Martínez Melero y Martínez-Pierret | Crítica Mujeres al borde de la fama

Israel F. Martínez Melero y Carmen Martínez Pierret en el Alcázar. Israel F. Martínez Melero y Carmen Martínez Pierret en el Alcázar.

Israel F. Martínez Melero y Carmen Martínez Pierret en el Alcázar. / Actidea

Entre los miles de compositores olvidados de la historia, algunos son mujeres. Cada época tiene sus rescatadores. Cada generación conoce la circulación de obras musicales del pasado que parecían perdidas. Algunas duran más en los repertorios y otras menos. Las que se llevan al disco tienen más posibilidades de perdurar, sobre todo si detrás de las grabaciones hay intérpretes famosos o empresas de prestigio. El gusto evoluciona y las diferentes estéticas alcanzan un mayor o menor respaldo de intérpretes, programadores y aficionados en función de muchas variables. No obstante, resulta difícil imaginar que haya algún genio escondido en los pliegues de la historia. No creo que haya ningún Bach, Beethoven, Falla o Verdi esperando a ser redescubierto. Sí música de interés y disfrutable, por supuesto.

Nuestro tiempo es propicio al rescate de música escrita por mujeres. Que las mujeres (no todas, pero sí la mayoría) tuvieron a lo largo de la historia (no toda, pero sí su mayor parte) más dificultades para dedicarse a la creación artística es algo bien sabido. Pese a ello muchas fueron compositoras y acabaron siendo valoradas y apreciadas en su época. Que el juicio de la historia haya sido más duro con su obra por el hecho de ser mujeres es algo bastante más discutible, aunque obviamente se pueden aducir ejemplos (también de lo contrario). Además, ese juicio no significa sentencia definitiva. Está en permanente cambio. Y conciertos como este lo demuestran.

La pianista Carmen Martínez-Pierret ha preparado este programa de mujeres que se dedicaron a la composición entre finales del siglo XIX y principios del XX. Desconocidas para el gran público, el grado de difusión de su obra entre profesionales y melómanos advertidos es disímil, como diferentes son sus estilos. Se buscó Martínez-Pierret como cómplice al violonchelista Israel F. Martínez Melero y los dos presentaron con absoluta solvencia musical y técnica el programa en el ciclo del Alcázar.

El buen violonchelista conquense afincado en Sevilla tuvo algún que otro problema con su registro agudo en la primera mitad del recital, pero mostró siempre la belleza honda de sus graves y un lirismo de la mejor ley, respaldado en todo momento por una pianista capaz de matizaciones e irisaciones tímbricas de enorme atractivo. En su actuación hubo calidez, comunicatividad y entendimiento en torno a un manejo flexible del tiempo y de los detalles.

En la música abundaron las piezas típicas de los salones románticos, de alta inspiración melódica y tendencia a la postal evocativa y al ensoñamiento, como la Méditation de Bonis, la Barcarolle de Le Beau o la Solitude de Strohl. Entre las danzas, destacaron las ágiles y despreocupadas gavotas, tanto la de Le Beau, de ritmo casi frenético, como la más calmada e introspectiva de Chaminade, una gran autora de canciones.

El recital cambió hacia el final gracias a la música de la holandesa Henriette Bosmans, de más intrincadas armonías, arquitectura firme y vigorosa y un tono entre descriptivo e impresionista, y a la de Nadia Boulanger, la más conocida de todo el programa y mujer fundamental en la música del siglo XX, aunque sobre todo por su labor pedagógica. Como compositora, en Boulanger se aprecia el gusto por el contrapunto. Es la suya música bien hecha, aunque sin la gracia y la grandeza de la de su hermana Lili, ella sí una extraordinaria compositora, muerta lamentablemente a los 24 años. "¡Y que soy un genio desconocido es otra leyenda! Una leyenda absurda, porque la música que he compuesto es una música inútil, ni siquiera mal compuesta, ¡inútil!", dijo una Nadia ya en su vejez a Bruno Monsaingeon en unas célebres conversaciones vertidas hace un par de años al español por la editorial Acantilado. 

No hay por qué compartir el duro juicio de Boulanger contra su propia música ni tampoco creer que exista una conspiración masculina para mantener ocultas y olvidadas a las compositoras para defender en escena la música de este programa, que como la inmensa mayoría de la escrita en su época no resulta ser especialmente trascendente, pero ayuda a pasar por el mundo arropado por la emoción y la belleza.

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