AGRIPPINA | CRÍTICA El triunfo de Agrippina Channing

Un momento de esta brillante producción. Un momento de esta brillante producción.

Un momento de esta brillante producción. / José Ángel García

La ópera barroca, a diferencia de la de épocas posteriores, funcionaba con unos códigos retóricos y un modelo de representación plenamente compartido con el público, lo que le otorgaba un campo enunciativo dentro del cual adquiría plena vigencia semántica. Por ello, su representación ante un público actual que se mueve dentro de otra rejilla de especificación de significantes es siempre problemática: los recitativos, la sucesión de arias, la inexistencia de números de conjunto, las arias da capo en las que la acción se detiene, las ambientaciones en la antigüedad clásica, la duración, son elementos que hoy resultan ajenos a la mayoría de los asistentes a los teatros de ópera y que pueden provocar extrañeza cuando no rechazo. De ahí la pertinencia de puestas en escena atrevidas, imaginativas y teatrales como la que Mariame Clément ha diseñado en esta brillante producción llena de guiños a la estética de series televisivas clásicas como Dinastía o Dallas. Y ello, además, sin forzar en un ápice la lógica argumental ni la definición de los personajes, porque no hay nada que nos recuerde más un personaje retorcido y amoral como Agrippina que a aquellas inolvidables Angela Channing o Alexis Carrington. Combinando decorados corpóreos y proyecciones, a la vez que sabiendo mover a los personajes con sentido teatral no exento de momentos cómicos, se consigue al fin que el público se identifique con este título y pueda disfrutar de las mil bellezas musicales que atesora. Clément se identifica, además, con el cinismo y el espíritu libertino del libreto original de Grimani, lleno de sensualidad y de mensajes opuestos a los códigos poéticos del amor barroco. Y cierra de manera genial el espectáculo con una escena final en la que, mientras el coro canta el triunfo del amor (de Poppea y Ottone, de Agrippina y Claudio, de Nerone y Agrippina), las imágenes nos van mostrando el final trágico con el que históricamente acabaron sus vidas todos los personajes, asesinados o suicidados, como si de una película de gángsters se tratase.

A esta dirección de escena brillante se superpuso la no menos sensacional dirección musical de Enrico Onofri. Hay que reconocer que en sus manos la Orquesta Barroca de Sevilla suena como con ningún otro director y anoche así se corroboró, pues el conjunto sonó con un empaste y una riqueza de colores, a la vez que con una flexibilidad en el fraseo y la articulación realmente infinitas. Espléndidas todas las secciones, desde un rico continuo hasta una pareja de oboes en estado de gracia por su dulzura y su capacidad para la matización del sonido. Onofri supo darle a cada número su apropiada interpretación y su sonido específico, desde el más leve y transparente de los más delicados (Vaghi fonti o Pensieri, por ejemplo) a los más agitados y enérgicos (Come nube), llenos de acentos de gran eficacia dramática. Los numerosos pasajes sustentados sobre ritmos danzables sonaron en sus manos con la acentuación necesaria y el tempo apropiado, nunca forzado y siempre lleno de vida.

Del elenco vocal cabe decir que consistió en Ann Hallenberg y los demás. La mezzosoprano sueca, que ya nos deslumbró en su reciente recital, se identificó a la perfección con el personaje de la artera esposa de Claudio con una actuación llena de matices en lo actoral y con una soberbia lección de canto en lo musical. El fraseo es siempre incisivo y lleno de recovecos expresivos, pero siempre desde la elegancia y el buen gusto en los ataques y en las coloraturas, siempre ensambladas de manera orgánica y sin saltos con la línea melódica. Su messa di voce inicial en Pensieri fue sobrecogedora. Alicia Amo, con su voz timbrada, su capacidad expresiva y su facilidad para las agilidades, fue la Poppea sensual que pide esta ópera. De menos a más se movió el Nerone de Pokupic, de timbre aterciopelado y buena coloratura. A Sabata se le escuchaba forzado y con problemas de proyección, mientras que a Brook y a Fernandes se les notaba la ausencia de auténticos graves. Pésimo un Giovannini estrangulado y sin voz y correctos Lanchas y Pérez.

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