Una gran emoción política | Crítica de Danza La tercera memoria

Una imagen de ese cuerpo colectivo coreografiado por Luz Arcas. Una imagen de ese cuerpo colectivo coreografiado por Luz Arcas.

Una imagen de ese cuerpo colectivo coreografiado por Luz Arcas. / Virginia Rota

Una gran emoción política nació a partir del ciclo ‘En letra grande’, ideado por el Centro Dramático Nacional para reivindicar figuras olvidadas de la cultura española, y de su propuesta de colaboración a La Phármaco, la compañía que dirige la bailarina y coreógrafa malagueña Luz Arcas junto al poeta Abraham Gragera. El de la figura elegida, María Teresa León, con Luz Arcas ha sido sin duda un afortunado encuentro para ambas.

En primer lugar para León quien, además de escritora de la Generación del 27, activista política, periodista… era, por encima de todo, una mujer llena de vida que nos dejó en su autobiografía (Memoria de la melancolía, la base de este espectáculo) un paisaje de la España, primero esperanzada, en lucha por un mundo mejor, y luego frustrada por el golpe de estado que dio comienzo a la Guerra Civil. A partir de ahí, el recuerdo de sus obras quedaría sepultado por el nuevo régimen y su memoria, finalmente, cancelada por el Alzheimer.

Pero cuando fallan la memoria de la razón y la del corazón –lo dijo Evgueni Evtuchenko en un hermoso poema- queda la memoria del cuerpo. Y esa, la tercera memoria, es la que le aporta Luz Arcas. En primer lugar, encarnándola en un hermoso solo lleno de energía en el que mil María Teresas –la joven sensual, la revolucionaria del puño en alto, la mujer asustada por las bombas, la que tuvo que exiliarse…- van saliendo en ebullición del cuerpo de la bailarina, tan brillante y llena de matices como la propia escritora.

Más tarde, un grupo de nueve intérpretes, mujeres en su mayoría, harán lo propio con una historia llena de solidaridad, de pasión, de esperanza, de lucha y de dolor. De edades y complexiones físicas diferentes, estos logran formar un cuerpo común capaz de respirar al unísono porque pertenecen a una misma tierra, esparcida bajo sus pies, ya desplegándose ya reagrupándose en un ovillo que cambia de forma como una bandada de pájaros. A veces sus individuos luchan entre sí, se convierten en estatuas rememorando las obras salvadas del Museo del Prado, o caen bajo las bombas dejándonos un montón de cadáveres desolados.

Como espectáculo, Una gran emoción política posee una enorme belleza plástica y poética. Muy cuidado estéticamente (se nota la ayuda del CDN), en él La Phármaco profundiza en la línea de su trabajo anterior, Miserere, con una buena dramaturgia y una estructura binaria dividida en cuadros o escenas. Hay muchísima danza, pero también cuentan las canciones, la voz –en el discurso de la escritora a las mujeres madrileñas, por ejemplo- la luz, eficacísima, y sobre todo, la música. Una banda sonora interpretada en directo por tres estupendos músicos que, como en un baile popular, lo mezcla todo -temas folklóricos, Los remeros del Volga o el himno de Riego- para mecer a los cuerpos acompañándolos en la alegría y en la desesperación; para que no pare el movimiento y esta historia, real y en femenino, dialogue –y quién sabe si logre sacudirlo un poco- con el espectador de hoy.

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