La Lupi | Crítica El baile en la sombra

La Lupi en su actuación en el Teatro Central de Sevilla. La Lupi en su actuación en el Teatro Central de Sevilla.

La Lupi en su actuación en el Teatro Central de Sevilla. / Juan Carlos Vázquez

El baile de La Lupi es de una intensidad sobrecogedora. La obra se articula en torno a una serie de estilos jondos que sirven al espectador para adentrarse en la psique de su intérprete principal y creadora.

La danza como terapia, como proceso de trasformación y camino para el crecimiento a partir de la memoria del dolor y la soledad, elementos ambos imprescindibles para el autoconocimiento y, por tanto, para el progreso personal y social. Ya hemos hablado en otras ocasiones de la facultad de algunos estilos de lo jondo, precisamente por su carácter abstracto, no narrativo, para conectarnos con nuestra alegría más auténtica, con nuestra ira esencial, con nuestra melancolía necesaria, con nuestro miedo.

Algunos de estos estilos sonaron y se bailaron en la obra. La Lupi, por su parte, es una de las flamencas más singulares del panorama flamenco desde hace 30 años.

El baile de La Lupi es luz. Y absolutamente personal, a contracorriente, sin pretenderlo, de las tendencias que han marcado en estas tres décadas lo jondo de hoy.

Todo en ella es singular, pero son su gestualidad y sus manos, que nos remiten, lógicamente, a lo mejor de una tradición jonda de baile femenino, sus grandes señas de identidad. El baile de La Lupi es íntimo, cercano, familiar. En esta obra, estrenada en el Festival de Jerez al comienzo de este año, y cuya gira se vio interrumpida por la pandemia, la bailaora malagueña se ha alejado de sus habituales señas de identidad. Ha renunciado a la luz para ofrecernos una obra oscura.

La puesta en escena, la propia dramaturgia, la alejan de esa intimidad que es, como decimos, una de sus grandes cualidades. La malagueña se ha alejado de todo esto y ha querido ofrecernos otra imagen de sí misma como artista. Y estoy seguro de que no ha sido por una cuestión de moda porque, como decimos, la intérprete ha huido instintivamente de las tendencias al uso en toda su carrera artística, para centrarse en sus particulares señas de identidad como intérprete.

Todo el baile que vimos anoche en el Central de Sevilla está al servicio de la dramaturgia.

La Lupi es una actriz natural pero todo su potencial quedó eclipsado, como decíamos, por el libreto y la puesta en escena. Se trata por tanto de un experimento.

Pero nosotros deseamos que vuelva cuanto antes la luz. Alfredo Tejada demostró porque es uno de los cantaores más solicitados de la hora: por su voz entregada y austera, por su temple y peso escénico. Cristo Heredia, por su parte, ofreció una muestra deliciosa de ese timbre de voz único que lo adorna.

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