho que ver con el deseo de establecerse en Sevilla que llegó a expresar Fortuny tras descartar radicarse en Granada. Sin embargo, la muerte en 1872 de su criado Spiner, que estaba al cargo de su estudio romano, forzó su vuelta a Italia.

En algunos de estos dibujos reunidos en el Caixafórum sevillano, además de la sombra alargada de Francisco de Goya, Quílez señala la influencia de Hokusai y de la pintura japonesa que preludia esa cima de su carrera que se conserva en el Prado, Los hijos del pintor en el salón japonés (1874), verdadero testamento de madurez pese a quedar inconcluso por el inesperado deceso de su autor.

Todos estos asuntos se integran en un recorrido expositivo que comienza centrándose en Granada y la Alhambra como telón de fondo para ir ampliándose a otros aspectos de sus años de residencia andaluza, caso del interés por el baile flamenco y la cerámica hispanomusulmana o la influencia que ejerció sobre sus coetáneos Martín Rico y José Villegas, cuyo retrato dibujado por Fortuny en 1869 a pluma y aguada sepia ha cedido el Bellas Artes de Sevilla junto con el célebre autorretrato de Villegas. Dos ejemplos más que evidentes de la necesidad de la pinacoteca sevillana de crecer y ampliarse para mostrar sus envidiables fondos del XIX de modo permanente.

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