Hay que deshacer la casa | Crítica de teatro Un drama con final feliz

Los tres protagonistas de la pieza recién estrenada en el Lope de Vega. Los tres protagonistas de la pieza recién estrenada en el Lope de Vega.

Los tres protagonistas de la pieza recién estrenada en el Lope de Vega. / M.G.

Casi no hay acción en Hay que deshacer la casa. En ella, solo se mueven los recuerdos y las emociones de dos hermanas que se reúnen después de casi 40 años (el su momento no eran más de veinte) para vaciar la casa familiar, ya deshabitada, y repartirse sus enseres.

La pieza está bien construida, con pocos elementos y con un aire ligeramente moralizante y naif que la hizo muy popular en su momento. Tanto es así que, tras obtener el Premio Lope de Vega de teatro, pasó a las pantallas cinematográficas. Obra del escritor madrileño Sebastián Junyent, conocido más tarde por sus guiones y sus programas televisivos, la pieza se estrenó en 1983, ocho años después de la muerte de Franco. Más que enredos familiares, fuente inagotable de toda literatura, el autor quería mostrar las secuelas que la educación franquista había dejado en la mujer y cómo el único hecho de tomar conciencia de ellas -bendita inocencia- serviría para superarlas.

Ese optimismo evita el posible drama convirtiéndola en una obra de entretenimiento, especialmente didáctica para las nuevas generaciones. Un didactismo que la versión de Álvarez Ossorio refuerza con la introducción de un personaje que representa el ideario de toda una época. Una especie de fantasma que se mueve por la casa como encarnación de esa feminidad dictada por el popular consultorio radiofónico de Elena Francis y por el Manual de la buena esposa, un libro elaborado en la Sección Femenina de doña Pilar Primo de Rivera en 1953 para hacer de las casadas unas perfectas servidoras de la causa masculina y las encargadas de parir hijos que paliaran las pérdidas humanas de la guerra.

En absoluto necesario para el contenido de la pieza, dicho personaje, interpretado con magníficos recursos por Javier Centeno, sí enriquece la puesta en escena de Álvarez Ossorio, rompiendo la linealidad del diálogo entre las hermanas y poniendo un imaginativo contrapunto al tono realista y convencional de la pieza.

Dada su sencillez, la clave del éxito de Hay que deshacer la casa se encuentra sin duda en la excelencia de sus protagonistas. Y si en los ochenta la estrenaron nada menos que Amparo Rivelles y Lola Cardona, esta versión la hacen creíble Pepa Sarsa y María Alfonsa Rosso, espléndida veterana capaz de adaptarse a los más variados registros.

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